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OSCAR 2018: El año de las mujeres

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ESCENA 32: INTERIOR / NOCHE / CASA DE LOS FORD


El SR. FORD (53 años, ligeramente alopécico) entra por la puerta vestido con su traje, su gabardina y su sombrero, agarrando su maletín. Le espera la SRA. FORD (24 años, rubia, delgada, bella) con el delantal puesto y los tacones, sonriendo de oreja a oreja. Le coge el sombrero, el maletín y la gabardina y los guarda en el armario.

SRA. FORD: Oh, cariño, qué bien que estés ya en casa. Te he echado tantísimo de menos.
SR. FORD: Tengo que trabajar, mujer. Si no, cómo vas a poder comprarte todo esos vestidos tan caros que te gustan. Demonios, las mujeres vais a acabar con nosotros con vuestros caprichos.
SRA. FORD: ¡Ja ja ja!
SR. FORD: ¡Ja ja ja!
SRA. FORD: ¡Ja ja ja! Oh, Jack, eres incorregible. Déjame que te traiga las zapatillas y el periódico para que estés más cómodo. ¿Te preparo una copa mientras termino la comida? He preparado un solomillo confitado y un milhojas de verdura, ¡y de postre tenemos suflé de coco!
SR. FORD: No tengo hambre, Mary. Ha sido un día muy duro en el banco y luego los chicos nos hemos ido a tomar una cerveza al bar. Me apetece ver el béisbol tranquilo.
SRA. FORD: ¡Pero Jack! ¡He estado cocinando toda la tarde y toda la noche después de acostar al pequeño Timmy y a la pequeña Tiffany!
SR. FORD: ¡Ah, qué bien me cuidas! (La coge de la cara y aprieta demasiado) Tira esa comida y hazme un sándwich.
SRA. FORD: Claro que sí, cariño. (sonríe) Por cierto, se ha fundido la bombilla del baño. ¿Podrías cambiarla? Sabes que yo no me llevo bien con estas cosas tecnológicas.
SR. FORD: ¡Mujeres! ¡Qué sería de vosotras sin un hombre!
SRA. FORD: Estaríamos perdidas, amor.

Se besan.



Esta escena tan rancia no le llega ni a la suela de los zapatos de algunas cosas que hemos podido ver en el cine clásico, donde muchas veces el papel de las mujeres estaba inmediatamente por debajo de las amebas en la cadena alimenticia. En el cine de género en especial, pero también en el dramático y la comedia, el rol femenino se limitaba a ser causante de todos los males del hombre, ser rescatada por él hasta de los peligros más inanes, sufrir por él hasta cuando debería mandarle a zurrir mierdas con un látigo, servirle casi de esclava con un amor ciego injustificado, ponerle ojos de cordero y quedar en evidencia como un ser inferior física, intelectual y culturalmente. En conjunto, hacer de florero para explotar su belleza y de espejo vacío en el que reflejar todas las virtudes del protagonista.

Al igual que ha ocurrido en la sociedad, este rol pasivo sometido al hombre ha ido cambiando progresivamente. Desde el movimiento sufragista de finales del siglo XIX hasta el #TimesUp actual, millones de mujeres han luchado por que su voz sea escuchada y valorada, que sus derechos sean reconocidos, que su lugar en el mundo no sea decidido por nadie más que por ellas mismas. Y así, paso a paso, no solo mediante la revolución sino también a través de pequeños gestos que importan mucho, la sociedad se encamina lentamente (quizá demasiado) hacia la verdadera igualdad.



Este año ha sido especialmente significativo en este sentido. Sin entrar a darle un término teórico o encuadrarlo en escuelas de pensamiento históricas que no vienen al caso en un artículo de cine, sí que se puede percibir cómo muchas de las luchas que han surgido de forma dispersa durante las últimas décadas han ido eclosionando definitivamente en una corriente reivindicativa ordenada y determinada. Una revolución que reclama una serie de medidas firmes y concretas para lograr el tan ansiado cambio en la sociedad que sitúe a la mujer y al hombre a la misma altura. Buena parte de esas reivindicaciones se han centrado en el mundo de la cultura, en especial en el cine, como herramienta para transmitir una serie de valores, estereotipos, estructuras relacionales y objetivos vitales que son una parte esencial de la educación de cualquier persona, sea cual sea su sexo, género u orientación.

Uno de los principales impulsores para que las piezas del dominó comiencen a caer ha sido irónicamente uno de los ejemplos más deplorables de ser humano que existen: Harvey Weinstein. Durante décadas, el magnate cinematográfico utilizó su inmenso poder, su capacidad de manipulación, su dominio del miedo y su mente enferma para abusar sexualmente de decenas de mujeres y acabar con la carrera de aquellas que osaron negarse a su execrable juego. Las historias que sus víctimas se han atrevido al fin a contar, gracias a los reportajes de investigación que el New Yorker y el New York Times sacaron en octubre, van desde las insinuaciones en su habitación de hotel hasta la violación, pasando por un catálogo de comportamientos depredadores como para tirarle a un pozo y taparlo con cemento para que no se oigan ni sus gritos.

Weinstein ha sido el ariete que ha derribado el muro del silencio en el mundo del cine, pero nada habría cambiado de no ser por todas esas pequeñas grietas que año tras año se han ido creando en los corazones y las mentes. Esas grietas tienen nombre y apellidos, sea Bill Cosby, Roman Polanski, Woody Allen, O.J. Simpson o Charlie Sheen. Heridas que van royendo la paciencia, que van aumentando la rabia, que van creando una olla a presión hasta que es imposible seguir calladas, con la cabeza gacha, tragando con las humillaciones, la vergüenza y las amenazas que factura al por mayor esta industria acostumbrada a consumir sueños.



De puertas afuera, la ‘salida del armario’ tras el escándalo Weinstein de tantas mujeres con un perfil público conocido ha servido para que gran parte del público comprenda de una vez la medida aproximada del problema social que padece la mitad de la población. Han sido el altavoz de las protestas que hacen desde hace mucho tiempo los colectivos de víctimas anónimas, y que supone uno de los principales caballos de batalla de este movimiento: basta ya de abusar física o psicológicamente de las mujeres. Solo ellas pueden decidir lo que hacen con su cuerpo y con su mente, y el resto del mundo debe respetarlas. Es algo realmente sencillo de hacer: consiste en tratar a la otra persona como… una persona. Pero hay gente a la que aún hoy le cuesta dios y ayuda concebir este concepto tan simple.

Las denuncias de los abusos han servido además para poner un marco a muchas otras reivindicaciones que entran de lleno en el terreno profesional, como la igualdad salarial entre hombres y mujeres; la contratación de talentos femeninos en ámbitos como el guion, la dirección o las categorías técnicas (más allá de vestuario), donde las mujeres han estado tradicionalmente excluidas o relegadas; la erradicación de prácticas denigrantes hacia las mujeres, en especial en lo que respecta a su imagen (edad, peso, belleza); o la necesidad, si el cine quiere sobrevivir y no estancarse, de renovar tanto las historias que se cuentan como el punto de vista desde el que se cuentan, aportando la mirada femenina a un mundo que hasta ahora ha estado ocupado predominantemente por hombres blancos de 25 a 70 años.

En este sentido, las historias que se han venido narrando hasta la fecha a través del cine (el de Hollywood sobre todo, pero también en desigual medida el independiente y el de otras nacionalidades) estaban realizadas por y para un sector de la población que no supone ni siquiera el 5% del censo mundial. Hasta a nivel de Estados Unidos, si nos situamos allí por el contexto en el que se escribe este artículo, los hombres caucásicos son menos de una tercera parte de la población. ¿Qué hay del resto del mundo? ¿Qué hay de las otras etnias? ¿Y de las mujeres? ¿Deben conformarse con una representación testimonial delante y detrás de las cámaras, excepto cuando se les permite realizar películas-nicho?

Si las obras nominadas al Óscar este año (y algunas que se han quedado fuera) son un indicativo de algo, es que esta realidad está cambiando poco a poco. Y teniendo en cuenta lo que tarda en hacerse un film, está claro que este cambio se lleva gestando desde hace un tiempo. 2017 solo ha sido la tormenta perfecta.



ESTATUILLAS CON SABOR FEMENINO

No todas las nueve nominadas al Óscar se pueden encajar en este marco feminista. El ejemplo más claro es Dunkerque, una película donde no aparece ni una sola mujer, aunque en este caso la ausencia sea coyuntural a la propia historia. Pero tampoco en El instante más oscuro, Déjame salir o Call Me by Your Name tienen un rol significativo.

En el film de Luca Guadagnino, la presencia femenina se limita a una madre cuyo papel en el crecimiento de su hijo es testimonial en comparación con las figuras masculinas, y una novia cuyo arco argumental no le permite ser mucho más que un recipiente pasivo de amor y desamor. Está claro que en una historia de descubrimiento romántico y sexual entre dos hombres hay poco hueco para ellas. Aunque no hay que desmerecer su aportación colateral, ya que la honestidad y delicadeza con la que esa pasión desmonta los estereotipos de la sexualidad masculina también tiene su toque subversivo.

Por su parte, es difícil hablar de los personajes femeninos de Déjame salir sin entrar a destripar los giros de la película. Baste decir que su representación se ajusta a la condición de mujeres fuertes, con vocación de líder, en control de todos los aspectos de su vida por encima incluso de los hombres; pero, por la propia estructura argumental del film, ese dibujo se vuelve en su contra para acabar construyendo una clásica historia de empoderamiento masculino. La ironía que maneja con tanta maestría Jordan Peele en su retrato de las tensiones raciales no llega a aplicarse en cuanto al componente de género, por lo que no funcionaría si queremos encuadrarla en esta lectura.

Aun así, es mejor tener personajes tridimensionales que no entren en esa lectura que lo que hace El instante más oscuro, que reafirma su condición de cine con aroma clásico (traducción: viejo) metiendo con calzador dos personajes femeninos en la historia de Winston Churchill, ninguno de los cuales tiene nada que aportar. Por un lado, su secretaria es un mero testigo mudo sin ningún rasgo de personalidad, que no actúa ni siquiera como narradora de la historia, aunque ese parecía el papel que el guion buscaba para ella. Por el otro, la esposa de Churchill, típico papel de mujer sufridora/apoyo incondicional que dispone de una única escena reivindicativa que huele a kilómetros que se rodó y añadió a posteriori, por su nula función dramática. A diferencia de Dunkerque, que es consciente de que en su historia no hay encaje posible para personajes femeninos, El instante más oscuro hace concesiones a la galería que no son más que eso, una casilla que marcar en la ficha de ‘cómo hacer un biopic de 1957 en 2017’. No es muy distinto de esas películas de terror que están obligadas contractualmente a poner un negro en su reparto (que no dura más de media hora).



Las otras cinco películas, en cambio, son una sección transversal de lo que puede dar de sí el cine si gira un poco la cabeza para mirar a esas personas a las que ha ignorado durante tanto tiempo.

Pongamos por caso Los archivos del Pentágono, una película con un aroma tan clásico y en principio poco novedoso como el del biopic de Churchill, que cuenta una historia de periodismo en el que unos intrépidos soplones y reporteros destapan un escándalo que podría derribar al presidente del país. Todos ellos son hombres. Sin embargo, el conflicto central del film no se apoya ni en su periplo ni en la importancia de los papeles filtrados, sino en la directora del periódico.

El personaje de Meryl Streep es una mujer insegura que debe moverse en un mundo de hombres poderosos que no la toman en cuenta, porque no forma parte de su club de élite. Pese a pertenecer a una alta sociedad que limita la identificación que el público llano puede sentir con ella, Kay Graham es la destilación perfecta del periplo que han tenido que vivir durante tantos años las mujeres: ignorada, silenciada, apartada, tomada por una simplona a la que un hombre debe aconsejar para que sepa tomar decisiones estratégicas y comerciales. Su arco argumental de reafirmación personal, en el que alcanza la independencia profesional, intelectual y moral sin ayuda de nadie y sin renunciar a ninguno de los rasgos tradicionales del rol femenino (madre, anfitriona, confesora), supone una perfecta composición de ese periodo transicional en el que las viejas formas dan dando paso a las nuevas voces.



El diálogo entre lo viejo y lo nuevo también está muy presente en El hilo invisible, en este caso en forma de subversión absoluta de las dinámicas de poder en la pareja. Como buen prestidigitador formal que es, Paul Thomas Anderson compone en los primeros compases del film una imagen cuyos trazos creemos reconocer demasiado bien: el hombre obsesivo, controlador y posesivo, un genio cuyo talento profesional oculta un monstruo depredador que se alimenta de los más débiles; la mujer sin cultura, presa fácil de un romance idealizado en el que se somete a los designios de la pareja sin darse cuenta de que anulan su personalidad; y la figura autoritaria femenina, a caballo entre la madre suspicaz y la sirvienta esclavizada, que ha renunciado a su vida (y a su personalidad) por mantener vivo el genio de su hermano.

Sin embargo, conforme avanza la historia y se van desplegando las capas que ocultan los personajes, esta dinámica se altera en tantos matices y recovecos distintos que acaba convirtiéndose en una reafirmación del poder femenino. Reynolds Woodcock pasa de ser (o al menos parecer) un sádico modelador de voluntades a abandonarse a un masoquismo que identifica la pérdida absoluta de control con el placer romántico. De esta forma, la figura del maltratador queda metafóricamente castrada por su presunta víctima, que se revela como el verdadero Pigmalión de la historia, destruyendo y recomponiendo su creación a su voluntad.

En otra obra menos rupturista, el tercer vértice de este triángulo mostraría celos ante la intrusa, provocando un subtexto incestuoso que en el fondo negaría la posibilidad de un nexo entre mujeres. El aislamiento social y el enfrentamiento entre los personajes femeninos han sido siempre características perturbadoras del discurso de Hollywood, sobre todo en contraste con sus elogios infinitos hacia la camaradería masculina. En el film de Anderson, en cambio, no hay fricción entre ambas mujeres ni en el momento de la suplantación de roles. Más bien al contrario: se genera un respeto y comprensión entre ellas, incluso un agradecimiento por liberar a la hermana de su maldición, que nos permite acceder al pusilánime que se esconde tras la fachada de fortaleza masculina.



La forma del agua, por su parte, también formaría parte de este enfoque de descomponer la imagen fuerte del hombre y desvelar la valentía y tenacidad de la mujer. El contraste que se establece entre los personajes de Sally Hawkins y Michael Shannon, sus arcos argumentales divergentes, componen un cuadro casi vampírico en tanto que el empoderamiento femenino va succionando cualquier atisbo de autoridad masculina.

Elisa debería ser a priori una criatura débil: una limpiadora de mediana edad, muda, solitaria, con una existencia gris. Sin embargo, Guillermo del Toro nos la presenta de forma completamente distinta. Desde el momento en el que, recién levantada, el director la muestra desnudándose y masturbándose de forma tan prosaica como natural, cada rasgo nuevo que nos muestra de ella compone un personaje con perfecto control sobre su vida, sus emociones y sus sueños. Puede que no los haya cumplido, pero nadie le va a decir que no puede hacerlo. Bajo el caparazón de su discapacidad (una clara metáfora de las mujeres silenciadas por el patriarcado) y su humilde trabajo se esconde una mujer fuerte, valiente y decidida, capaz de enfrentarse al ejército americano por salvar a ese ‘monstruo’ que es el único que ha sido capaz de verla como una persona completa. Aún es más: es ella la que lleva en todo momento la batuta emocional y sexual en la relación con el hombre-pez, demostrando una madurez que no se suele ver en las princesas sin voz.

El proceso por el cual una desposeída toma el control de su destino es opuesto al que sufre Strickland, el prototipo del sueño americano, que vive con una esposa rubia y dos hijos (la parejita) en la casa perfecta, conduce el coche perfecto y siempre cumple en su trabajo. Tiránico y supremacista, convencido de estar por encima de quienes le rodean, su necesidad de control se ve minada una y otra vez: primero en una simbólica castración digital que acabará revelando físicamente su podredumbre interior; más tarde en su incapacidad para aceptar su atracción por Elisa, lo que corrompe su conducta sexual y su estabilidad emocional; y, por supuesto, con su incompetencia a la hora de detener o descubrir el plan de Elisa, lo que le sitúa en una posición de miedo para la cual no tiene otra salida que abandonarse a la ira. En este proceso de destrucción, el ‘hombre del futuro’ se convierte en un hombre de las cavernas, en un simple animal acorralado, todo instinto primario, nada de corazón ni de cerebro.



La rabia es una de las características que definen al personaje de Frances McDormand en Tres anuncios en las afueras, cuya hija fue violada y asesinada por un hombre desconocido al que la policía, 9 meses después, aún no ha atrapado. Prototipo de ‘madre coraje’, la absoluta determinación de Mildred en su plan para sacar las vergüenzas a la policía la lleva a enfrentarse con todo un pueblo. A diferencia de las típicas heroínas de Hollywood, cuyos viajes emocionales suelen incluir un/a amigo/a, hijo/a o interés romántico como forma de verse completas, Mildred es ciega a todo lo que no sea su objetivo final. No hay lugar para amor, amistad, maternidad, simpatía o bondad en su vida. Solo hay dolor, culpa y odio. Y cualquier cosa fuera de ese veneno que le corroe es solo un obstáculo en su camino, por mucho que éste no lleve a ningún lado. Pocas veces se encuentra en el cine comercial un personaje femenino que, sin renunciar a su vulnerabilidad, sea la persona más fuerte de un mundo poblado solamente por hombres.

Pero la visión cínica de Martin McDonagh no es nada complaciente con ella. No lo es con ninguno de sus personajes. Los actos de Mildred provocan una reacción en cadena con tantas consecuencias positivas como negativas. Los carteles sirven para darle esperanzas renovadas, para avanzar en la investigación, pero tanto los anuncios como ella misma provocan un sufrimiento innecesario en personas inocentes. La estrategia ayuda a algunos a examinar su vida y sus decisiones, a cambiar de rumbo, pero a otros les sume en la tragedia o aviva su malestar.

En este sentido, aunque a priori la película parezca ideal para canalizar el discurso actual de frustración y rabia de las mujeres, en realidad no simpatiza totalmente con su causa. No tiene por qué hacerlo, por supuesto. El film no busca hacer un alegato del poder femenino, sino analizar y desmontar los efectos de la violencia en una sociedad dividida, en conflicto con sus propios sentimientos e ideologías. Que la protagonista sea una mujer solo es una herramienta para ponerla en una situación más vulnerable frente a la agresión de la sociedad, haciendo más épico su trayecto. Pero nada tiene que ver con políticas de género (y menos mal, porque a ver cómo encajábamos ahí los otros personajes femeninos, que van de la redneck nazi al florero tonto del bote).



En contraste, si hay algo que define a Lady Bird ante todo es ser una historia femenina. No en vano es la única de las nominadas escrita y dirigida por una mujer, Greta Gerwig, cuyo Óscar puede que no llegue este año, pero no se retrasará mucho más. El film huye de reivindicaciones sociales o políticas, no introduce discursos grandilocuentes ni metáforas argumentales para forzar un mensaje. Pero precisamente por ello, por esa sencillez y honestidad absolutas con las que está enfocada la historia, las emociones que despierta son mucho más cercanas y universales. Lo cual es una forma más efectiva de provocar empatía en el espectador y comunicar la experiencia femenina que, por ejemplo, un monólogo intensito que te cante las cuarenta a la cara.

Pese a los muchos eventos que le suceden a la protagonista durante su último año de instituto, esa época de inseguridad en la que debemos decidir nuestro futuro, la columna vertebral de la historia es la relación materno-filial. Lady Bird es caprichosa, creativa, adorable, llena de sueños que le quedan grandes. Va buscando una identidad de la mejor forma que sabe, reinventándose a cada paso, alejándose de quien realmente es para intentar encajar. La inmensidad de posibilidades que le ofrece el mundo más allá de Sacramento solo consigue frustrarle, porque están fuera de su alcance. Y en este momento de su vida, su madre representa precisamente eso: la imposibilidad de llevar a cabo sus sueños. Es aguafiestas, criticona, tiene un carácter seco y poco imaginativo, siempre le está riñendo y nunca parece estar satisfecha con ninguno de sus logros.

Y sin embargo, el crecimiento personal de Lady Bird durante ese año le lleva por un lado a cumplir sus mayores deseos y por otro a acercarse emocionalmente a su madre, esa mujer que se deja la vida trabajando para que sus hijos consigan llegar a algo en el mundo, que se traga sus sentimientos de tristeza y dolor para que crezcan pensando que son una familia feliz, que sufre cada vez que no consiguen lo que se proponen, que se sacrifica quedando como la mala si eso significa que van a aprender una lección que les haga mejores personas. Es la madre que los más afortunados hemos tenido, pero solo nos damos cuenta de lo que ha hecho por nosotros cuando maduramos y nos encontramos en su situación. Por ello, Lady Bird no es solo una historia de mujeres: es una historia sobre todos nosotros. Ahí radica su belleza.



LAS MUJERES SIN ÓSCAR

La mayoría de los años, la categoría de mejor actriz es una de las más flojas de los premios de la Academia, hasta el punto de que suelen colarse por defecto algunas interpretaciones poco más que correctas. No hay mucho donde elegir porque se hacen pocas películas con protagonistas femeninas. Este año, en cambio, la categoría tiene un nivel increíble y se han quedado fuera actuaciones mejores que muchas de las que han ganado en anteriores ediciones. Al parecer, en la Meca del Cine ya se han dado cuenta de que el éxito de films como La boda de mi mejor amiga o Mad Max: Furia en la carretera tenía un punto en común.

En cuanto a las actuaciones oscarizables que se han quedado fuera, hemos visto a Jessica Chastain manejando ella sola un negocio clandestino de póquer en Molly's Game; a Emma Stone convertida en la tenista Billie Jean King y luchando por los derechos de las mujeres en el deporte (La batalla de los sexos); a Jennifer Lawrence volcándose emocionalmente en la alegoría religiosa de Madre!; a dos revelaciones como Bria Vinaite y Brooklynn Prince, madre e hija viviendo en los barrios pobres que se levantan a la sombra de Disneyworld (The Florida Project); o a Nicole Kidman por partida doble: como institutriz que no va a dejar que una sabandija manche el futuro de sus pupilas (La seducción) y como madre y esposa envuelta en una pesadilla familiar (El sacrificio de un ciervo sagrado).

La que sí ha estado nominada es Margot Robbie por Yo, Tonya, biopic satírico de la patinadora Tonya Harding, que en 1992 fue condenada junto a su marido por contratar a un matón para que le rompiese las piernas a su rival. Aparte de que el recital que da la actriz es un escándalo, el film reinterpreta en clave de víctima la figura de Harding, una de las mayores villanas mediáticas de la cultura americana contemporánea. La cinta entra de lleno en el maltrato físico y psicológico al que se vio sometida la deportista durante toda su vida, tanto por parte de su madre como de su marido. Lejos de un retrato simplista, es la base para acercarnos hacia sus arrebatos de ira, su frustración personal, su necesidad casi patológica de ser la primera en el mundo del patinaje, como si la fama fuese una droga que pudiese suplir sus carencias afectivas. Es la historia de un juguete roto por la sociedad, odiado por el mundo y enterrado en el olvido, como la mayoría de las jovencitas que se acercan a Los Ángeles en busca de una oportunidad.



Entrando en el cine comercial, las tres películas más taquilleras de 2017 en Estados Unidos han estado protagonizadas por mujeres, algo impensable en cualquier otro momento. Y no por el público, sino porque ningún estudio hubiese confiado el futuro de su franquicia a una actriz. Al menos hasta ahora, cuando la saga más popular de la historia está protagonizada por mujeres (Star Wars: Los últimos jedi), los remakes de Disney se basan en sus princesas más celebradas (La bella y la bestia) y los superhéroes por primera vez no llevan un calcetín en la entrepierna, sino un lazo de la verdad y una actitud de amazona intrépida (Wonder Woman).

Un dato: ha pasado más tiempo entre la primera película protagonizada únicamente por una superheroína y Superman (la película que podemos decir que creó el género), que el que pasó entre el estreno de la cinta de Richard Donner y la invasión de Polonia por el ejército de Hitler.

Aparte de las revienta-taquillas, también hemos tenido un puñado de comedias con reparto exclusivamente femenino (Una noche fuera de control, Plan de chicas, Dando la nota 3, El gran desmadre, Descontroladas), adaptaciones de anime con presupuestos desorbitados y Scarlett Johansson (Ghost in the Shell), cintas de acción con Charlize Theron repartiendo estopa como si regalase donettes (Atómica), comedias de terror que sustituyen a Bill Murray por Jessica Rothe y a la marmota por un asesino en serie (Feliz día de tu muerte), o la última entrega de la saga Alien que, como manda la tradición, está liderada por una fémina.

Y por si os parece que este pasado año ha sido una excepción: tan solo este mes, tres de los principales estrenos de cara a la taquilla están protagonizados por mujeres (Gorrión Rojo, Tomb Raider y Perturbada). ¿Estará cambiando Hollywood su forma de ver a las mujeres? Y si es así, ¿estaremos sentando los cimientos de la verdadera igualdad?

 

Fuente: CINeol | Visitada: 1496 veces


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Comentarios (3)

18:55 - 03/03/2018

The Lobo

Es otro grandísimo artículo. No me atrevo casi ni a comentar al respecto porque está muy currado y mi opinión es espontánea, superficial, improvisada y no contrastada. Sobre el gran tema de fondo, yo tengo la leve sospecha de que detrás de este despertar feminista debe haber algo más que mero deseo de igualdad. Ya lo he dicho en otras ocasiones en este mismo foro, pero a mí no se me olvida que el Hollywood luchador, reivindicativo, contestatario, que podrían lapidar a cualquiera ante una mera acusación en Twitter, hace bien poco se ponía en pie para ovacionar a Roman Polanski, que no acudía a recoger su oscar por estar acusado formalmente de violar a una menor. Algo ha ocurrido para que esa Meryl Streep luchadora feminista, hace pocos años diera la cara por un violador, no ya negando las acusaciones, sino justificando el hecho. ¿Qué ha pasado para que de levantarse por Roman Polansky y por Woody Allen, hayan pasado a liderar un movimiento donde casi no hay resquicio para la presunción de inocencia? ¿Por qué hace unos años estar acusado de violación eran "tonterías", y hoy invitar a una chica a un hotel es un acto intolerable que puede destruir la carrera de algunos? ¿Se está preparando el terreno para otra cosa? ¿Se trata de que dentro de pocos años queremos tener una sociedad completamente mentalizada para votar a una mujer que le haga frente a un hombre muy machista? ¿No será que se están usando las legítimas reivindicaciones feministas para que dentro de 3 años gane un determinado partido político, y después nos olvidemos de las mujeres de a pie?

20:39 - 03/03/2018

Damned Martian

Creo que estás entrando en un nivel de conspiranoia bastante gordo. No creo que haya ningún partido político detrás en tanto que es un fenómeno que se está viendo por todo el planeta. Aquí en España también está sucediendo y no queremos a Hillary Clinton.

Por otro lado, también estás eliminando el contexto de algunas situaciones para forzar los argumentos. El caso Polanski, por ejemplo. Había mucha gente en su conta en Hollywood, pero durante la época de El Pianista la víctima había salido perdonándole y aparte la película estaba influida por la propia experiencia del director en la Polonia ocupada por los nazis, lo cual añadía un valor sentimental innegable a su victoria.

Respecto a la connivencia con Weinstein, que le caía bien a poca gente pero tenía demasiado poder, es algo enquistado en el propio sistema desde hace un siglo, y por tanto es muy difícil de contrarrestar individualmente. Mucha gente le temía porque era un gigante en la industria, otra gente que nunca vivió su acoso no se enteró de ello (no todo el mundo en Hollywood se conoce ente sí), y otra gente sí que oía tambores pero prefirió no meterse en jardines que no eran su lucha. E incluso si se odian entre sí, muchas veces están obligados contractualmente a parecer que no ante las cámaras. Si ocurre en todas partes del mundo, ¿cómo no va a ocurrir en un sistema tan endogámico? Si a las víctimas les cuesta contar su historia hasta cuando ha sido un tipo anónimo por la calle, ¿cómo no les va a costar si es un tipo que con un gesto de su dedo puede acabar con tu carrera y la de aquellos que te apoyen?

Aparte de eso, la gente cambia. La gente aprende. No sé tú, pero independientemente de que ahora sea mayor que hace 15 años, también he aprendido a ver ciertas cosas de forma distinta. Cosas que en un principio no les daba importancia y hasta que no he conocido más de las experiencias de otras personas, no he sabido empatizar en su justa medida. Y no estoy hablando solo de las mujeres, también de la pobreza, la delincuencia, las experiencias de otras etnias, etc. Eso es lo bonito de este y otros movimientos: ayuda a abrir la puerta a una comprensión de la otra persona que hasta ahora se había negado en la cultura popular, o se había relegado a la contracultura.

Es cierto que hay un sector de este movimiento tan radicalizado que amenaza con imponer una visión puritana del mundo, no sé si consciente o inconscientemente. Reivindican la libertad de la mujer pero solo dentro de unos parámetros concebidos por ellas/os muy conservadores y rígidos, que por su propia definición hacen exactamente lo mismo que aquellas personas a las que critican. No puedes abogar por que las mujeres estén en control de su cuerpo, y luego criticar a una chica que le gusta el sadomaso explicándole que es una imposición patriarcal, como si tú tuvieses más conocimiento de sus gustos y cómo ha llegado a ellos que ella misma. Eso es ser gilipollas. Pero también lo son los que cada vez que hay una violación en uan fiesta lo atribuyen a que la muchacha iba ligera de ropa, como si por llevar escote le estuviesen cogiendo al tío de la polla y metiéndosela hasta el útero. A ver si es que ahora se requiere de una capacidad sobrehumana para no violar a alguien.

En fin, quitando ese cretinismo extremista de ambos lados, bienvenida sea esta toma de conciencia. A ver si se separa la paja del grano, que mira que habrá mierda debajo de la alfombra que todavía tiene que salir.

22:45 - 03/03/2018

The Lobo

No creo que haya ningún partido político detrás en tanto que es un fenómeno que se está viendo por todo el planeta. Aquí en España también está sucediendo y no queremos a Hillary Clinton.


Yo sí creo que tras el fracaso de Hillary, el "Hollywood demócrata" está asentando las bases para una confrontación contra Trump. Si hasta ya se ha barajado la posibilidad de que sea la misma Oprah quien se enfrente al hombre machista blanco que ocupa actualmente la Casa Blanca. No me parece tampoco que sea paranoia mía imaginar que las élites de Hollywood influyen en la política y viceversa cuando hemos visto a todas las actrices hacer campaña por Hillary, y hasta el propio Weinstein hacía galas para recaudar fondos para Obama, y cómo bien describes en tus artículos, Weinstein no era un tipo que fuera por ahí haciendo favores para no obtener nada a cambio.

Lo que está sucediendo por todo el planeta es que las reivindicaciones feministas están siendo usadas como caballo de Troya para introducir ideas anticapitalistas en la sociedad occidental que no serían aceptadas en otras circunstancias o si vinieran desde otros ámbitos. Aquí en España hay convocada una huelga feminista para dentro de pocos días, que en principio sólo pretende la igualdad de hombres y mujeres. Pero cuando lees las convocatorias y de dónde vienen, te encuentras con declaraciones de que "la huelga es además contra el capitalismo y la hegemonía de la derecha, porque sería contradictorio pedir igualdad sin pedir también la erradicación de los sistemas políticos que fomentan la desigualdad". Por tanto, a lo que estamos asistiendo es a una "primavera anticapitalista" en todo el mundo, que usa el feminismo como punta de lanza, incluso en entornos tan pijos y privilegiados como Hollywood.

Tampoco coincido en que el contexto favoreciera la defensa de Polansky, o que ahora haya actrices que son más agresivas porque se han concienciado. Meryl Streep no es una jovenzuela salida del huevo. Meryl Streep ha sido siempre feminista, desde su juventud, y conforme ha ido creciendo profesionalmente ha ido disculpando a determinados individuos, véase Polansky, véase Woody Allen, a sabiendas de lo que habían hecho, simplemente porque le interesaba. Y cuando la prensa le preguntaba específicamente por lo de la violación de Polansky, no es que ella pensara que Polansky era inocente (que puede ser una opción respetable), es que directamente no le parecía tan grave.
O si no, podemos hablar de Scarlett Johanson, una señora que aún defiende perfectamente a Woody Allen (cuando sería muy fácil criticarlo en el momento actual), mientras en un discurso público es capaz de destrozar a su compañero James Franco que no ha sido formalmente acusado de nada.

Yo no soy un troglodita, si se trata de igualdad bienvenida sea. Si se trata de señalar de una vez a los cerdos acosadores, bienvenido sea. Pero no encuentro la misma coherencia en todas las personas que están siendo protagonistas en estos asuntos. No me parece que la actitud de gente ya mencionada como Meryl Streep, o Scarlett Johansson, sea la misma que la de mujeres como Umma Thurman, que han sido completamente coherentes y que ahora están en condiciones de demostrar cosas que antes nadie hubiera creído.


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