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Las siete películas más destacadas del FICC46

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El FICC (Festival Internacional de Cine de Cartagena) tiene la manía de convertir los inicios de diciembre en algo similar al luto. Los amantes del séptimo arte de la Región de Murcia tenemos siempre señalada en el calendario la llegada de una nueva edición de esta imprescindible cita cultural, mordiéndonos las uñas por conocer su programación y organizando nuestras agendas para poder acudir a alguna de sus siempre interesantes actividades paralelas. Entonces llega, brilla y se va. Siete días devorando películas son pocos cuando el hambre es tan contundente, cuando las expectativas están lanzadas al aire y, de repente, todo vuelve a la normalidad. El Festival, que celebraba su 46 edición en este 2017 condenado a un merecido epílogo sin perdices ni final feliz, ha vuelto a situar su propio listón a la altura de lo esperado, ofreciendo una cantidad de propuestas cinematográficas de primer nivel en el que han pesado mucho más los aciertos que las decepciones más dolorosas. Que también las ha habido, ¿verdad, Haneke?

Por eso, ahora que la resaca está reciente, la emoción de la despedida sigue con el nudo en la garganta y el recuerdo de muchas películas continúa instalado en nuestra memoria, repasamos siete de las cintas más destacadas de un Festival que, construido un año más sobre los pilares de la humildad, la dedicación y la generosidad, ha vuelto a escribir una maravillosa carta de amor al cine. Y las que quedan.




DEDE


Lo curioso con Dede es que, sin contar nada nuevo, hace que todo parezca visto y escuchado por primera vez. Es lo que tiene descubrir un cine desconocido hasta la fecha como el que nos llega desde Georgia, país situado en la costa del mar Negro, en el límite entre Europa Oriental y Asia Occidental. ¿Primera noticia? Tranquilo, bienvenido al club. Por suerte, aquí no hemos venido a hablar de geografía sino de cine, así que lo que realmente importa es que la película dirigida por Mariam Khatchvani esconde muchas más virtudes de las que puede parecer en un primer momento. Partiendo de un triángulo amoroso marcado por la guerra, la imposición y, qué remedio, el peso del pasado, Dede conquista esencialmente por sus estampas de carácter inequívocamente rural, presentando costumbres y narraciones que parecen perdidas en un universo ajeno y extraño. Sobre estos paisajes imponentes y claustrofóbicos al mismo tiempo, la directora nos cuenta una historia que, superada su primera y algo torpe primera mitad, alcanza un inesperado nivel dramático que culmina con uno de esos desenlaces tan sorprendentes como satisfactorios. Una propuesta notable que, por encima de todo, nos presenta otra manera de entender y plasmar en imágenes un argumento que ya nos han contado mil y una veces. Un viaje en toda regla.




EN LA PLAYA SOLA DE NOCHE


El cine coreano contó con una sección propia dentro del FICC46 en la que se pudieron revisar pequeños clásicos contemporáneos de su catálogo como El Arco (The Bow), Memories of Murder o la espectacular Sympathy for Lady Vengeance, y en la que brilló un descubrimiento reciente: En la playa sola de noche. Una película dirigida por Sang-soo Hong, uno de los cineastas más respetados dentro y fuera de sus fronteras, y protagonizada por Min-hee Kim, responsable de una de esas interpretaciones por las que merece la pena pagar una entrada, que se enfrenta a la siempre complicada tarea de describir el después de un romance que ya nació con la etiqueta de imposible. No se trata tanto de caer en el dolor de lo que pudo ser y no fue sino en la manera de sobrevivir a un naufragio que tiene tanto de fracaso como de harakiri. En este sentido, Sang-soo se centra de manera casi exclusiva en los diálogos entre sus personajes, convirtiendo cada conversación en una pequeña isla del tesoro en la que se pasa de la sonrisa a la lágrima en cuestión de una frase, un silencio o una reflexión. Los espacios entre lo que se escucha y lo que se habla, ahí es donde habita En la playa sola de noche. Y ahí es donde encuentra su verdadera y callada grandeza.




EL INSULTO


El Insulto podría haber sido muchas películas y la mayoría de ellas tenían todas las papeletas de salir mal. Afortunadamente escoge el mejor de los caminos posibles. Con un punto de partida basado en el conflicto entre palestinos y cristianos libaneses, originado en esta ocasión por una pelea entre un vecino y el capataz de una obra a raíz de un poco de agua derramada accidentalmente, el director Ziad Doueiri plantea una película que esquiva, dentro de sus límites autoimpuestos, el sensacionalismo barato, el panfleto gratuito o la lluvia de concienciación colectiva. El truco para hacerlo es bien sencillo y consiste en, simplemente, dejar que la película se dirija con paso firme y sin dudas hacia el terreno del thriller judicial más clásico, un género en el que la historia alcanza su mejor versión, aprovechando al máximo las posibilidades de una trama narrada con nervio y notable sentido del ritmo. Mención aparte para sus dos intérpretes principales, Kamel El Basha (ganador el premio a Mejor Actor en el Festival de Venecia) y Adel Karam, inmensos.




MORIR


Hay películas a las que nos debemos enfrentar tomando aire previamente. Y Morir, la nueva película de Fernando Franco, tras la interesante La Herida, es una de ellas. Indudablemente. El cineasta, volviendo a los pasos que guiaron su citado debut de 2013, coloca de nuevo la cámara sobre la mirada perdida, asustada y solitaria de esa gigante llamada Marian Álvarez, quien demuestra otra vez una facilidad pasmosa para hacer que parezca sencillo lo imposible. En este caso, definir los últimos días de una vida y un amor condenado al final. ¿De qué? De todo. De absolutamente todo. Franco, plenamente consciente de estar manejando un argumento de alto contenido dramático, prescinde de cualquier subrayado innecesario, no mete el dedo en una llaga que sangra de forma natural entre respiraciones entrecortadas, silencios que son víctimas y verdugos, y días de lluvia torrencial. Morir empapa las botas, cala hasta los huesos, ahoga al espectador porque, sencillamente, no hay otra opción. Por fortuna, lo hace sin artificios ni excesos lacrimógenos, apostando todo al drama seco, que rasga y rompe suspendido en la ausencia de palabras, diálogos y monólogos que no hubieran aportado nada bueno al conjunto. Si has pasado por algo similar a lo que cuenta la película, la experiencia será especialmente complicada, sí, pero también desplegará con mayor contundencia su eco en la memoria. Morir duele porque debe doler. Y nadie llora, porque no quedan fuerzas para llorar. Sales exhausto. ¿Quién dijo que eso no era cine? Y, por cierto, aquí hay más Haneke que en todo Happy End.




¡LUMIÈRE! COMIENZA LA AVENTURA


Siempre impone situarse en el momento exacto en el que todo nació, en el primer chispazo que originó un incendio tan abrasador como el cine. Y ahí es precisamente donde nos lleva Thierry Frémaux, director del Festival de Cannes desde 2001 y del Instituto Lumière de Lyon, en ¡Lumière! Comienza la Aventura, documental en el que tenemos la inmensa fortuna de ver una selección de 108 películas realizadas por los hermanos Lumière y restauradas de manera ejemplar. Un conjunto de pequeñas obras maestras que nos colocan en el punto de partida de un arte que nos lleva acompañando durante siglos y que, más allá de los que se empeñan en organizar entierros cada dos por tres, sigue fascinando como el primer día. Y lo que queda. Narrado en orden cronológico por el propio Frémaux, el film es emocionante por el fondo y por la forma, por lo que nos descubre y lo que nos emociona, por lo que nos enseña y por el modo en el que lo hace. Hay magia en cada plano, cultura en cada segundo, admiración e inteligencia en cada una de sus escenas. Un monumento al espíritu Lumière de contagiosa belleza.




THE PARTY


Puestos a comenzar un festival, ¿existe una mejor manera de hacerlo que con una fiesta? El FICC46 lo tuvo claro y programó para su jornada inaugural la última película de la directora y guionista Sally Potter, estrenada cinco años después de su último trabajo, la irregular Ginger & Rosa. Aquella cinta, protagonizada por una superlativa Elle Fanning, asfixiaba por un dramatismo subrayado hasta la extenuación que, afortunadamente, brilla por su ausencia en esta nueva propuesta presentada en un estupendo blanco y negro que, suponemos, nace con la intención de reducir el impacto de sus golpes. Y es que, a pesar de su vestido de comedia, The Party tarda bien poco en revelarse como lo que realmente es: un espectáculo de diálogos envenenados, caretas voluntarias y giros inesperados maquillados con la hipocresía y el sarcasmo, que triunfa precisamente por la naturalidad con la que están ejecutados. No hay ni un atisbo de esa ambición desmedida por transgredir que ha lastrado gran parte de la trayectoria de Potter, sino simplemente un guion lleno de ácido y cenizas contado en el tiempo justo, poco más de 70 minutos, e interpretado por un reparto en estado de gracia formado por, atención, Patricia Clarkson, Bruno Ganz, Cherry Jones, Emily Mortimer, Cillian Murphy, Kristin Scott Thomas y Timothy Spall. Sobre sus hombros descansa The Party y todos ellos brillan con infinita intensidad, pero, puestos a escoger, pocas dudas: Clarkson ofrece un auténtico recital. En definitiva, una notable comedia repleta de mala hostia, con perdón, que comienza y termina de la única forma posible, con un disparo a bocajarro.




MUCHOS HIJOS, UN MONO Y UN CASTILLO


Si hubo una sorpresa mayúscula en el FICC46, aquí está. Empecemos por la contundencia: Muchos hijos, un mono y un castillo es una de las mejores películas españolas del año, con amplia diferencia, y uno de los debuts más interesantes, especial y memorables de la historia de nuestro cine. Tal cual. Dirigida por el también actor Gustavo Salmerón, quien la estuvo preparando durante más de diez años, este documental (sí, lo es, aunque parezca imposible) nos presenta a una familia asentada en el caos, la tradición y las costumbres más reconocibles de un país, el nuestro, nacido, muerto y resucitado siempre en el territorio del desequilibrio, otorgando un protagonismo casi absoluto a la matriarca, Julita, una de esa revelaciones que el cine español recibe muy de vez en cuando y que conviene celebrar como el maravilloso hallazgo que es. Ella guía al espectador hacia la carcajada sonora, la lágrima furtiva, el surrealismo berlanguiano y la ternura que rodea el amor de toda una vida, y lo hace con una presencia en pantalla abrumadora, robándote el corazón desde el primer plano al último. Cuando todo termina, y lo hace de la manera más memorable posible, uno sabe que Julita se ha quedado para siempre en tu corazón, que no te hubiera importado pasar dos, tres, diez horas más en su compañía, que deseas que lo que le quede por delante lo viva con esa sencillez y felicidad arrebatadora. Muchos hijos, un mono y un castillo es la película de Julita. Y resultó ser también la película del FICC46.


@AlbertoFrutos

 

Fuente: CINeol | Visitada: 419 veces