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Zinemaldia 2022 (II). Recolección de Perlas

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En el Zinemaldia uno se enfrenta, generalmente, a la incertidumbre constante de qué se va a encontrar en cuanto se encienda el proyector en la mayoría de las ocasiones las películas llegan con muy pocas o ninguna referencia lo que convierte la experiencia de ver la película en algo realmente emocionante pero, no vayamos a engañarnos, también nos gusta ir sobre seguro y sentarnos en la butaca sabiendo que lo que vamos a ver tiene muchos números para acabar gustándonos. Es ahí donde recurrimos a la sección Perlaks películas que han estado en otros festivales y que llegan a Donosti con algún premio y/o muy buenas críticas bajo el brazo.

En el primer día del Zinemaldia pudimos ver dos de estas perlas, una que llegaba de Berlín con un gran recibimiento pero sin premio y otra llegada de Cannes con el premio a la Mejor actuación masculina bajo el brazo.


Isaki Lacuesta ha sido el encargado de trasladar a la pantalla el libro “Paz, amor y death metal” de Ramón González, superviviente español en el atentado de la discoteca Bataclán de París en 2015. UN AÑO, UNA NOCHE () se abre con una luz de escenario que ilumina unas partículas de polvo que flotan en el aire, la tragedia acaba de producirse, dos personajes andan por la noche parisina envueltos en mantas térmicas con pasos lentos y el miedo en la mirada, no es necesario que veamos (otra vez) imágenes del atentado (o una recreación del mismo) para que un escalofrío recorra nuestro cuerpo porque a Isaki Lacuesta no le interesa que vivamos el atentado si no las heridas, secuelas físicas y mentales de los supervivientes.

A medida que pasan los meses posteriores a los atentados, la película enfrenta dos maneras muy diferentes de pasar el duelo reflejadas en los dos protagonistas, interpretados magistralmente por Nahuel Pérez Biscayart y Noémie Merlant. Mientras Ramón necesita encerrarse en casa buscando resguardo y protección, buscando el apoyo de familiares y amigos para hacer más llevadera la traumática situación, Celine apuesta por seguir como si nada hubiese pasado, ocultando a su familia el suceso y provocando que el dolor vaya creciendo en su interior. Estas dos formas diferentes de enfrentarse a los recuerdos pasa factura a la pareja y con la aparición de esas grietas se cuelan las imágenes, destellos y sonidos de la noche de los atentados en la historia pero siempre, y en lo que me parece una decisión acertadísima de dirección, centrándose en los protagonistas, no hace falta ver a los terroristas, ni ningún muerto para sentir el terror y el miedo. El magistral trabajo de montaje con una dosificación perfecta de la información utiliza muy bien los recursos visuales y sonoros a su alcance para que el espectador perciba que lo que aparentemente está bien en la historia tiene varias capas de verdad o mentira.

Isaki Lacuesta realiza el que es para mí su mejor trabajo de dirección, el más completo y en el que a pesar de ser una propuesta más accesible que otras películas de su filmografía consigue mantener la personalidad, aunque sea en una de esas decisiones más personales donde realiza un salto al vacío que a más de un espectador puede sacarle de la película. Un detalle, una frase que modifica mucho el sentido de algunas escenas y que realmente podría haberse obviado pues la historia ya contiene suficientes escenas dramáticas potentes que funcionan a la perfección. Momentos que combinan la dureza de lo que vemos en pantalla con la belleza con la que se tratan esos momentos, mención especial a una conversación/pelea a través de un cristal translúcido que es para servidor de las mejores escenas del año.

Si hablamos del año 2022 como del mejor año de cine español en décadas (me atrevería a decir) Un año, una noche es otro fruto más de esa cosecha y uno de los mejores.

Si más o menos me seguís sabéis que tengo debilidad por muchos directores pero especialmente por tres Steven Spielberg, Xavier Dolan e Hirokazu Koreeda, directores ante los que cuando voy a ver una nueva película siempre me enfrento al miedo del “Y si esta no me gusta” aunque vaya predispuesto con todas las células de mi cuerpo a que eso no pase. Esta vez llegaba a San Sebastián el maestro japonés con una película que había tenido una gran recepción crítica y el premio a la interpretación para Song Kang-Ho así que ahí estaba yo apunto de apagarse las luces de la sala y preguntándome ¿Será esta la vez que me falle Koreeda?


BROKER () empieza una noche lluviosa cuando una joven abandona a su bebé a las puertas de una iglesia. El recién nacido es recogido por dos hombres que se dedican a robar bebés abandonados para venderlos a padres dispuestos a pagar una tarifa. Cuando la joven regresa a la iglesia, arrepentida, descubre el negocio ilegal de ambos hombres y decide unirse a ellos para encontrar a los padres adoptivos más adecuados. En toda esa primera parte de la película mi miedo empezaba a hacerse realidad, no podía dejar de pensar en que iba a ser imposible empatizar con unos personajes que cometen unos actos moralmente denunciables pero es ahí donde el maestro japonés (en su segundo trabajo fuera de Japón y con equipo completamente coreano) vuelve a hacer su magia, donde minuto a minuto escena a escena el tono negro del relato empieza a convertirse en gris, donde los personajes se tornan tridimensionales y la luz, esa luz que impregna todo lo que Koreeda mira, hace acto de presencia pero el relato no deja de ser áspero, las vidas de los protagonistas siguen siendo miserables y sus acciones todavía son denunciables pero el espectador empieza a dudar de sus propios principios, a empatizar con los protagonistas y a preguntarse ¿qué haría yo en su lugar?.

A medida que la historia avanza, y casi sin darnos cuenta, Koreeda vuelve a hablarnos de los temas que siempre están presentes en su filmografía, la importancia de la infancia, la protección de los niños y las familias sean de sangre o por unión del caprichoso destino. En ese terreno el director japonés se maneja como nadie sabe activar las palancas precisas y en los momentos justos para construir momentos cargados de emoción, momentos que surgen de forma aparentemente natural cuando realmente están construidos gracias a un guión maravilloso que consigue llevarnos al momento justo y con la emoción que la escena requiere para que esta funcione de maravilla. Las escenas de la noria, el lavacoches o en la oscura habitación del hotel son tres momentos para el recuerdo y la demostración, una vez más del talento de Hirokazu Koreeda para contar historias aparentemente sencillas y llenas de luz pero que en el fondo son más grises y dolorosas de lo que aparentan lo que hace que se queden en la cabeza (y el corazón) del espectador durante varios días.

Al finalizar la proyección mientras corría por las calles de la Parte Vieja para llegar a tiempo a la siguiente proyección y mientras intentaba contener las lágrimas de emoción solo podía repetirme “En qué momento se me ocurrió dudar de ti, Hirokazu, en qué momento”.

En el siguiente artículo tocará repasar tres títulos a competición por la Concha de Oro, Girasoles Silvestres, El Suplente y Sparta . Hasta entonces nos vemos en los cines.

Este año también comentaré más películas en el Podcast de Cinema Manifesto y como todos los años podéis leerme en la cuenta de twitter Charlyr2d2.

 

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