Cannes 2026, día 9: Vive la France (y Bélgica)
Como siempre, Francia llegó a la Croisette con varias producciones y coproducciones en competición y en la crónica de hoy vamos a hacer un balance de tres de ellas. El resultado es tan desigual como ilustrativo de lo variado del cine galo.

Arthur Harari llegaba a su primera competición con las expectativas altas. Diamant noir y Onoda le habían convertido en una de las voces más interesantes del cine francés contemporáneo y su trabajo como co-guionista de Anatomía de una caída terminó de situar su nombre en el mapa internacional. L'inconnue es una propuesta ambiciosa: un body-swap fantástico en el que David (Niels Schneider), fotógrafo introvertido y solitario, despierta una mañana en el cuerpo de una mujer desconocida (Léa Seydoux) tras una noche de sexo casual y empieza a buscarla desde dentro de su propia piel.
El problema no son las ideas sino su ejecución. La película es ensimismada de una manera que acaba por volverse en su contra. Hay vueltas de guión que no aportan nada al conjunto y parecen estar ahí únicamente para incomodar al espectador. Seydoux y Schneider están algo desaprovechados, lo que contrasta con la subtrama protagonizada por Radu Jude —sí, el director rumano que unos días antes nos había convencido en la Quincena— y Lilith Grasmug, más entonados y más vivos. Que los secundarios funcionen mejor que los protagonistas no hace sino confirmar que la trama principal tiene algún que otro problema de fondo. El conjunto, para todos los giros a los que asistimos, resulta sorprendentemente plano.
Drama algo desigual que nos devuelve, eso sí, la mejor versión de Adèle Exarchopoulos: entonadísima en la forma de abordar a Garance, actriz en precario y alcohólica que arrastra ocho años de su vida entre trabajos esporádicos, noches largas y la dificultad de reconocerse en lo que se está convirtiendo. La película tiene también una subtrama de despertar sexual —Garance se enamora de Pauline, interpretada con calma y solidez por Sara Giraudeau— que añade capas sin restarle claridad al conjunto.
Lo que se le puede cuestionar a Jeanne Herry es una cierta ligereza en el retrato del alcoholismo. En su afán por huir del sensacionalismo, la directora pasa demasiado de puntilla por muchas de las derivadas más duras de la adicción de su personaje. Bien rodada y con una protagonista que lo da todo, Garance descuida los personajes secundarios —algo planos— y el conjunto no acaba de convencer del todo. Exarchopoulos merece más película de la que tiene.

De las tres, la que sabe con más claridad qué nos quiere contar. Emmanuel Marre —que debutó con Generación Low Cost y que aquí se pone ante una historia absolutamente personal— lleva a la competición un retrato del colaboracionismo en la Francia de Pétain a través de Henri Marre: un hombre que a los cuarenta y nueve años que en septiembre de 1940 llega a Vichy. Sin dinero ni contactos pero con el convencimiento de que el nuevo régimen es la oportunidad que siempre mereció. Swann Arlaud está más que bien como alguien que se cree capaz de manejar las corrientes para que discurran a su favor. Lo que Marre muestra es cómo ese autoengaño tiene un precio que Henri va pagando sin darse cuenta.
La película se basa en las cartas que intercambiaron los abuelos del director, leídas por una voz en off que enriquece en los primeros compases pero acaba volviéndose algo repetitiva. Llama la atención el curioso uso de la banda sonora, que sorprende para bien, así como la manera en que la cámara busca constantemente el acercamiento a Arlaud incluso cuando no es el protagonista de la escena —un gesto que dice mucho sobre cómo Marre entiende el punto de vista. El conjunto no desentona y, aunque la película se alarga de más, es la más lograda de las tres. No es poco.
Escrito por
Fincheriana (en plena crisis de identidad) replicante de la familia Corleone.
