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Diario de Sitges 2017 (III): En brazos de Morfeo

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Dilema del día: ¿una película te da sueño porque es aburrida, o te parece aburrido porque te está dando sueño? Esta pregunta aparentemente absurda esconde un concepto que es capaz de separar escuelas de intervención psicológica, ya que abarca la definición de conciencia. ¿Es un constructo a posteriori (y por tanto ilusorio) que parece dar sentido a nuestras reacciones físicas e instintivas, o es una verdadera instancia de control de nuestras acciones y emociones? ¿Estoy acaso intentando justificar a posteriori mi lucha contra el sueño en al menos dos películas del día, o es una verdadera meditación metafísica sobre el sentido de mi experiencia diaria? En cualquier caso, cuando el farmacéutico me vendió un nuevo medicamento para el catarro y me dijo “¿vas a conducir? Porque te puede dar sueño”, a lo mejor no debería haber contestado con un “jajaja, qué va, dame esa mierda” ni haberme metido dos pastillas entre pecho y espalda antes de esa sesión doble.



En realidad, la primera película del día en la que tuve que combatir a Morfeo no fue ninguna de las que vinieron tras la ingesta de píldoras, sino la cinta de animación de origen chino BIG FISH AND BEGONIA (), una cinta sobre la amistad entre una niña-diosa y un delfín rojo que es la reencarnación de un humano que le salvó la vida. Su poesía visual es incuestionable, cada imagen es un hermoso cuadro en su composición y color, pero sus excesos melodramáticos y su trama difusa la convierten en un verdadero coñazo recargado.

Desconozco el estado de salud o la personalidad autoral de la industria de la animación china, pero las deudas con el Studio Ghibli japonés y más en concreto con la obra de Hayao Miyazaki son tan obvias que bordean la copia. Solo que en este caso la mitología es un batiburrillo informe que parece compuesto a base de improvisación, de inventarse las reglas sobre la marcha e introducir deus ex machina sin mayor explicación. Cada vez que un personaje dice que algo no se puede hacer, al rato no solo sí se puede, sino que ya se sabe cuál es la solución para los problemas que derivan de ello. Lo que en una escena puede ser mortal o provocar una ruptura en el universo, media hora después no es tan grave y se puede resolver con un apaño. Hasta los poderes se crean y se pierden a conveniencia de la historia.

Aparte de los problemas de coherencia en la construcción de su universo, la estructura del guion es deslavazada y la definición de personajes muy simple. Todo el peso emocional se descarga sobre unas cuantas escenas alargadas y plagadas de momentos lacrimógenos que se revelan como vacías y manipuladoras, ya que no se ha creado anteriormente un arco lo suficientemente sólido como para que importe nada de lo que pasa, si es que a esas alturas tuviésemos claras cuáles son las implicaciones trágicas de lo que sucede.



Como siguiendo la Ley de Murphy, donde el sueño golpeó con virulencia fue en la que posiblemente sea la mejor película de la jornada, MARJORIE PRIME (), una interesante reflexión sobre el efecto que pueden tener determinados avances tecnológicos, en especial la inteligencia artificial, sobre la concepción humana de la propia mortalidad y sobre el desarrollo saludable del proceso de duelo. Basado en una obra de teatro (y se nota), el último trabajo de Michael Almereyda habría sido más compacto y efectivo como un corto o incluso un episodio de Black Mirror, ya que acusa cierta reiteración argumental, formal y de ideas, pero aun así conserva la suficiente potencia para ser recomendable.

Estructurada en cuatro tramos claramente diferenciados por elipsis temporales, cada uno con un protagonista, se trata de una pieza de cámara en la que cada ‘episodio’ explora una faceta distinta de la premisa argumental (una tecnología que permite crear una réplica virtual de personas fallecidas, a través de composiciones de recuerdos de aquellos que las conocieron en vida). Cada una de estas facetas complementa a la anterior y le aporta matices, componiendo un cuadro cada vez más rico que se aleja de lugares comunes y planteamientos superficiales. Su tramo final da la vuelta a todo lo visto anteriormente de una forma sorprendente pero muy estimulante. Lamentablemente, dentro de todo este proceso, narrado con ritmo lento y cierto estatismo en la puesta en escena, también hay muchos tiempos muertos y diálogos reiterados que podrían haberse reducido o eliminado.



La otra víctima de la somnolencia farmacéutica, aunque ha sido menos acusada porque entre medias ha habido chute de café, es otra cinta animada: LOVING VINCENT (), una obra realizada por más de 100 personas que han pintado a mano, al estilo impresionista de Van Gogh, cada uno de los fotogramas de los que se compone la historia. De hecho, el film comienza con un letrero enorgulleciéndose de este hecho, como diciendo “a ver si tienes cojones de decirle a toda esta gente que su trabajo es una mierda”.

Y no lo es: pictóricamente es una auténtica delicia. Se nota el cuidado puesto en cada imagen, no solo para lograr una bella composición, sino para ajustarla al estilo del pintor holandés, que es sobre quien gira la trama. Muchas de estas imágenes son reproducciones o versiones de sus cuadros, en un ejercicio de collage argumental análogo al realizado desde la vertiente musical en Across the Universe. Así, uno podría sencillamente observar la película y ya disfrutaría de ella. Pero, además, el film ofrece un argumento que atrapa: una especie de thriller noir en donde un hombre intenta recomponer los últimos días de Van Gogh para averiguar por qué se suicidó… o si acaso no fue un suicidio. Todos tienen versiones opuestas, todos ocultan algo, y cuantas más piezas se desvelan más complejo es el cuadro.

El problema es que estos dos aspectos del film, cada uno de ellos brillante, son incongruentes. ¿Qué tiene que ver el estilo pictórico de Van Gogh con una trama policíaca, qué pueden aportarse entre sí ambas cosas? ¿Es adecuado hacer un homenaje al pintor centrándose en las circunstancias de su muerte en lugar de en su obra o intereses artísticos? Hasta Ciudadano Kane, que también tiene ese componente de investigación tras la muerte del protagonista, fija su mirada en la vida del personaje. La respuesta a estas preguntas seguramente sea que nadie se ha parado a establecer un criterio. Como indica el letrero inicial, se han centrado en la técnica sin pensar en el objetivo.



Al menos es una película que aporta algo, cosa que no se puede decir de MUSA (), el nuevo thriller fantástico de Jaume Balagueró y un claro paso atrás que da muestras de estancamiento creativo. De hecho, el film parece la ópera prima de un estudiante de cine que quiere parecerse al Balagueró de Los Sin Nombre y Darkness, pero que todavía no tiene la madurez artística suficiente como para aportar absolutamente nada más allá de la repetición de patrones ya caducos.

Rodado con una paleta de color que oscila entre el gris azulado y el negro digital, el film es tan apagado como su gama cromática: la tensión brilla por su ausencia, la trama se desarrolla por recovecos manidos y vueltas de tuerca sin mucho sentido, la mitología es inconsistente y carece de fuerza, y la puesta en escena es funcional, adecuada y aburrida. No hay ni un rasgo formal que indique que hay un director detrás, solo una serie de lugares comunes de best seller con una narrativa visual sin garra. Incluso una decisión a priori tan sencilla como rodar el film en blanco y negro e intentar aprovechar ese formato para resaltar los aspectos más expresionistas de su escenario, podría haberle aportado algún valor a lo que ofrece. Pero ni eso. Lo que queda es un producto mediocre que solo provoca indiferencia. Lo cual, en un realizador como Balagueró, solo se puede calificar como fracaso.



Para terminar, me dejo The Ritual para mañana y os comento una película que se ha pasado de madrugada y que he podido rescatar en el hotel en uno de esos huecos que dejó la primera jornada. Aunque, para lo que ofrece TONIGHT SHE COMES (), también podría haber aprovechado ese tiempo para dormir, y quizá no me habría pasado lo de hoy. Bueno, sí me habría pasado, qué coño. Y no habría podido ver cómo se hace un rito satánico con la sangre de un tampón. Sí, eso ocurre aquí.

Sin entrar en mucho detalle, porque el film tampoco lo merece, se trata de una chorrada de película ideal para echarse unas risas con los colegas en plena borrachera, porque sobrio es una estupidez. Los personajes son tontos, la trama no tiene ni fuste, ni originalidad ni sentido, y para colmo su único valor potencial, que son las escenas de casquería, están casi todas plasmadas fuera de cámara. Se ve que no había presupuesto ni para los efectos prácticos más básicos. El único aspecto redentor del film es que durante buena parte de su metraje, es tan consciente de su propia imbecilidad que se vuelca en la autoparodia, contrastando los demonios y ritos de su argumento con un comportamiento tan cotidiano y casual de los personajes que todo el asunto parece una enorme broma. Durante ese tramo central se disfruta. El resto, que se toma más en serio como slasher convencional con un punto pervertido, es bastante lamentable.


Eso es todo por hoy. Tengo la sensación de que esta noche voy a dormir como un bendito. Hay dos pastillitas que me están diciendo “vamos a la cama que hay que descansar”. Mi única preocupación es caer tan profundamente que no consiga despertarme a tiempo para sacar las entradas de mañana.

@DamnedMartian

 

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