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La Grazia

'Sorrentino vuelve a ser Sorrentino'

He de decirlo desde el principio: tengo debilidad por Paolo Sorrentino. Si tuviera que elegir una película favorita de mi vida, probablemente sería La gran belleza. El impacto que tuvo en mí fue tan grande que terminé yendo a Roma vestido como Jep Gambardella. Desde entonces, cuando pienso en la ciudad, ya no la asocio ni a Vacaciones en Roma ni a La dolce vita, sino a esos paseos nocturnos, a esos silencios y a esa melancolía elegante que solo Sorrentino sabe capturar.



Eso es lo que tiene su cine: te atraviesa y se queda contigo. Me pasa también con sus series sobre el Papa —The Young Pope y The New Pope— donde ya no puedo pensar en esa figura sin ver a Jude Law. Sorrentino tiene esa capacidad de apropiarse de los imaginarios.

En La gracia, vuelve a demostrar que es un autor inagotable. Un director que no entiende el cine desde la comodidad, sino desde el exceso, desde el riesgo, desde esa idea tan suya de que no tiene sentido hacer un plano mediocre cuando puedes hacerlo memorable. Aquí vuelve a hablar del paso del tiempo, de la vejez, de la memoria… pero esta vez con una ligera huida hacia lo político, algo que ya exploró en sus películas sobre Berlusconi, como Loro. Son obras que muchos consideran menores o más superficiales, pero que creo que el tiempo acabará colocando en su sitio.

De nuevo se apoya en su actor fetiche, Toni Servillo, que para él es lo que Marcello Mastroianni fue para Federico Fellini. Y eso se nota: hay una complicidad, una profundidad y una elegancia que atraviesan toda la película.

Es cierto que La gracia tarda en arrancar, que al principio puede parecer más contenida o menos deslumbrante que otras obras suyas. Pero poco a poco va encontrando su ritmo y termina tocando algo muy íntimo. Es una película emotiva, de esas que se quedan en un lugar difícil de explicar, más sensorial que narrativa.

No es Parthenope —que a mí me fascinó por su belleza y por su personaje—, pero tampoco lo pretende. Es otra cosa. Más sobria, más reflexiva, pero igualmente impregnada de ese sello inconfundible.

Sorrentino vuelve a cumplir. Y vuelve, una vez más, a hacer cine que merece ser visto en pantalla grande. La Grazia supone el regreso de Paolo Sorrentino a su mejor versión: un cine excesivo, bello y profundamente reflexivo. A través de un presidente en sus últimos días de mandato, interpretado por Toni Servillo, la película plantea una gran pregunta: ¿de quién son nuestros días? Sobre ese dilema —marcado por la decisión sobre la eutanasia—, Sorrentino construye una obra que mezcla política, intimidad y espiritualidad.

Más contenida que otros trabajos, pero igualmente cargada de simbolismo, la película funciona como un gran ritual cinematográfico, donde lo sublime convive con lo ridículo. El director vuelve a explorar sus temas habituales —la vejez, la duda, el amor y la muerte— desde una mirada más madura y menos desbordada, recuperando el pulso tras sus últimos excesos.

No es una obra perfecta ni ligera, pero sí una de sus propuestas más sólidas en años: una película que no busca respuestas, sino provocar preguntas y quedarse suspendida en ellas. En definitiva, Sorrentino vuelve a ser Sorrentino.


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Álvaro de Paz


Valoración

6.00

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