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ZINEMALDIA 2026 | Fjord, Tangles y Club Kid: Son unas Perlaks

ZINEMALDIA 2026 | Fjord, Tangles y Club Kid: Son unas Perlaks
Publicado hace 19 h

En el Festival de San Sebastián hay una sección en la que las películas a las que nos enfrentamos no suelen ser desconocidas. Una sección repleta de títulos que llegan avalados, en su mayoría, por su paso por otros festivales y que, cuando aterrizan en Donosti, lo hacen acompañados de premios, buenas críticas y cierta expectación. Perlak suele ser ese pequeño refugio al que acudir cuando quieres asegurarte de que, entre tanta película por descubrir, vas a encontrarte con algo que merece la pena. Aunque, como todos sabemos, los gustos son como los culos: cada uno tiene el suyo. Y haber triunfado en Cannes, Venecia o cualquier otro festival no significa que necesariamente vaya a gustarnos.

En el caso de las tres películas que vamos a comentar hoy, sin embargo, las expectativas se cumplieron con creces.

Fjord: esto no acaba tras la proyección

Fjord llegaba al Zinemaldia después de alzarse con la Palma de Oro en el pasado Festival de Cannes y lo hacía acompañada de cierta polémica alrededor de la supuesta postura que adoptaba frente a la historia que cuenta. Y digo supuesta porque una de las grandes virtudes de la película es precisamente su inteligencia a la hora de mantenerse a una distancia prudente de aquello que está contando. El posicionamiento ideológico no viene tanto de quien pone las piezas sobre la mesa como de los ojos con los que decidimos mirarlas.

Los Gheorghiu, una pareja rumano-noruega profundamente religiosa, se instala en un pequeño pueblo situado junto a un remoto fiordo. Allí entablan una estrecha relación con los Halberg, una familia local cuyos hijos terminan haciéndose amigos a pesar de las enormes diferencias entre ambas formas de entender la educación. Todo cambia cuando Elia Gheorghiu, una adolescente, aparece en el colegio con varios moratones en el cuerpo. A partir de ese momento, la comunidad comienza a preguntarse si la educación tradicional que sus padres imparten a sus hijos puede tener algo que ver con lo ocurrido.

Y es entonces cuando la película empieza a jugar con nosotros. Porque en esa lucha entre el Estado noruego y una familia ultracatólica, Fjord consigue mostrar las contradicciones de ambos lados sin convertir a ninguno en dueño absoluto de la verdad. Por un lado, encontramos esa superioridad moral con la que algunos representantes del Estado pretenden decidir cómo deben hacerse las cosas. Por otro, una familia que recurre a medios de comunicación, fake news y determinados voceros televisivos para difundir únicamente la parte de la historia que les interesa.

Cristian Mungiu, uno de los grandes nombres del cine rumano gracias a películas como 4 Meses, 3 Semanas y 2 Días o R.M.N, vuelve a demostrar aquí dos de sus grandes virtudes. La primera es su capacidad como guionista. La construcción de las relaciones entre los personajes y, sobre todo, el manejo de la tensión dramática son sencillamente excelentes. Mungiu consigue llevarnos de un lado a otro, haciendo que dudemos constantemente de lo que estamos viendo y consiguiendo que sus casi dos horas y media pasen en un suspiro. Además, como suele ocurrir en su cine, no encontramos ningún personaje al que resulte especialmente sencillo cogerle cariño. Todos son imperfectos. Todos tienen comportamientos cuestionables. Y quizá por eso mismo resulta tan fácil reconocernos en alguno de ellos en determinados momentos.

La segunda virtud es una dirección que mantiene intacta su personalidad a pesar de cambiar de escenario y de país. No necesitamos más de dos planos para saber que estamos ante una película de Mungiu. Planos aparentemente sencillos y efectivos, sin grandes alardes técnicos, que se apoyan en largos planos secuencia, en el texto y, especialmente, en el trabajo de los actores para elevar cada escena.

En el apartado interpretativo destaca especialmente un personaje turbio, contradictorio y contenido, que transmite constantemente esa sensación de animal salvaje enjaulado que no sabes cuándo va a saltar.


Pero si hay algo que convierte a Fjord en una película especialmente interesante es lo que ocurre cuando termina. Porque independientemente de cuánto te haya gustado, esto no acaba cuando aparecen los títulos de crédito. Las conversaciones sobre la película se prolongan durante días. En el bar, en una terraza, haciendo cola para la siguiente película. ¿Quién tiene razón? ¿Qué ocurrió realmente? ¿Hasta dónde llega la responsabilidad de los padres? ¿Dónde termina la protección del Estado y empieza la imposición?

La lucha de unos padres por recuperar a sus hijos frente a la lucha de un Estado que considera que debe protegerlos de una educación ultracatólica y de unas circunstancias en las que existen sospechas de malos tratos ya ofrece material suficiente para generar debate. Pero Mungiu va un paso más allá y deja siempre alguna duda abierta sobre aquello que podría haber ocurrido. Y ahí está buena parte de la grandeza de la película. Porque esa ambigüedad no solo aumenta la tensión dramática mientras la vemos, sino que consigue que tengamos todavía más cosas que discutir cuando salimos del cine.

Lo que está claro, independientemente de dónde crea cada espectador que se posiciona la película, es que Fjord es una cinta sólida, con unos cimientos de hormigón armado, capaz de remover, hacer pensar y mantenernos pegados a la butaca durante dos horas y media. Y, sobre todo, capaz de conseguir algo que no todas las películas pueden: que sigamos hablando de ella mucho después de haber salido de la sala.

Tangles: cuando la enfermedad no puede borrar el amor

Voy a ser directo: estamos ante una de las mejores películas de animación que he visto en los últimos años. Tangles es una película de animación para adultos, en blanco y negro, que funciona igual de bien cuando se vuelve reivindicativa que cuando decide encerrarse en la intimidad de una familia. Y quizá su mayor virtud sea precisamente esa capacidad para cambiar de registro sin renunciar nunca a una personalidad propia.

La película, basada en la novela gráfica autobiográfica Tangles: A Story About Alzheimer’s, My Mother, and Me, escrita e ilustrada por la canadiense Sarah Leavitt, sigue a Sarah, una artista y activista que abandona su vida en el San Francisco de los años noventa para regresar al pequeño y conservador pueblo donde vive su excéntrica familia cuando el alzhéimer comienza a borrar poco a poco la personalidad de su madre.

Lo que podría haber sido una película entregada sin remedio a la lágrima fácil toma un camino mucho más inteligente. Por un lado tenemos la relación de pareja de Sarah, una relación entre dos mujeres que empieza a verse afectada por el diagnóstico de su madre. Esta parte comienza cargada de humor y va adquiriendo progresivamente un tono más dramático a medida que comprendemos cómo la enfermedad empieza a cambiar también la relación entre ellas. Y, por otro, encontramos la relación entre madre e hija y todo lo que implica el cuidado de una persona que poco a poco deja de ser quien era. Aquí la película adopta un tono mucho más sensible y delicado.

Lo fácil habría sido cargar las tintas. Buscar la lágrima. Forzar la emoción. Pero Tangles hace justo lo contrario. Se centra en demostrar el amor que siente por sus personajes y por la historia que está contando. Incluso los personajes que tienen una presencia más pequeña encuentran su momento, una escena o un gesto que nos permite comprender qué llevan dentro y cómo afrontan su propio duelo.

Y sí, la película emociona. Mucho. Es de esas películas que consiguen dejarte un nudo en la garganta que permanece incluso después de abandonar la sala. Pero no porque haya sido construida para conseguir esa reacción, sino porque durante todo el metraje hemos terminado sintiéndonos parte de esa familia. Y cuando llega la pérdida, de alguna manera también sentimos que estamos perdiendo algo nosotros.

A todo esto hay que añadir una animación extraordinariamente imaginativa. Siempre es de agradecer encontrarse con una propuesta que entiende que la animación no tiene por qué estar dirigida únicamente al público infantil, pero aquí además encontramos una decisión artística especialmente interesante: mantener el espíritu de novela gráfica de la obra original. Hay momentos en los que parece que estamos viendo las páginas del libro cobrar vida directamente delante de nosotros. El blanco y negro, los trazos, las formas y la manera de utilizar el movimiento convierten algunas imágenes en auténticas piezas de arte.

Y quizá por eso resulta tan fácil recomendarla. Porque Tangles habla del alzhéimer, sí, pero sobre todo habla de familia, amor, cuidados, pérdida y de la necesidad de seguir queriendo a alguien incluso cuando la enfermedad empieza a borrar aquello que reconocíamos en esa persona. Una película que reivindicaría desde ya para que llegue a la mayor cantidad de público posible y para que muchos más espectadores puedan enamorarse de ella como lo hicimos nosotros.

Club Kid: las cartas que llegan tarde

Si algo tenía claro el Festival de San Sebastián después de las primeras proyecciones de Club Kid es que se había convertido en una de esas películas que empiezan a circular de boca en boca. “Si puedes cuadrarte Club Kid, no te arrepentirás”. Era una frase que se repetía constantemente por los pasillos del festival cuando te cruzabas con alguien que ya la había visto. A mí me la dijeron. Y, efectivamente, no me arrepentí.

La ópera prima de Jordan Firstman derrocha personalidad desde prácticamente cada fotograma. Su arranque nos mete de lleno en el underground nocturno de Nueva York, en un mundo donde la música electrónica, las drogas y el sexo parecen estar siempre un punto por encima de lo que cualquier persona normal podría soportar. Allí conocemos a Peter, un promotor de fiestas que empieza a hacerse un nombre organizando noches en las que uno sabe cómo entra pero nunca cómo va a salir. Asistimos a una de esas fiestas y, en un momento determinado, la pantalla se funde a negro.

Diez años después, a Peter le llegan las consecuencias de aquella noche de desenfreno en forma de un niño de diez años que aparece en su puerta acompañado de una desconocida y asegura ser su hijo. Y ahí empieza realmente la película.

Firstman podría haber construido a partir de aquí una comedia llena de clichés sobre un adulto irresponsable obligado a hacerse cargo de un niño. Pero decide esquivar buena parte de esos caminos conocidos. Para empezar, nos ofrece un protagonista tremendamente carismático, interpretado por el propio director, que pese a vivir permanentemente de fiesta y tener bastante claro que su profesión consiste en no perderse una noche, empieza a mostrar síntomas de hastío. Porque Peter no es simplemente el típico personaje que necesita sentar la cabeza. Hay un buen fondo en él. Es generoso, es capaz de preocuparse por los demás y, aunque todavía no lo sepa, parece estar esperando algo que le permita salir de la vida que lleva, por eso sus reacciones y su evolución a medida que avanza la película resultan creíbles.

Incluso podemos encontrar una lectura especialmente interesante en la aparición del niño. Quizá Arlo no sea únicamente una responsabilidad que cae de repente sobre Peter, sino también el salvavidas que necesitaba para empezar a cambiar su vida. La posibilidad de sentirse útil en algo y, al mismo tiempo, de alejarse de una existencia que empieza a dejar de tener sentido para él.

Firstman dirige y escribe con pulso firme, consiguiendo que la historia avance con una fluidez y una naturalidad sorprendentes para una ópera prima. Y todo conduce hacia un desenlace que, precisamente por no buscar el aplauso fácil, termina resultando mucho más emocionante porque Club Kid entiende algo que muchas películas prefieren olvidar: la vida no siempre te da las cartas en el momento adecuado.

A veces tienes las cartas para ganar la partida, pero te llegan en el turno equivocado y entonces simplemente toca esperar. Por eso el sabor que deja Club Kid es agridulce, pero tremendamente satisfactorio. Una película divertida, tierna, inesperada y con una personalidad enorme que se convirtió durante el festival en una de esas recomendaciones que iban pasando de espectador en espectador.

Y en mi caso, como me dijeron aquel día: "Si puedes cuadrarte Club Kid, no te arrepentirás”. Tenían razón.

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Escrito por

Professional Film Enthusiast. Redactor en @CINeol. Dicen que fuera de una sala de cine hay vida, pero yo creo que mienten!

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