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Diario de Sitges 2013, Día 6: Filosofía vampírica

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José Hernández, 18/10/2013

Este es mi último día en Sitges. Escribo estas líneas desde la habitación de mi hotel, con el aire acondicionado conectado, con la ventana abierta, sin camiseta, con una botella de agua al lado. Si alguien me escucha, si alguien me lee, puede que ya sea demasiado tarde, pero, ¿podrían desconectar un ratito el bochorno? Lo dice alguien que llega desde Murcia, que conoce bien lo que es sudar dos minutos después de darse una ducha fría. Pero es que eso de que te piquen los mosquitos en el norte de España a 18 de octubre, y que tengas que subir las cuestas empinadas de acceso al Auditori con casi 30 grados de temperatura no es agradable. Esto es un horno, señores, y nosotros vamos corriendo de sala en sala como pollos asados dando vueltas para dorarse bien por todos lados. Terror en su jugo. O mejor dicho, porque terror ha habido poco en esta edición del festival, fantástico en su jugo.

La mejor prueba de lo floja y escasa que ha sido la oferta de terror este año está en la nefasta GALLOWS HILL (), que es posiblemente lo peor que se ha proyectado durante estos días. Es tan mala que dudo mucho de que haya necesidad de escribir largo y tendido sobre ella, pero en fin, habrá que llenar espacio entre imagen e imagen. La trama nos presenta a un padre americano que viaja a Colombia con su prometida para darle a su hija la noticia de que se va a casar. Una excusa para emprender un viaje hacia Medellín con ambas chicas, la tía de la hija y su novio, en busca de blabla, resulta que para ir a la capital del país no hay autovía, sino que hay que atravesar una zona montañosa por comarcal, se pierden, acaban en una casa misteriosa donde hay un hombre siniestro que tiene encerrada a una niña, y a partir de ahí pasa exactamente todo lo que uno se puede esperar, con los mismos diálogos manidos y tontos que hemos visto mil veces, el mismo desarrollo ilógico de los acontecimientos, la misma puesta en escena inerte y telefilmera, los mismos sustos de golpe súbito de música cuando un personaje mira en un espejo o se da la vuelta (pero todos, como 50 o 60 sustos de estos, hasta en los momentos más estúpidos), y los típicos momentos en los que el aburrimiento deja paso a la comedia involuntaria. Porque la película se toma tan en serio a sí misma que no hay otra forma de tomarse la cantidad de mierda que pasa por la pantalla, desde ver a un tipo mirar unas frases escritas en la pared y decir “esto es algún tipo de lenguaje”, hasta unos títulos de crédito tan copiados de Seven que casi aparece una imagen de Kevin Spacey, pasando por huecos de guion como una chica que se queda encerrada con llave en una habitación y dos minutos después, sin que haya ocurrido nada ni la haya ido a buscar nadie, regresa con los demás como si tal cosa, evidenciando que ni el guionista se acuerda de qué hace con los personajes porque va con el piloto automático y juntando escenas de otras cintas. Una absoluta bazofia sin gracia, sin tensión, con actores patéticos, con un ritmo que dan ganas de ahorcarse, con un trabajo tras la cámara que podría haberlo hecho un mono en bicicleta y con un final escrito por una lagartija con tutú. Lamentable, auténticamente lamentable.

En comparación con esta cinta, la blandita THE PHILOSOPHERS () casi parece una obra maestra. La idea de partida tiene mucho potencial: un profesor de filosofía les plantea un dilema a sus alumnos: tienen que elegir en función a unas características elegidas al azar y a su propia personalidad quiénes de ellos entrarían en un búnquer si se produjese un cataclismo atómico mundial, quedando encargados de repoblar la Tierra tras un año encerrados. Sin embargo, al tratarse de chavales de instituto, el acercamiento que adopta el filme es básicamente el de una película juvenil, una especie de versión cinematográfica de El Mundo de Sofía o Ética Para Amador, esos libros que parecen densos y cargados de ideas inteligentes y estimulantes cuando uno tiene 14 años, pero que cuando madura y lleva ya cierto bagaje en su cuerpo son ciertamente superficiales, simples, con algunos errores en su discurso, obviando algunos matices, aristas e implicaciones divergentes de los temas que trata. A la película le pasa un poco lo mismo, con el problema añadido de que, al ser un producto con espíritu de entretenimiento, también tiene que supeditar el desarrollo de algunos temas a los conflictos entre los personajes, que siendo unos adolescentes, tampoco es que tengan una vida muy compleja y apasionante. El resultado es una cinta correcta, que funciona bastante bien dentro de sus limitaciones durante sus primeros dos actos, pero que se desmonta por completo en el último por dos cosas: la tercera versión del ejercicio cae en la cursilería más absoluta e impide llevar la idea planteada más allá; y el epílogo se alarga durante unos 10 minutos que parecen pertenecer a otra obra totalmente distinta, tediosa y estática cuando hasta entonces había tenido un ritmo vibrante, y solo marginalmente necesaria.

Si la cobardía al tratar temas morales es la tónica en el anterior filme, en la divertidísima BIG BAD WOLVES () ocurre lo opuesto. Se trata de una brutal comedia negra en la que un padre y un policía secuestran a un presunto pederasta con la intención de torturarle hasta que desvele dónde ha escondido la cabeza de la hija asesinada del primero. No tienen pruebas concluyentes de que él haya sido el responsable, pero eso no les detiene en su intento de sacarle la verdad. Ayer ya comentaba en relación a Cheap Thrills que lo más complicado a la hora de realizar una película de este tipo es saber controlar en todo momento el tono del relato, equilibrando al mismo tiempo los momentos más salvajes con el sentido del humor retorcido, sin quitar seriedad a los primeros ni convertir el segundo en un recurso inadecuado y contraproducente para la historia. Aharon Keshales y Navot Papushado saldan la papeleta con nota, no solo por su poderoso sentido estético, sino por la soltura con la que nadan a dos aguas, empleando continuas disgresiones hacia el absurdo que sirven para partirse de risa tanto como para resaltar la brutalidad de la situación y las muchas complicaciones morales y humanas que surgen de la tortura como método de interrogatorio. No es un asunto baladí o abstracto para los realizadores: la historia nace en un contexto determinado cuyos matices impregnan todo el filme. La obra funciona como terapia de choque y análisis crítico de la situación sociopolítica de Israel, el conflicto con Palestina y la historia reciente de crueldad institucional de este país, en el que los pastores también se han convertido en lobos. Pero el filme es entretenido, ingenioso y tronchante incluso si uno no quiere ver sus aspectos alegóricos, gracias a un guion perfectamente elaborado y a un trabajo narrativo sobresaliente. No es extraño que Quentin Tarantino la haya calificado como lo mejor del año, ni que la recepción en el festival haya sido tan positiva que se postula como otra de las grandes favoritas a llevarse algún premio.

Otro filme potente si el jurado se decide por algo más conceptual y con vocación de arte es ONLY LOVERS LEFT ALIVE (), de uno de los pesos pesados del cine de autor, Jim Jarmusch. El argumento se centra en dos vampiros milenarios que viven la historia de amor definitiva, eterna, capaz de superar el tiempo y la distancia. Bueno, realmente no hay mucho argumento per sé, como es habitual en la obra de este director, pero sí que hay miga que rascar en esta película de una elegancia formal a prueba de bombas, con una poesía narrativa que conjuga imágenes poderosas, música envolvente y evocadora, y un ritmo tan lento como preciso e hipnótico. Jarmusch emplea el vampirismo como macguffin para confeccionar una fábula hermosa, romántica y terrible sobre la vida (Tilda Swinton y su visión de futuro, su extroversión, su amor por la literatura como creación) y la muerte (Tom Hiddleston rodeado de arcaicos símbolos del pasado, oculto al mundo, apasionado de la música fúnebre y oscura). Sus dos protagonistas son de esta forma iconos del yin y el yan cuyo orden natural está en perfecto equilibrio gracias a la sabiduría de Dios (un John Hurt vetusto que transmite serenidad) y a la energía del ser humano (un Anton Yelchin que respira ilusión y sentido de la maravilla, y que ignora la vida por culpa de su fascinación por la muerte). Sin embargo, en sus vidas entra la entropía, el caos fundamental de la existencia (Mia Wasikowska, dando cuerpo y desquiciada sonrisa a los siete pecados capitales), cuya intervención inevitable destruye la balanza y provoca el desmoronamiento del sistema, la desaparición de los lastres que mantenían atados y adocenados a las dos fuerzas más poderosas de la naturaleza. La sociedad decadente y estática se ve obligada así a volver a los instintos primarios. A través de la destrucción se produce una renovación, se construye un nuevo orden cimentado en el único elemento que el caos es incapaz de penetrar o arañar: el amor. A buen seguro, el cursi que se inventó la frase de “el amor lo conquista todo” nunca podría haber concebido una forma más elegante, sutil, inteligente, emotiva e incluso graciosa de transmitir esa idea, que en este filme cobra su sentido definitivo.

Pero si hablamos del poder del cine para servir de instrumento de transmisión de ideas y emociones a los creadores, es imposible no rendirse ante el documental JODOROWSKY'S DUNE (), que relata el proceso de creación de la película más bella, ambiciosa, revolucionaria y profética que nunca llegó a rodarse. Como todo buen cinéfilo o friki de la ciencia ficción sabrá, años antes de que David Lynch convirtiese la novela Dune de Frank Herbert en una película denostada en general, pero con un grupo de seguidores de culto, el chileno Alejandro Jodorowsky intentó rodar su propia versión, pero acabó cancelando el proyecto ante la falta de financiación por parte de los grandes estudios de la épica superproducción que había concebido. Este filme hace un recorrido por la preproducción del proyecto, desde el guion hasta el diseño de vestuario, efectos y decorados por parte de gigantes como H.R. Giger y Dan O'Bannon, pasando por la concepción de las escenas más arriesgadas o el delirante pero increíble reparto que fue reuniendo el peculiar Jodorowsky, que incluía nombres como Salvador Dalí, David Carradine, Orson Welles o el propio hijo del artista, cuyas intervenciones en el filme resultan al mismo tiempo hilarantes, enriquecedoras y delirantes, con un puntito de esa pedantería new age que tanto ha cultivado en numerosas plataformas. La película habla directamente al corazón de los cinéfilos y posee un gran valor histórico, pero además resulta hasta poética en su forma de tratar este proyecto que quedó en el limbo, mostrando cómo el trabajo realizado ha influido de forma decisiva en algunas de las obras capitales del género y, de alguna forma, aunque no haya visto la luz, ha marcado un antes y un después en el Séptimo Arte. Es una maravillosa historia sobre el alcance de los sueños, incluso los que no llegan a realizarse, y el poder de la imaginación para cambiar el mundo.
Mañana será un artículo cargado de nostalgia por estar escrito lejos de Sitges, con una mirada que tendrá algo de irremisible tristeza, aunque el señor James Wan ha hecho todo lo posible por convertirla en nervios y tembleque de manos. Otra vez. Maldita sea, cómo voy a echar de menos este festival y cómo vamos a echar todos de menos lo que este buen hombre tiene todavía que ofrecer al género.
@DamnedMartian