Seguimos con El Doctor Frankenstein (1931), de James Whale. En los créditos iniciales, el actor que daba vida a la criatura aparecía como un simple signo de interrogación. Era Boris Karloff, y aquel papel lo convertiría en leyenda. Bela Lugosi estuvo a punto de protagonizarla, pero el proyecto cambió de manos y Whale buscó otro rostro. Una decisión que cambió la historia del cine de terror.
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Jack Pierce se encargó del maquillaje: la cabeza plana, los tornillos en el cuello, los párpados caídos. Karloff hizo el resto casi sin decir una palabra, solo con la mirada y unos andares torpes que hoy cualquiera reconoce. Casi un siglo después, seguimos imaginando así al monstruo, y pocas imágenes del cine han sido tan copiadas, parodiadas y homenajeadas.
Whale no quiso un monstruo sin más, sino una criatura que diera pena: no pidió nacer, no entiende el mundo y responde con miedo a quien le teme. La escena del lago con una niña lo resume todo, y por eso la censura la cortó durante décadas. Cuatro años después llegó La novia de Frankenstein, que muchos consideran aún mejor. ¿Os quedáis con la original o con la secuela? Con Frankenstein cerramos los orígenes del terror. En la siguiente recomendación daremos un salto en el tiempo.