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Cannes 2026. Día 6: el ruido y el silencio

Cannes 2026. Día 6: el ruido y el silencio
Publicado hace 20 horas

Si hay una palabra que define el sexto día de competición es "oficio". James Gray y László Nemes son dos directores que saben exactamente lo que hacen y por qué lo hacen. Sus películas lo demuestran. Ninguna de las dos sorprende en el sentido de desconcertar, pero las dos fascinan como para no poder apartar la mirada.

Paper Tiger — James Gray

James Gray lleva seis películas en competición en Cannes y todavía no ha ganado un premio. Hay algo casi mitológico en esa estadística y la ovación con la que el Grand Théâtre Lumière recibió Paper TigerScarlett Johansson no pudo estar presente, ocupada en otro rodaje, aunque Gray intentó llamarla por teléfono durante los aplausos y no le cogió— tenía mucho de deuda pendiente que el público quería saldar.

La película es un retorno a los ambientes turbios que han definido lo mejor de su filmografía: los hermanos Pearl en el Queens de 1986 —Miles Teller como Irwin, el ingeniero de familia que sin querer se cruza con la mafia rusa; Adam Driver como Gary, el expolicia que intenta sacarlo—, en una historia que conecta directamente con Cuestión de Sangre y La noche es nuestra pero que tiene también la textura semiautobiográfica de Armageddon Time. Gray le dijo a la prensa que quería hacer un "drama clásico" y lo ha conseguido: Paper Tiger es clásica en el sentido verdadero, no en el de anticuada. La imagen tiene grano, la cámara se aproxima a los personajes como si quisiera entender lo que sienten antes de juzgarlos y la violencia llega sin avisar y sin regodearse.

El duelo interpretativo entre Teller y Driver funciona muy bien: el primero construye a un hombre cuya ingenuidad no es tontería sino algo más trágico y el segundo lleva la confianza de Gary hasta el punto exacto en que empieza a ser una trampa. Johansson no desentona en absoluto, aunque quizás hubiera tenido recorrido para más tiempo en pantalla. Su última aparición, en cambio, tiene un detalle dramático que la película no subraya —y hace bien en no subrayarlo— pero que resulta lo suficientemente sutil como para emocionar de verdad.



Moulin — László Nemes

Once años después de que El hijo de Saul dejara sin respiración al Grand Théâtre Lumière, László Nemes regresa a Cannes con su primera película en francés. Moulin es un biopic que no funciona como biopic: no nos cuenta la vida de Jean Moulin, sino sus últimos diez días, los de su arresto en junio de 1943 por la Gestapo de Lyon. La figura histórica —icono de la Resistencia francesa, interpretado por Gilles Lellouche— sirve a Nemes para explorar, una vez más, cómo se comporta un ser humano cuando todo lo que lo rodea quiere destruirlo.

Lellouche mantiene un perfil contenido, de una economía de gestos que dista mucho de lo que hace Lars Eidinger dando vida a Klaus Barbie, el "Carnicero de Lyon". La calma y la fuerza de voluntad que transmite el actor francés contrastan con la agresividad, la violencia y la perversión soterrada del alemán. Es en esa tensión donde la película vive y donde es más poderosa.

Nemes es aquí menos expeditivo en lo visual que en El hijo de Saul, pero mantiene sus señas de identidad: el uso del sonido —diseñado con una precisión que llega a ser físicamente incómodo en las escenas de celda— y encuadres de una belleza fotográfica que la cinematografía de Mátyás Erdély convierte en algo cercano a la pintura. El desenlace, con un Eidinger desatado que choca con el clasicismo de todo lo anterior, es el único momento que desequilibra la cinta. Pero Nemes se guarda un último cartucho, en forma de epílogo —¿real? ¿onírico?— para devolver la película a la cruel belleza que ha tenido durante la mayor parte del metraje. Y eso basta.

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Escrito por

Fincheriana (en plena crisis de identidad) replicante de la familia Corleone.