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ZINEMALDIA 2020 (IV). El (pen)último trago

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En este año, con tantos cambios, y no hablo solo del festival, se están echando de menos alguna de las fiestas que se montaban bien fuese por el estreno de una película, para celebrar el cine vasco, para inaugurar y clausurar. Momentos en los que el consumo de alcohol (si es gratis no vas a hacer el feo de rechazarlo) desinhibía los cuerpos y las lenguas, nublaba la razón y nos llevaba a vivir momentos tan memorables y recordados como la noche en que terminamos encabezando una conga en una fiesta de inauguración de agradable recuerdo pero de olvidable resaca. Pero no estaréis leyendo estas líneas para que os cuente mis aventuras etílicas así que voy a contaros tres películas en que el alcohol, en mayor o menor medida, es el protagonista o desencadenante de las historias.

No suele ser habitual que un documental y menos centrado en un artista del espectáculo pase por la Sección Oficial a concurso del Festival de san Sebastián. Así que cuando se anunció mi primer impulso fue pasar de ella, sobre todo por mi desconocimiento del personaje, pero al final el miedo a que recibiese algún premio y no verla me llevó a incluirla en el planning lo que, una vez vista, ha sido todo un acierto.


CROCK OF GOLD () es una celebración, dividida en tres partes diferenciadas, de la vida y obra del poeta punk irlandés Shane MacGowan, cantante y compositor principal de The Pogues en la que Julien Temple, curtido y reconocido director de conciertos, videoclips y documentales sobre figuras musicales aprovecha las diferentes fases y desfases de MacGowan para primero acercarnos a la historia de Irlanda (El IRA, el alzamiento de Pascua, la Gran Hambruna de 1845 y 1846) y contarnos como esos acontecimientos además de estar conectados con la familia del cantante han influenciado en las letras de la música tradicional irlandesa. Una música que, en palabras de los entrevistados del documental, Shane MacGowan ha salvado de la extinción.

En un segundo tramo el relato se centra en los años de auge de The Pogues, años donde el despilfarro de dinero en alcohol y drogas, los excesos en el consumo de esas sustancias y la explotación en las giras (se llega a comentar que hicieron 363 conciertos en un solo año) llevó al colapso a su líder que fue expulsado (para su alegría) del grupo y a emprender un camino de cierta desintoxicación relatada en el tramo final que se cierra con el emotivo concierto homenaje por su 60 cumpleaños.

En este relato de excesos es coherente que en vez de una sucesión de bustos parlantes Temple apueste por una sobredosis de imágenes (de archivo, recreaciones tanto en imagen real como en animación, escenas de películas, fotos animadas) y de sonidos (música, entrevistas, grabaciones) para construir, apoyado en un montaje muy dinámico, este divertido, ameno e interesante relato audiovisual al que os animo, si tenéis la posibilidad, a que os acerquéis aunque, como en mi caso, no conozcáis al personaje ya que el viaje merece la pena.


Si en uno de los momentos se dice que con solo cinco años MacGowan ya bebía dos pintas diarias y hasta el día de hoy sigue pegado a la botella en un estado casi continuo de embriaguez en el lado opuesto nos encontramos al protagonista de la primera película japonesa a competición de este año ANY CRYBABIES AROUND? () donde un hombre desnudo y ebrio aparece en directo en una televisión japonesa en plena celebración de la festividad de Namahage, en la que hombres disfrazados de ogros irrumpen en las casas para asustar a los niños y que se porten bien todo el año. Tasuku, un joven padre, huye a Tokio solo. Dos años después regresa al pueblo para intentar arreglar las cosas con su exmujer y su hija pero se encontrará con una situación muy dura.

En su segunda película, Takuma Sato (no, este no conduce coches de Formula 1) nos acerca a sentimientos como la vergüenza, la culpa y el arrepentimiento tan arraigados en la sociedad japonesa y que chocan con nuestra maneara de entender la vida. Es muy probable que con un punto de partida como el de la película, desde occidente, y así lo pensamos cuando conocimos la sinopsis, se llevaría a la comedia de la situación y poco más pero en este caso vemos como el exceso de alcohol llevará al protagonista a cometer un acto del que se acabará arrepintiendo toda la vida y le alejará completamente de su familia.

Tras la elipsis de dos años con la vuelta a casa del protagonista (un magnífico Taiga Nakano) en la búsqueda de perdón es cuando la película encuentra los momentos y diálogos más inspirados que nos acercan al cine de Hirokazu Koreeda (en la película productor de desarrollo) y a esa sensibilidad y sencillez en los detalles. El mayor problema es que esos momentos brillantes se diluyen en exceso en un desarrollo irregular y reiterativo que no aporta más que minutos a la película y a pesar de conseguir terminar en todo lo alto gracias a dos momentos finales que ponen los pelos de punta por su belleza y la emoción que transmiten es inevitable tener un sabor agridulce por algo que podría haber sido mucho más remarcable. Aunque ya digo que está lejos de ser redonda coloca a Takuma Sato como talento a seguir como prometedor continuador de ese cine costumbrista japonés donde las emociones y relaciones familiares cargan con el peso de la historia.

A quien no tenemos que colocar en el radar pues cualquier cinéfilo que se precie ya debería conocer alguna de sus películas es Thomas Vinterberg que este año, gracias otra vez a la no celebración del Festival de Cannes, ha entrado a competición por la Concha de Oro y lo ha hecho por la puerta grande.


ANOTHER ROUND () donde cuatro amigos y profesores de instituto pondrán a prueba la teoría que dice que el ser humano nace con un déficit de alcohol en sangre y que una ligera embriaguez abre nuestras mentes al mundo que nos rodea, disminuyendo nuestros problemas y aumentando nuestra creatividad.

El director danés logra alcanzar su mejor versión con una película de apariencia ligera y cargada de momentos cómicos pero con un fondo más profundo y oscuro. Lo que en la superficie se muestra como visión hedonista del consumo de alcohol, muy acorde con la postura que existe en la sociedad, se muestra en realidad como una válvula de escape a las vidas grises de los protagonistas. Unos personajes, ya en la cuarentena, que sufren la rutina de sus matrimonios, la soledad, la falta de realización personal y profesional y buscan huir de ello con un experimentos en apariencia inofensivo. Un juego que les unirá y llevará a tiempos pasados de mejor recuerdo pero que, viniendo de Vinterberg, esconderá una resolución y unas capas de lectura más oscuras.

Si toda la película es sobresaliente el tramo final es directamente para enmarcar y es que ese juego continuo entre alegría/drama alcanza su clímax en una escena con el momento festivo más triste que yo recuerdo haber visto en una pantalla y que demuestra una vez más el talento del director danés.

La brillantez y excepcionalidad con la que la película aborda todos los sentimientos anteriores es abrumadora algo a lo que contribuye el trabajo de los cuatro actores protagonistas y en especial un Mads Mikkelsen realmente inspirado que ofrece una de sus mejores (si no su mejor) actuaciones hasta la fecha, llena de matices, sencillos gestos para mostrar cambios de ánimo que terminan por explotar en el ya comentado maravilloso final.

Si ayer hablábamos de François Ozon como candidato a batir en la lucha por la Concha de Oro a día de hoy el enemigo es otro y habrá que esperar si en los próximos días habrá alguna candidata seria o por el contrario ya hemos visto al mejor película del festival. Mientras esperamos a salir de dudas ¡Nos vemos en los cines!

Twitter Carlos Fernández





Fotos: Inés Barreda
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