Fjord — Cristian Mungiu: en el fiordo de Mungiu
Hay directores que solo saben hacer una cosa y la hacen extraordinariamente bien. Cristian Mungiu es de los que cada película parece que va a repetir el mismo movimiento y termina haciéndote descubrir que el movimiento tenía más capas de las que creías. Fjord, su sexta película y la quinta en competición en Cannes diecinueve años después de que 4 meses, 3 semanas, 2 días se llevara la Palma, confirma que el rumano es incapaz de hacer una película cómoda. Y que eso, a estas alturas, es su mayor virtud.
La familia Gheorghiu
La película arranca en un pueblo costero de Noruega con una familia que ya sabemos que no encaja antes de que nadie diga nada. Mihai (Sebastian Stan), rumano, devoto, rígido con una rectitud que no tiene nada de cálida; y Lisbet (Renate Reinsve), noruega, pero tan absorbida por la fe y los códigos de su marido que hace tiempo que dejó de ser la persona que este lugar esperaba encontrar. Cinco hijos criados sin móvil, sin YouTube y con himnos en lugar de canciones. La madre es de aquí y aún así la diferencia cultural es evidente desde el primer plano.
Lo que Mungiu hace en la primera parte de la película sorprende a quien conozca su filmografía: no hay crítica a la sociedad rumana, que es su territorio habitual. Hay en cambio una mirada casi clínica a los roces entre lo que sucede en el núcleo familiar y lo que las políticas actuales de libertad de credo establecen. Cuando la hija mayor, Elia (Vanessa Ceban), le dice a su nueva amiga noruega que irá al infierno por ser lesbiana, la maquinaria del Estado empieza a moverse. Los servicios de protección al menor entran en escena y lo que era una historia de choque cultural se convierte en algo mucho más oscuro y mucho más incómodo.
Los refuerzos de Rumanía
Es entonces cuando Mungiu introduce el elemento más interesante del relato: los personajes que llegan desde Rumanía para ayudar a los Gheorghiu. Aquí el director abandona la equidistancia aparente de la primera parte y utiliza a estos recién llegados para mostrarnos las costumbres y las políticas retrógradas que algunos quieren para sus países. El guiño es explícito pero nunca panfletario: Mungiu es demasiado hábil para cerrar puertas que prefiere dejar entreabiertas.
Porque Fjord es, ante todo, una película que reta al espectador desde la ambigüedad. ¿Cómo juzgar lo que sucede en el seno de una familia? ¿Es nuestra mirada agnóstica y occidental la que prejuzga a los creyentes? ¿O hay un límite que ninguna fe justifica cruzar? Mungiu no responde. Nos deja incómodos con nuestras propias respuestas y esa incomodidad es precisamente donde la película es más poderosa.
El reparto
Sebastian Stan y Renate Reinsve ofrecen interpretaciones comedidas y poliédricas con las que es difícil empatizar. Y eso no es una crítica sino el efecto buscado: sus personajes no están construidos para que los queramos sino para que los entendamos, que es bastante más difícil. Muy bien también Vanessa Ceban y la actriz que da vida a Noora, la vecina con quien forma una amistad prometedora que el film no termina de explotar del todo. Y estupenda Ellen Dorrit Petersen en un papel secundario que tiene más peso del que aparenta.
La cámara que se ensucia
El estilo de Mungiu permite que en los planos entren muchos personajes a la vez, donde cada pequeño gesto importa. Al principio la cámara es fría, casi clínica, contemplativa. Va cambiando a medida que el comportamiento del matrimonio con sus hijos empieza a ponerse en duda. Y cuando llegan los refuerzos desde Rumanía para hacerse oír (guiño, guiño), la cámara ya sigue a los personajes con más nervio, más urgencia. Podría decirse que el aparato audiovisual se ensucia deliberadamente: deja de ser contemplativa para sumarse al relato. Es uno de los gestos formales más elegantes de esta edición.
No tiene la perfección ni el clasicismo de Pawlikowski. No tiene el tono envolvente de Hamaguchi. Pero es un Mungiu que se atreve a desdoblarse, a salir de su territorio y a encontrar que sus preguntas siguen siendo las mismas en cualquier fiordo. A la hora de escribir estas líneas, con todo lo que llevamos de festival, nos atrevemos a afirmar que Fjord es la mejor película de lo que llevamos de competición.
Escrito por
Fincheriana (en plena crisis de identidad) replicante de la familia Corleone.