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Seminciando 2010: Argentina a escena

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José Hernández, 29/10/2010
El festival va llegando a su fin. Las estrellas escasean para lanzar su última traca en la gala de clausura, el jurado irá preparando sus decisiones para procurar contentar a todos en algunos aspectos y cabrearlos en al menos una de sus decisiones, los restaurantes miran al último fin de semana con esperanza y Las Patatas de Blas sigue tan barato y con tan buen trato como siempre. Pero como aquí venimos a hablar de cine, no de gastronomía ni fritanga, la entrega de hoy estará dedicada a cine de tan diversa procedencia como calidad.

Comenzando por la sección Punto de Encuentro, nos encontramos con dos éxitos entre el público, posiblemente las dos películas que se van a disputar este premio, aunque en un caso será mucho más justo que en el otro. Recién salido de la sala de verla entre una barahúnda de adolescentes que posiblemente hayan acudido como asignación de su instituto, los chavales han disfrutado de lo lindo de Ceux qui Aiment la France, debut en la dirección de la actriz Ariane Ascaride. La película se centra en Amina, una niña de origen argelino que vive en Marsella con sus padres indocumentados, y que adora tanto el país que rechaza a los propios musulmanes con los que vive. La cinta está claramente dirigida a los jóvenes y las familias, su tono es ligero y busca ser entrañable, y encima está el hecho de estar centrado en niños y sus tiernos comportamientos, con lo que es un arma segura para conquistar al público. Ahora bien, la película es cutre. Muy cutre. Su puesta en escena es tan barata, y sus intentos de poesía son tan cursis y torpes, que a ratos parece que está rodada por la propia niña protagonista, no por una adulta con (se supone) ideas expresivas maduras. Tampoco su guión consigue explotar ninguna de las ideas de su prometedor planteamiento: ni transmite el drama de los inmigrantes, ni se adentra en esta mentalidad contradictoria de la niña, de rechazo a sus propios compatriotas. Se queda en la superficie de ambos temas, los toca de manera tan amena como intrascendente. Los poco exigentes se podrán entretener con ella, y para los pre-púberes quizá sea una buena introducción a estos asuntos, pero para el resto se queda en un pastelito sin mayor interés.

Mucho mejor es la estadounidense Obselidia, una tragicomedia indie sobre un bibliotecario que escribe una enciclopedia de objetos obsoletos y entabla una amistad con la proyeccionista de un cine de películas mudas. Su factura visual tampoco es muy profesional, y en algunos momentos peca incluso de ingenua, pero lo compensa con una magia narrativa que recuerda al asombro de un niño que comienza a descubrir el mundo. La cinta reflexiona sobre el lugar del hombre en el mundo, sobre la fragilidad del tiempo que nos toca vivir y sobre la nostalgia que sentimos por las cosas que hemos perdido, sobre la vida y sobre la muerte, y sobre la capacidad de vivir ante la certeza de la muerte o la extinción. Pero además de eso, el motivo principal por el que ha obtenido tantos seguidores es porque es una bonita historia de amor entre dos personajes peculiares y obsoletos en el mundo moderno y ultratecnológico, completamente ausente del relato compuesto por Diane Bell, lo que dota a la historia de una mirada dulce y sensible. Su mensaje es claro: el amor nunca estará obsoleto mientras alguien sienta pasión por alguna cosa, por alguna persona, por alguna idea; mientras sigamos necesitando a los demás para mantener la esperanza. Frente al nihilismo, las ganas de vivir. Frente a la soledad, la valentía.

Por su parte, dentro de la Sección Oficial se pudieron ver tres cintas que al menos no están centradas en la familia, al menos no exclusivamente. Una película que sospecho se llevará algún premio del jurado, aunque ha sido recibida con cierta indiferencia tanto por público como por crítica, es Beyond the Steppes. El filme cuenta la epopeya de una mujer polaca, que durante la Segunda Guerra Mundial es deportada junto a muchas otras a los campos de trabajo de Siberia. Vanja d'Alcantara adopta un tono de western reposado, en donde el escenario cobra especial importancia mediante tomas largas y planos generales, ayudada por una fotografía soberbia. Sin embargo, lo que cuenta no es nada novedoso ni tiene una profundidad destacable. Las mujeres trabajan por el día y son pobres por la noche, y no hay mucho más que contar. Hasta cuando intenta introducir otros elementos en el relato para que no sean 90 minutos de lo mismo una y otra vez, el desarrollo de lo que plantea es previsible y no aporta gran cosa a lo ya visto. Es una película a la que le falta la profundidad psicológica o temática para sostener su ritmo lento y sus largos silencios. La parte emocional de la historia la carga enteramente sobre sus hombros la actriz Agnieszka Grochowska, que con su mirada consigue ese poder expresivo que la directora es incapaz de transmitir de otra forma. Su magnífica interpretación es otra seria candidata a la Espiga de Plata, en la que se está revelando como una edición de mujeres. El premio a mejor actriz estará muy reñido, porque con ella ya son al menos cinco actrices con posibilidades, frente a dos o tres hombres si abrimos un poco la mano.

Uno de estos hombres que podrían tener posibilidades antes tan magro repertorio es Leonardo Sbaraglia, que demuestra una vez más su buen hacer en la hispano-argentina Sin Retorno. Se trata de un drama sólido e inteligente sobre un hombre inocente acusado de homicidio por un atropello que él no cometió, mientras el culpable intenta eliminar las pruebas y lucha contra sus remordimientos. Miguel Cohan define y desarrolla a la perfección los personajes, que son los que mueven una trama que consigue enganchar desde el primer momento, y que ataca al sistema judicial al tiempo que analiza psicológicamente a los implicados en el incidente desde un prisma lleno de matices. El tramo final baja un poco el ritmo, porque la conclusión elegida para la historia no es la más efectiva, pero el conjunto es muy bueno. Eso sí, para conseguir ese punto de excelencia que le falta debería haberse detenido en el juicio en sí, que soslaya mediante una elipsis, ya que ello le habría permitido añadir complejidad temática al relato desarrollando su crítica a los medios de comunicación, que queda relegada a un tercer plano, así como potenciar la sensación de impotencia kafkiana que ya padece el personaje de Sbaraglia ante esta pesadilla.

La otra película de la Sección Oficial también es argentina, pero ni de lejos llega a su nivel. De hecho, es lo peor que se ha podido ver en esta sección, e incluso la calificaría de impropia de ser seleccionada. La cinta en cuestión es El Mural, un mediocre drama histórico con factura de telefilme cuyo verdadero lugar está en las tardes de fin de semana de Antena 3. Héctor Olivera ni siquiera sabe qué historia quiere contar: si la del pintor Siqueiros, activista político que trabaja en un mural para un potentado burgués; si en dicho potentado, director del periódico Crítica, uno de los más influyentes en aquella época (años 30); si en alguna de las esposas de ambos, que tienen un juego del gato y el ratón, la una seduciendo a ambos, la otra demostrando que está loca… En fin, que la película va saltando de forma caótica entre subtramas y personajes sin una fluidez narrativa sólida, sin que ninguna de las ramas de su árbol alcance un desarrollo significativo, ni emocional, ni intelectual, ni nada. Podría haber sido una cinta sobre el arte, sobre la revolución proletaria, sobre el arte como manifestación política, sobre la influencia de los medios de comunicación sobre la opinión pública, sobre el ascenso de las dictaduras fascistas en el mundo, sobre la pasión amorosa… Tantas posibilidades, y lo que consigue el director es una cinta vacía, una colección de escenas rodadas de manera muy pobre y sin ningún foco narrativo. Tampoco ayuda la afectada interpretación de Bruno Bichir, que parece que ha estudiado al detalle los discursos de Siqueiros para preparar su papel, y actúa todo el tiempo con los manierismos y la declamación de un político en la tribuna, lo que queda especialmente ridículo cuando está en una conversación íntima a puerta cerrada con otro personaje.
Mañana será el gran día. Por un lado, escribiré la última crónica, ya desde Murcia, en la que esperemos que pueda incluir la taiwanesa Fourth Portrait, cuya copia ha sufrido numerosos problemas en aduanas, aunque parece que mientras escribo estas líneas ya ha llegado a Valladolid. Además, se dará a conocer el palmarés, que esperemos que sea justo con el excelente nivel exhibido en esta edición.