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Crítica - El Club de la Lucha

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'Una nueva forma de terapia que incita a la reflexión'

21/11/2006 - Por Padrino

(4/5)

El club de la lucha. Una nueva forma de terapia que incita a la reflexión

La película, basada en la novela homónima de Chuck Palahniuk, explica la vida de dos hombres peculiares: Narrador (Edward Norton) y Tyler Durden (Brad Pitt). El Narrador –en ningún momento se dice su nombre– es quien nos describe la historia. Confundido por todo, sin amigos ni familiares, trabaja en una compañía de automóviles encargada de la seguridad de los vehículos. Aquejado de insomnio (la única manera de combatirlo es asistir a reuniones de todo tipo: alcohólicos, enfermos de cáncer, etc.) lo único que quiere es encontrar a alguien en quién poder apoyarse para entender lo que ocurre a su alrededor. En uno de sus muchos viajes conoce a Tyler, que se dedica a la venta de jabón, el cual tiene una filosofía de la vida muy característica y nada habitual. El edificio en el que vive el personaje de Edward Norton se incendia, por lo que recurre a Tyler. Después de tomar unas cervezas ambos se pelean y en ese momento crean un club donde la gente puede pelear para liberar sus frustraciones y amarguras, El club de la lucha. El club de la lucha va consiguiendo cada vez más adeptos y su popularidad se va extendiendo por las ciudades de EE UU.

Con “El club de la lucha” David Fincher consigue superarse una vez más. Con su personal, atractivo y moderno estilo Fincher lleva a cabo un análisis de la sociedad actual. Una sociedad aquejada por una enfermedad cuyos germenes son el capitalismo y el consumismo. Si bien algunos han tachado la película de “canto a la violencia” o “violencia gratuita” no es este nuestro caso. El director americano refleja perfectamente los sentimientos y frustraciones de toda una generación de norteamericanos, exteriorizados en el film a través de la violencia. Con tintes e influencias Nietzschenianas la cinta se convierte en un descenso a los infiernos del hombre. Un descenso cuyo objetivo es la redención. Y esa redención se consigue a través de un proceso (físico y mental). Si bien el proceso físico (peleas) es del todo censurable no lo es tanto el proceso mental, un proceso a través del cual deben establecerse las auténticas prioridades del ser humano.

Visualmente perfecta (como prácticamente la mayoría de sus películas) y con claras influencias de películas como Reservoir Dogs, de Tarantino; o el remake de Scarface realizado por Brian de Palma; transmite perfectamente la fuerza de los personajes y de los ambientes en los que estos se mueven. Con un ritmo que nos hace entrar en la película desde el primer minuto Fincher consigue que el espectador llegue a coger cariño a los personajes a la vez que nos hace sentir compasión y lástima por su evolución (¿o, mejor, dicho degradación?). Con un final sorprendente, de los que tanto le gustan al realizador norteamericano, la película propone al espectador una infinidad de interrogantes y una reflexión profunda. Se trata, por tanto, de una película que satisface las expectativas de los dos tipos de espectadores que suelen haber. Aquellos a los que les gusta pasar un buen rato veran un buen thriller de acción y suspense, con alguna pincelada cómica y una factura visual impresionante. Aquellas personas a las que les gusta que una película les proponga una reflexión, también saldran satisfechos ya que la película hace un profundo análisis sobre el estado y los valores de la sociedad actual, proponiendo una reflexión entorno a lo que es verdaderamente importante en nuestras vidas.

Una cinta clave en el cine norteamericano de final de siglo que, como toda buena película, genera división de opiniones e, incluso, polémica.

 

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8.55

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