Desde que sorprendiera al mundo del cine de género con Kill List, Ben Wheatley se ha convertido en uno de esos directores imposibles de encasillar. Terror folk, sátira social, ciencia ficción, adaptaciones literarias o tiburones gigantes: el británico ha transitado por todo tipo de registros sin perder nunca una personalidad reconocible. En Normal vuelve a demostrar que, cuando se trata de combinar humor negro, violencia y una saludable dosis de absurdo, sigue siendo uno de los cineastas más interesantes de su generación.

También resulta difícil no admirar la segunda vida cinematográfica de Bob Odenkirk. Tras décadas asociado principalmente a la comedia y, sobre todo, a su inolvidable Saul Goodman, el actor ha encontrado en el cine de acción un terreno inesperadamente cómodo. Aquí interpreta a un sheriff provisional que llega al aparentemente tranquilo pueblo de Normal, Minnesota, en una historia escrita por Derek Kolstad, creador de John Wick y responsable también de Nobody, la película que confirmó que Odenkirk podía repartir puñetazos con la misma convicción con la que lanzaba discursos legales imposibles. Ambos ejercen además como productores junto a Marc Provissiero, reforzando la sensación de que Normal comparte ADN con aquella divertida sorpresa de 2021.
El inicio es probablemente el tramo más irregular de la película. La llegada del protagonista al pueblo y la presentación de sus peculiares habitantes tardan algo en encontrar el tono adecuado, como si el film dudara entre la comedia costumbrista y el thriller criminal. Sin embargo, una vez superado ese arranque, Wheatley pisa el acelerador y la película encuentra por fin su verdadera identidad.
A partir de ahí, Normal se convierte en una celebración del caos. Los tiroteos se multiplican, los cadáveres empiezan a acumularse y las escenas de acción se suceden con una energía contagiosa y un sentido del humor que impide tomarse nada demasiado en serio. Wheatley demuestra una vez más que sabe cómo filmar la violencia de manera espectacular sin perder de vista el componente lúdico de la propuesta.
Puede que Normal no esté entre las obras más memorables de su director, pero tampoco parece tener interés en serlo. Su objetivo es mucho más sencillo: ofrecer diversión desenfadada, personajes carismáticos y acción generosa. Y en ese terreno cumple sobradamente.
Porque a veces el cine no necesita reinventar nada. A veces basta con un gran director, un Bob Odenkirk en plena forma y una buena cantidad de balas para recordar que el entretenimiento puro también tiene su lugar. Y Normal lo reivindica con una sonrisa y el dedo apretado contra el gatillo.