‘Helados, gore y niños con muy mala leche’
6.00
Eli Roth nunca ha sido un director especialmente interesado en la sutileza, y Dulce sabor a muerte tampoco parece el momento elegido para empezar. Su nueva película recupera el espíritu del slasher clásico y lo mezcla con gore, humor macarra y una colección de clichés tan desacomplejada que, por momentos, resulta difícil saber dónde termina la torpeza y empieza la parodia.
La premisa ya deja claras sus intenciones: un misterioso vendedor de helados llega a un pequeño pueblo y convierte a los niños en una pequeña legión de psicópatas. A partir de ahí, Roth construye un slasher bastante clásico, exagerado y deliberadamente pasado de vueltas. No parece una película especialmente preocupada por resultar verosímil, y quizá sea precisamente ahí donde encuentra buena parte de su encanto.

Los diálogos son probablemente uno de sus puntos más discutibles. Están cargados de clichés, frases imposibles y personajes que parecen salidos de una película de terror de otra época o de una coctelera con los prompts equivocados. Algunas interpretaciones tampoco ayudan, y determinados momentos resultan excesivamente forzados. Sin embargo, hay algo en ese exceso que termina funcionando: The Ice Cream Man parece consciente de su propia naturaleza de serie B y no tiene demasiado interés en disimularla.
Tampoco me parece especialmente relevante que la película llegue en un momento de renovado interés por el terror más extremo. Después del éxito de propuestas como Terrifier 3 y del actual auge del cine de género, que Eli Roth quiera aprovechar esa corriente me parece perfectamente legítimo. El cine de terror siempre ha funcionado también a partir de tendencias. La cuestión es qué hace una película con ellas, y Roth las lleva aquí a su propio terreno: una mezcla de exceso, humor negro y espíritu de serie B que encaja perfectamente con su filmografía.
Y cuando Roth se pone con el gore, la película abraza definitivamente su vocación de espectáculo. Hay muertes bastante salvajes y algunas ideas visuales que consiguen arrancar una sonrisa incluso cuando la película no termina de funcionar como relato de terror. No hay demasiada sutileza ni una gran construcción del suspense: hay sangre, niños desatados y una sucesión de situaciones cada vez más bestias. Si uno entra en el juego, puede resultar bastante divertida. Si no entras, entiendo que quieras huir sin mirar atrás.
Precisamente por eso sorprende la controversia que ha rodeado al filme por el uso de inteligencia artificial. Roth afirmó inicialmente que había dibujado personalmente las secuencias de animación de inspiración clásica, trabajando con un equipo de animadores. Después de que apareciera en los créditos la compañía de VFX especializada en IA Dark Half, el director reconoció que la inteligencia artificial había sido utilizada en una pequeña parte de algunas escenas.
Más allá del debate sobre el uso de esta tecnología en el cine, resulta llamativo que la aclaración llegara después de su primera explicación. En una película que apuesta por una estética de serie B y por el exceso de los efectos, la cuestión abre un debate interesante sobre los límites entre herramienta y sustitución del trabajo creativo.
Con todo, The Ice Cream Man no pretende reinventar el slasher. Es macarra, exagerada y bastante consciente de su propia condición de gamberrada gore. Un helado de serie B servido con bastante sangre y muy poca vergüenza.
Algunas actuaciones flojean, los diálogos pueden provocar más de una ceja levantada y su falta de sutileza puede resultar irritante si se busca algo más que un festival de sangre y clichés. Pero también parece divertirse con todo ello.
Y entonces llega el final. No hace falta desvelarlo —sería una pena—, pero sí decir que la idea detrás de su desenlace resulta bastante más brutal de lo que su tono juguetón podría hacer pensar. Es uno de esos finales que dejan una imagen incómoda en la cabeza. Para mí, lo mejor.
Escrito por
Programadora de cine (festival B-Retina, Cryptshow, Filmets).