Venecia 2026 – Día 2: Wild Horse Nine. la CIA, fabricante de memoria
Martin McDonagh convierte los días previos al golpe de Estado de Chile en una afilada disección de la política exterior estadounidense.
Martin McDonagh vuelve a Venecia, un territorio que le ha tratado especialmente bien. Aquí presentó Tres anuncios en las afueras y regresó años después con Almas en pena de Inisherin, dos películas que confirmaron su capacidad para combinar personajes al límite, humor negro y una escritura tan afilada como difícil de imitar. Wild Horse Nine mantiene algunas de esas constantes, aunque cambia la Irlanda rural y la América profunda por un escenario mucho más político: el Chile de 1973, en los días previos al golpe de Estado que derrocaría a Salvador Allende.
Menos autoral que la propuesta de Werner Herzog, pero bastante más equilibrada, la nueva película de McDonagh se sostiene sobre un guion extraordinariamente sólido del que sus intérpretes extraen todo el jugo posible. John Malkovich y Sam Rockwell están especialmente entonados y demuestran una magnífica compenetración como dos agentes de la CIA que cargan con un pasado difícil de separar de la historia reciente de su país. A través de ellos, McDonagh construye un ejercicio de disección de la política internacional estadounidense y de su empeño histórico por combatir todo aquello que oliera a socialismo, aunque ese olor procediera de una democracia. El resultado ha sido un reguero de presidentes derrocados o asesinados, opciones que, como sabemos, no siempre han sido excluyentes. Y en buena parte de esa historia, el personaje de Malkovich tiene mucho que decir.
Pero Wild Horse Nine no se limita a descansar sobre la solidez de su escritura. Las interpretaciones de sus protagonistas encuentran un excelente respaldo en el reparto secundario, con especial mención para Steve Buscemi y Mariana Di Girolamo. La película tampoco descuida su vertiente artística: la fotografía, cuidada tanto en interiores como en exteriores, y el montaje, atento a cada detalle y a cada personaje, consiguen mantener el interés sin necesidad de recurrir a subrayados innecesarios. Todo contribuye a un resultado tan equilibrado como atractivo, una película consciente de que la forma debe acompañar al relato y no competir con él.
También merece destacarse el trabajo de producción y la elección musical, especialmente acertada en su capacidad para situar al espectador en el momento histórico sin convertir las canciones en un simple ejercicio de ambientación. Más inadvertido resulta, al menos en un primer visionado, el trabajo de Carter Burwell. El compositor brinda algunos pasajes interesantes, pero su partitura no alcanza aquí la relevancia de otros trabajos anteriores junto a McDonagh.

Entre los productores de Wild Horse Nine figuran, además, Pablo y Juan de Dios Larraín, cuya productora Fabula aporta a la película una sensibilidad que no es casual: conocedores desde dentro del golpe de estado que instauraría la dictadura de Pinochet, su presencia en el proyecto añade una capa de autenticidad al retrato que McDonagh construye desde fuera.
En conjunto, Wild Horse Nine funciona muy bien porque sabe equilibrar sus distintas piezas. Tiene un guion sólido, una puesta en escena elegante y un reparto en plena forma, con algunos intérpretes, especialmente Malkovich y Rockwell, excelentes. McDonagh vuelve a demostrar que puede hablar de asuntos políticos sin convertir a sus personajes en simples vehículos de un discurso. Y eso, en una película sobre la CIA y la historia de las injerencias estadounidenses en Latinoamérica, no deja de tener bastante mérito.
Escrito por
Fincheriana (en plena crisis de identidad) replicante de la familia Corleone.