ZINEMALDIA 2026. Los vínculos que heredamos
Ayer hablábamos de la inauguración de la Sección Oficial y de cómo Ghost Song nos había dejado más imágenes que huella. Horas después, mientras el festival daba oficialmente el pistoletazo de salida, el Kursaal acogía la gala de inauguración y la entrega del primer Premio Donostia de esta 74ª edición a Werner Herzog, de manos de Orlando Bloom, protagonista de su última película, Bucking Fastard.
Herzog recibió una larga ovación y aprovechó el momento para recordar su conexión con el País Vasco desde el rodaje de Aguirre, la cólera de Dios, además de evocar La cueva de los sueños olvidados y aquella sensación de encontrarse cerca de quienes realizaron las pinturas rupestres miles de años atrás. Un reconocimiento a una carrera construida durante seis décadas a base de explorar los límites del cine y de mantener siempre una mirada propia y difícil de encasillar.
Pero mientras Herzog recibía su merecido homenaje, nosotros ya habíamos podido disfrutar de las primeras películas de New Directors y Horizontes Latinos, dos secciones que, curiosamente, comenzaban su andadura en Donosti con dos historias en las que las relaciones familiares, especialmente las de padres, madres e hijos, tienen un peso fundamental.

El mal hijo, una infancia mal calibrada
Jaime Lorente, conocido mundialmente por interpretar a Denver en La Casa de Papel, se coloca por primera vez detrás de las cámaras con El mal hijo, adaptación de la novela homónima de Salvador S. Molina. La película nos lleva hasta la huerta murciana para contarnos la historia de Rubén, un niño de once años que, tras la desaparición de su padre, acaba viviendo con una abuela a la que apenas conoce.
A partir de ahí, Lorente construye una historia sobre las heridas familiares que pasan de generación en generación y la posibilidad de romper con ellas, utilizando la relación entre abuela y nieto como eje de una película íntima, contenida y construida alrededor de muchos silencios.
En el coloquio posterior a la proyección, el propio Lorente explicaba que junto a su director de fotografía habían decidido contar la película de la manera más sencilla posible, utilizando únicamente los elementos necesarios y huyendo de artificios. Y esa decisión se nota. Es una película de silencios, de personajes que no saben decirse “te quiero” y de sentimientos que se expresan mucho más a través de una mirada que de un diálogo.
Para ser una primera película, Lorente demuestra una sorprendente capacidad para construir imágenes potentes y situaciones dramáticas desde la sencillez. También ha sabido rodearse de un reparto que aporta mucha verdad a sus personajes: Miguel Ángel Puro, Susi Sánchez, Hugo Arbués, Óscar de la Fuente y Abel de la Fuente. Algo que, como explicaba el equipo, también nace del tiempo dedicado a ensayar y a construir las relaciones entre ellos antes de rodar.
La película, sin embargo, tiene tres partes bastante diferenciadas y es precisamente en la segunda donde aparecen más las costuras de la ópera prima. La incorporación de determinados elementos de thriller y de situaciones más conflictivas, con armas y personajes de moralidad dudosa, parece una manera demasiado recurrente de intentar potenciar el drama. Un recurso que hemos visto en muchas primeras películas y que aquí rompe ligeramente con la naturalidad que había conseguido construir Lorente.
Aun así, el director consigue salir airoso de ese tramo y encuentra una salida coherente para sus personajes. Porque, en el fondo, El mal hijo habla de algo bastante sencillo: por mucho que la vida nos haya golpeado y por mucho daño que hayamos heredado, siempre existe la posibilidad de intentar romper el círculo.
Y ahí está probablemente el mensaje más claro de la película: el amor como única posibilidad de redención
Siempre soy tu animal materno
Si El mal hijo hablaba de aquello que heredamos de nuestros padres, Siempre soy tu animal materno se adentra en un territorio parecido desde una perspectiva mucho más caótica. Valentina Maurel inaugura Horizontes Latinos con su segunda película después de Tengo sueños eléctricos, cinta con la que ganó precisamente el Premio Horizontes en 2022.
Tras varios años estudiando en Europa, Elsa regresa a Costa Rica y se encuentra con una familia completamente dividida. Su hermana pequeña vive prácticamente aislada en la casa familiar, mientras sus padres están demasiado ocupados con sus propios problemas: él encadenando aventuras amorosas y ella centrada en la reedición de los poemas eróticos de su juventud. Tres mujeres, una familia y una incapacidad casi absoluta para comunicarse.
Maurel vuelve a hablar de esos personajes imperfectos que ya estaban presentes en su anterior película y construye una historia sobre los vínculos familiares, los sueños que se quedaron por el camino y todas aquellas cosas que no queremos —o no sabemos— ver de las personas que tenemos más cerca.
La película juega además constantemente con nuestros propios prejuicios. Unas gafas de sol y un ojo morado no tienen por qué significar violencia. La apariencia de una persona tampoco determina quién es ni qué problemas puede tener. A veces las cosas que están mal no son las que vemos, sino precisamente aquellas que preferimos no mirar.
Todo ello está contado desde una puesta en escena deliberadamente caótica, casi tan desorientada como sus protagonistas, y sostenido por el magnífico trabajo de Daniela Marín, Mariangel Villegas y Marina de Tavira, que recibieron conjuntamente el premio a la mejor interpretación femenina en Un Certain Regard de Cannes por esta película.
Pocos reparos se le pueden poner a una película que es coherente con aquello que quiere contar y que sabe perfectamente cómo quiere hacerlo, aunque el destino al que nos conduce nunca termine de estar del todo definido.
Pero quizá ahí esté precisamente su mayor virtud. Porque, como sucede muchas veces en la vida, no siempre importa tanto saber dónde vamos a llegar como entender el camino que nos ha llevado hasta allí.
Escrito por
Professional Film Enthusiast. Redactor en @CINeol. Dicen que fuera de una sala de cine hay vida, pero yo creo que mienten!