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Especial El Código Da Vinci: Cine + Religión = Polémica

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Vanderhoff, 17/05/2006

El cine y la religión han sido históricamente una pareja de amor imposible, una pareja en la que la chica es conservadora y gusta de dejar todo inmutable y el chico es un rebelde complicado de domesticar al que le encanta experimentar y hacer enfadar a su novia. La religión ha tratado siempre de encontrar en cada nuevo arte una nueva manera de evangelizar a las masas, de hacer llegar su mensaje de una manera mucho más directa y universal. Así lo sintieron grandes figuras de la Iglesia hace tiempo, y así lo encontraron. El cine se mantuvo fiel durante los primeros años. En una sociedad muy poco laica y en la que las revoluciones culturales poco habían afectado al carácter ortodoxo de la familia, el arte más familiar se dedicó a pintar de una manera menos profunda pero más accesible distintos pasajes de las sagradas escrituras. Por mencionar tan sólo un título en la mente de todos, Cecil B. DeMille plasmó en Los diez mandamientos todo el epicismo que requería tan tamaña (y sagrada) historia

Sin embargo, como en las relaciones complicadas, todo empezó a torcerse poco a poco. El cine se volvió rebelde y confundió a la Iglesia a través de personajes tan poco apetecibles en el Vaticano como el exiliado Buñuel, el histriónico Fellini y el peor de todos, el anticristo en persona: Pier Paolo Pasolini, un comunista, ahí es nada, que rodó su propia visión de las escrituras con Evangelio según San Mateo, donde aparecía un Jesucristo revolucionario y marxista. Todo empezaba a torcerse y la Iglesia empezaba a removerse inquieta en su poltrona. De las críticas veladas, las más finas ironías y las puyas entre líneas, el cine pasó a declararle la guerra abiertamente a la Iglesia. La relación empezaba su mala época. La vida de Brian osó tomarse a cachondeo algo tan intocable en la mente de millones de personas como la figura de Jesucristo. Muchos se sintieron ofendidos y la Iglesia llamó la atención. Le quedaba aguantar lo peor pues, al fin y al cabo, el film de los Monty Python no era más que una inocente estocada basada en el más ácido humor británico.
Unos años después Martin Scorsese entró al trapo sin contemplaciones planteando una película totalmente seria y también totalmente contraria a las escrituras: La última tentación de Cristo. La humanización del salvador produjo tal revuelo que aún escuece en los sectores más conservadores del clero la sola mención del director italoamericano. Atacar los cimientos de la religión más influyente del mundo occidental no es una cuestión baladí, y la relación empezó a resquebrajarse casi de manera definitiva.
Faltaba la hornada más moderna, según la sociedad ha ido volviéndose más laica y libre. Como gato panza arriba, el catolicismo está encajando los continuos golpes con una mezcla de pulcro estoicismo e indignación contenida. Hay que alabarle, éso sí, que al menos no hayan salido a la calle a quemar los cines, reacción probablemente excesiva en otro contexto histórico pero que hoy en día no sorprendería si entramos a comparar con otras religiones. Derecho a pataleo es evidente que deben tener. Y qué menos cuando el ataque salta de las sagradas escrituras a la personalización más pura. Actualmente la religión apenas se toca y se dispara directamente a la estructura jerárquica de la Santa Sede. Amen es sin duda la más salvaje crítica a la Iglesia como tal, con mayúscula y alzacuellos. La película de Costa-Gavras acusa explícitamente a la Iglesia de haberse mantenido al margen en sucesos históricos tan graves como el holocausto. Por debajo de este ataque, la Iglesia ha tenido que ver cómo en contextos más locales decenas de películas atacaban al clero en pequeña escala, personalizando en curas pedófilos, monjas inhumanas y todo un equipo de religiosos alejados de la imagen de caridad y paz que ha querido transmitir siempre la Iglesia. Ejemplos de ello son La mala educación, Las hermanas de Magdalena o una de las más polémicas, El crimen del padre Amaro. El film de Carlos Carrera, protagonizado por Gael García Bernal, removió los cimientos de la Iglesia en un país tan absolutamente católico como Méjico, provocando una polémica que, lejos de asustar a los espectadores, animó a éstos, dentro y fuera del país, a ver la película y empaparse de la nueva visión que el cine quería dar de la religión.
El divorcio definitivo comenzaba a fraguarse. En esta época reciente pocos ejemplos teníamos de cine que ataque a las creencias más puras. Uno de ellos es Dogma, el polémico film de Kevin Smith, que se atrevió incluso a representar a Dios con el físico de la cantante Alanis Morissette (ya en el film Contracorriente aparecía Sinead O'Connor como Virgen María) y logró que la conservadora Disney se desmarcara del proyecto. La película no era para tanto y no era más que una visión intrascendente aunque mordaz de la religión. Lo peor estaba por llegar, y se veía venir.
Dan Brown, un escritor de tres al cuarto que nunca había tenido éxito, revolucionó la literatura moderna con un best-seller que traspasó el éxito del papel para adentrarse en la más cruda de las polémicas sociales. La Iglesia y el Opus Dei le declararon la guerra abiertamente a la novela y, como en sus peores augurios, la pesadilla se volvió más dolorosa cuando llegó lo inevitable: la adaptación al cine, un medio de difusión mucho más amplio. El Código Da Vinci supone la ruptura casi definitiva entre un arte que comenzó sus pasos dando la mano a la religión pero que se ha vuelto tan obsceno y blasfemo como incontrolable. Hoy el anticristo son Ron Howard y Tom Hanks, y mañana lo serán otros. Pero, ¿por qué después de tantos sobresaltos la Iglesia está tan temerosa de esta película? Si uno se fija, a lo largo de la historia la polémica siempre ha estado centrada o bien en las escrituras o bien en la Iglesia como institución. El secreto de El código Da Vinci es que ataca en las dos líneas de flotación. Pone en tela de juicio las sagradas escrituras con una mano mientras que con la otra no tiene reparos en arrasar con el Opus Dei, alumno aventajado de la Santa Sede.

En cualquier caso estamos seguros de que la Iglesia aún tiene razones para confiar. Buena gente, creyente y recta, hay en todos los gremios, y Mel Gibson echó un cable con su film La pasión de Cristo, que por otro lado no estaba exenta de polémica al liarla entre católicos y judíos como en los viejos tiempos. Además, por si alguien se vuelve loco entre tanta polémica y no sabe si el cine es bueno o malo, surgen páginas como movieguide.org que aclaran al buen católico qué es recomendable que vea y qué no, a la vez que disponen formularios de firmas, tan de moda hoy en día, para mentar los muertos a los creadores de El código Da Vinci. En fin, quizá la relación no sea tan idílica como en el pasado, pero estos dos viejos amantes aún podrán darse alguna oportunidad más a pesar de heridas tan grandes como la que supone El código Da Vinci.
Nota: Cineol desea expresar su total respeto hacia todas las religiones y espera no haber ofendido ninguna forma de vida con el presente artículo.