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Crítica - Uno de los nuestros

Poster

'Obra maestra sin paliativos'

04/04/2007 - Por

(5/5)

“As far back as I can remember I always wanted to be a gangster”


Hay un plano secuencia en Uno de los Nuestros, en el que Henry lleva a Karen a un club en el que hay una cola larguísima, que siempre me ha parecido absolutamente genial no ya por su sublime acabado técnico sino por que simboliza a la perfección lo que es la mafia: un listillo que se cuela tranquilamente por la parte de atrás, sin tener que hacer cola como los demás, y que se acomoda en un sitio perfecto para disfrutar del espectáculo. Eso es la mafia, de eso va The Goodfellas.

Durante los últimos treinta años si tenemos que recordar nombres ilustres uno que sonará con fuerza, entre muchos otros, será el del gran Martin Scorsese. Para muchos, entre los que me incluyo, uno de los mejores directores de la Historia del Cine, un genio, un contador nato de historias poseedor de un dominio apabullante de la técnica y del aspecto visual, y, aunque sus películas más afamadas versen sobre el crimen organizado, ha demostrado que es un espíritu versátil y libre que puede firmar desde un exquisito y comedido drama de época (La edad de la inocencia), hasta un arrebatador relato sobre la vida de Jesucristo (La Última tentación de Cristo), pasando por una enloquecida y sofisticada comedia (After Hours) o un brutal drama humano sobre la autodestrucción y la fama (Toro Salvaje) o la probablemente mejor visión sobre la inadaptación y la soledad que se haya plasmado nunca en una pantalla (Taxi Driver) o un visceral relato sobre los orígenes de NY (Gangs of NY). En pocas palabras, un hombre cuya genialidad no conoce de géneros. Pero han sido los relatos gangsteriles los que más ha cultivado y el mejor exponente de ello es Uno de los Nuestros.

La crueldad, la violencia, el brío y una inagotable fuerza se dan la mano y el resultado es la disección más brutal del día a día de la mafia. Uno de los Nuestros nace de la desactivación de la moralidad estándar y se lanza en picado por un mundo tremendamente amoral, sin valores, aquí no hay buenos, no existe un solo ápice de idealización, solo vamos a ver un desfile de gente con un modo de vida absolutamente deleznable y que vive perfectamente con ello. He ahí donde entra la tremenda naturalidad con la que se aceptan los asesinatos más cruentos que uno se puede imaginar. La total ausencia de la moral es un pilar básico sobre el que se construye la película y el modo de vida de sus protagonistas y de ahí que Scorsese lleve a cabo un uso tan realista y potente de la violencia y del lenguaje sucio, con momentos realmente salvajes, como la larga secuencia con Layla de fondo o la escena de Billy Batts, momentos que sentarían cátedra a la hora de volver a usar la violencia en el cine. Nicholas Pileggi firma el guión junto con Scorsese, un texto minucioso que explora con precisión de cirujano la cotidianeidad de la mafia, la voz en off desmenuza absolutamente todo, los pensamientos, los códigos internos, la manera en la que viven como auténticos reyes en la cárcel, como mueven la droga, sus queridas, todo en ello queda bien servido y masticado para lo que es probablemente lo mejor de la película: la dirección de Scorsese.

El bueno de Martin siempre ha sabido poner su dirección al servicio de la trama, ya sea un ejercicio de sencillez y clasicismo o un virtuoso ejercicio de estilo. En este caso es lo segundo y resultado es una de las direcciones más impresionantes que recuerda el cine moderno. Hay tres cosas en las que Scorsese siempre ha sido un auténtico genio: cómo rodar la violencia, como poner música a una escena y cómo sacarle el jugo a una voz en off. Pero claro cuando estas tres cosas convergen en una misma secuencia el momento orgasmatrón cinematográfico está asegurado. El visceral movimiento de cámara enfatiza aún más el brío y la fuerza de la cinta, apoyado en el siempre soberbio montaje de Thelma Schoonmaker, y los momentos de puro virtuosismo son realmente impresionantes véase el plano secuencia al entrar al club, la escena en el jurado enfocando a Jimmy o la brutal y horrenda exhuberancia de los momentos violentos. Éstos últimos son potenciados por Scorsese con el magistral uso de la música, es decir, un genio que mete un tema tan suave y melódico como el Atlantis de Donovan en una escena descarnadamente salvaje o el Layla de Clapton mientras nos encontramos un reguero de cadáveres.

Por último el reparto. De Niro parió uno de sus últimos grandes trabajos, Jimmy Conway rezuma el carisma y la fuerza de uno de los grandes mafiosos de la Historia, una creación magistral. Pesci por su parte ha demostrado ser un actor muy poco versátil y limitado, eso sí, en su registro, es decir, el de asesino psicópata puede ser absolutamente creíble y genial y el retrato que hace de Tommy se queda incrustado en la memoria durante mucho tiempo. Ray Liotta ha demostrado con el tiempo que no ha sabido escoger los papeles. Una lástima, siempre se le recordará como el atribulado y progresivamente desquiciado Henry, el papel más destacable que ha hecho y probablemente hará nunca. Un puñado de secundarios más que aceptables completan el magnífico reparto.

Una obra maestra sin paliativos, una de las mejores obras de las últimas tres décadas y una de las cumbres del grandísimo Martin Scorsese.

 

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