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Groucho, Chico y Harpo (y Zeppo)

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Los hermanos Marx pertenecen a esa privilegiada élite de artistas que han dejado de ser meras personalidades y se han convertido directamente en iconos universales. Puede que haya gente que no haya visto sus películas (por muy incomprensible que nos resulte a los que ya las conocemos), pero aun así sabrán quiénes son Groucho, Chico y Harpo Marx. E incluso, si uno va bastante avanzado en marxismo (no confundir con el término derivado de un tal Karl Marx), sabrá que también había uno llamado Zeppo. Y si se entra en la categoría de ávido experto (o lector compulsivo de entradas de la Wikipedia) hasta le será familiar el nombre de Gummo.

En realidad los Marx no alcanzaron esa categoría hasta una edad muy avanzada. De hecho el mayor de ellos, Chico, tenía 42 años cuando se estrenó su primera película. Más allá del imborrable icono de sus personajes, hubo un largo camino hasta descubrir su estilo personal y alcanzar el éxito. Aunque es imposible hacerles justicia en un simple artículo y por el camino deberemos dejarnos muchos detalles, haremos lo posible por estar a la altura.



"¿Cuándo nació?" "No lo recuerdo, por entonces era un bebé."

Se suele decir que detrás de cada hombre hay una gran mujer, y en el caso de los hermanos Marx esa mujer fue su madre, Minnie. Inicialmente, los Marx no se diferenciaban demasiado del resto de familias judías emigrantes criadas en el Nueva York de principios del siglo XX. La mayoría eran pobres, numerosas y buena parte de la educación de sus hijos tenía lugar en las calles. El mayor de ellos, Leonard (Chico, nacido en 1887) ya era un ludópata desde la adolescencia y se pasaba el día apostando en locales de juego. Tristemente ese comportamiento jamás cambió a lo largo de su vida. El siguiente, Adolph (Harpo, del año 1888), iba en camino de convertirse en un buscavidas alternando empleos de pacotilla después de haber dejado prematuramente la escuela. La única esperanza para los Marx parecía ser Julius (Groucho, 1890), ávido lector y menos dado a las travesuras callejeras que sus hermanos.

Pero aquí entró en juego Minnie, que desde pequeños les animó a potenciar sus habilidades musicales, tanto cantando como tocando varios instrumentos. Entre los Marx había varios familiares que se habían dedicado, de forma más o menos honorable, al mundo del espectáculo, de modo que Minnie pensó que quizá ahí podía encontrar un modo de vida para sus hijos. Mientras Leonard y Adolph se ganaban algún dinero esporádico tocando el piano en cines o prostíbulos, Minnie montó un número de canto con Julius y su hermano menor Milton (futuro Gummo): Los Ruiseñores. A ellos se les acabaron añadiendo otros miembros (tanto de la familia como ajenos a ella) en un ir y venir continuo hasta que finalmente, al cabo de los años, el número se estabilizó con un núcleo formado por Leonard, Adolph, Julius y Milton. No menos importante, por el camino fueron convirtiendo un simple espectáculo musical en un número de vodevil completo que incluía no solo canciones, sino chistes y pequeños sketches de los cuatro hermanos, además de atractivas bailarinas y toda la parafernalia. Estamos ya en 1912 y los chicos rondaban o sobrepasaban la veintena, de modo que entendemos que esto ya era algo serio y no el pequeño espectáculo itinerante de años atrás.



Por economía de espacio no entraremos en detalles de las tortuosas giras y los diferentes espectáculos que organizaron. Lo interesante es que por el camino y a base de experiencia cada uno fue encontrando los personajes que les harían famosos: Leonard dio forma a su acento italiano mientras deslumbraba con sus solos de piano, Adolph descubrió al personaje alocado que todos conocemos, optando además por convertirse en mudo y tocar el arpa, y Julius continuó dando rienda suelta a su famosa verborrea y añadía a su personaje las características gafas y el bigote pintado. Lo siguiente en llegar fueron sus apodos, de cuyo origen se cuentan diversas historias y que con el tiempo acabaron comiéndose sus aburridos nombres reales.

Finalmente, Gummo, relegado al papel del hermano Marx menos gracioso, acabó dejando el número y acudió como sustitución in extremis el hermano menor, Herbert (Zeppo), que desempeñaría exactamente la misma función. Como complemento a los Marx se incorporó también a un personaje imprescindible de su universo: la actriz Margaret Dumont, que siempre desempeñaba el papel de dama digna y elegante a la que Groucho intenta camelarse y de la que siempre se burlan cruelmente. Aun hoy día no se sabe a ciencia cierta si es verdad el mito de que ella era realmente como su personaje en la pantalla. En todo caso, resulta más divertido seguir creyéndolo, así que démoslo por bueno.

En los años 20, los Marx ya se habían consolidado como uno de los espectáculos de vodevil de más éxito de Estados Unidos y obtuvieron su consagración definitiva organizando tres espectáculos en Broadway. Aunque obviamente había números musicales y chicas ligeras de ropa bailando entre sketches, la clave de su popularidad era su anárquico sentido del humor y su inusitada capacidad de improvisación. De hecho, aunque los guiones y espectáculos a estas alturas los organizaban con la ayuda de guionistas, la leyenda dice que uno de éstos dijo durante una de las representaciones: “No me lo puedo creer, me parece que han dicho una frase del guión”. Como toda leyenda, seguramente sea falsa, pero nos da una idea de cómo se las gastaban. En plena cresta de la ola, solo era cuestión de tiempo que Hollywood se quisiera apropiar de su talento.




"Me gustaría más el oeste si estuviera en el este": a la conquista del cine

El salto definitivo de los Marx a la gran pantalla llegaría en un contexto nada casual: la irrupción del cine sonoro. Cuando los grandes estudios se dieron cuenta de que ese invento iba en serio, tuvieron un ataque de pánico ante la necesidad de incorporar a su plantilla a artistas que se defendieran bien oralmente. De repente, los actores de teatro y los artistas de vodevil estaban solicitadísimos, y los Marx, con varios éxitos en Broadway a sus espaldas, no iban a ser la excepción. Eso explica que una industria tan estandarizada como Hollywood acogiera en su seno unas películas tan anárquicas como las de los Marx. De hecho, no fueron los únicos en practicar ese tipo de cine tan alocado, se trató de una extraña época de inusitada libertad que solo duró unos años.

Sin contar el extraño lapsus de Humor Risk, un film muy anterior que no tuvo distribución y se da por perdido, la primera producción cinematográfica de los Marx sería Los Cuatro Cocos (1929), que los hermanos filmaron mientras en paralelo trabajaban en su siguiente obra teatral. A nivel técnico se trata de un debut bastante flojo, ya que no deja de ser la misma obra de Broadway que habían representado años atrás pero en versión filmada. Da la sensación de que los Marx todavía no confían del todo en ese nuevo medio y que, en vez de explotar sus posibilidades, prefieren repetir tal cual la obra de teatro pero con una cámara entre ellos y el público. Los personajes están ahí y resulta indudablemente divertida, pero se nota que los sufridos directores tuvieron que combatir con dos problemas a la vez: la adaptación del cine a la reciente innovación del sonido y la adaptación de los Marx a un medio que no comprendían ni les interesaba comprender. Dice la leyenda que los cuatro hermanos eran absolutamente indomesticables en el plató y que al final los cineastas se rindieron y les dejaron hacer a su antojo. También se comenta que otros futuros realizadores los tenían literalmente encerrados en sitios localizables ya que eran tan caóticos y difíciles de manejar que resultaba imposible reunir a los cuatro a la vez en el mismo sitio cuando tocaba filmar.




Tras el enorme éxito de la película, esos errores se solventaron en su siguiente obra, El Conflicto de los Marx (1930), con iguales dosis de diversión pero, ahora sí, un tratamiento más cinematográfico de la historia. Aquí los Marx entendieron que el cine era el futuro y no solo se amoldaron al medio sino que a partir de aquí abandonaron definitivamente su carrera teatral para convertirse en estrellas de Hollywood. Dicha película representaba además el inicio de la época que muchos fans consideran la mejor de su carrera cinematográfica: los años en la Paramount con obras como Pistoleros de agua dulce (1931), Plumas de Caballo (1932) y Sopa de Ganso (1933). Son las obras más anárquicas e incomprensibles de su carrera, exentas de cualquier sentimentalismo y sin las tramas secundarias pobladas de caras atractivas que luego irían surgiendo. En estos films los Marx realmente transmitían una cierta sensación de peligro. Nadie les ríe las gracias ni escapa de las puyas verbales de Groucho, y tampoco ninguna chica está a salvo de la lujuria de Harpo. Estos son los hermanos Marx en su estado más salvaje.

El fin de la etapa Paramount llegó con la que hoy se considera una de sus mejores películas (por no decir directamente la mejor): Sopa de Ganso (1933), que en su época fue una enorme decepción en taquilla. Algo estaba fallando: el material era de primer nivel y se habían usado los mismos ingredientes… ¿cuál era el problema? Quizá es que esos años de paréntesis anárquico en Hollywood habían llegado a su fin y el público parecía más interesado en otro tipo de humor, como las comedias sociales de Frank Capra o las screwball comedies, que combinaban cierto elemento de locura con tramas coherentes de enredo. El tiempo de los Marx parecía que ya había pasado… ¿o no?




"Jamás aceptaría pertenecer a un club que admitiera como miembro a alguien como yo": los Marx hacia la respetabilidad

Después de Sopa de Ganso (1933) la carrera de los hermanos Marx no volvió a ser la misma nunca más. El primer gran cambio fue que Zeppo finalmente dejó su carrera como actor para convertirse en representante de otros artistas, algo que en realidad estaba deseando hacer desde tiempo atrás harto de su papel de 'el hermano Marx no gracioso'. Pero más importante fue que, al finalizar su contrato con la Paramount, el grupo cómico fichara para la Metro Goldwyn Mayer bajo la tutela del afamado productor Irving Thalberg, quien redirigió su carrera cambiando ligeramente las reglas. Éste atribuyó el escaso éxito de su última película al hecho de que era demasiado alocada. Sí, era muy divertida, pero les convenció de que era preferible ser un poco menos graciosos a cambio de que el público les cogiera aprecio. En definitiva, se propuso domesticarlos pero al mismo tiempo mantener la esencia de los Marx. Y lo consiguió.

La solución que propuso Thalberg fue bastante hábil. No se podía humanizar a los Marx o dejarían de ser ellos mismos (¿se imaginan a Groucho, Chico y Harpo teniendo un comportamiento coherente y humano?), así que lo que harían sería introducir una trama coherente con personajes cercanos al público en medio de la cual se moverían los hermanos armando nuevas locuras. Los Marx podían seguir haciendo lo que les viniera en gana, pero a cambio de dejar espacio a un poco de normalidad. Podían atacar, vilipendiar y humillar a los malos, a Margaret Dumont o a cualquier otro miembro de la familia Marx; sin embargo, debían respetar a los personajes positivos de la película y entenderlos como aliados. Ya no eran simplemente tres pirados que vivían locuras sin rumbo, sino que ahora debían cumplir un objetivo para ayudar a 'los buenos': lanzar la carrera de un prometedor cantante de ópera, salvar el hospital de la bella protagonista o dar apoyo a un anciano buscador de oro. Es cierto que en algún film previo se introducía algo de eso, pero seguían siendo subtramas muy marginales en las que además los Marx no perdían su estatus de incordios ambulantes.




Una noche en la ópera (1935) y Un Día en las carreras (1937) fueron dos éxitos imbatibles de taquilla, además de ser dos de sus mayores logros cinematográficos - especialmente la primera, en mi opinión su mejor película. Pero hubo un precio a pagar por el camino: la absoluta anarquía de sus primeros films desapareció, sustituida por un caos más manejable.

En otras palabras, se encajó a los Marx dentro de la lógica del sistema de Hollywood, cuyas normas se habían pasado por el forro hasta entonces (los guiones de Sopa de Ganso o Plumas de Caballo difícilmente habrían pasado ninguna revisión por parte de un estudio en condiciones normales). Se les adjudicaba un argumento con pies y cabeza (bueno, eso podemos soportarlo), números musicales aparte de los que protagonizaban los hermanos (¡horror!) y tiernas escenas de amor entre los jóvenes protagonistas (¡¡¡HORROR!!!). Un Día en las carreras, el film más largo de su trayectoria, es el que mejor refleja estas imposiciones, hasta el punto de que acaban lastrando un poco el resultado final, aunque las escenas cómicas eran tan buenas que valía la pena pasar por ello.

Una vez falleció el iniciador de esa fórmula, Irving Thalberg, Groucho dijo perder el interés por el cine. Fuera ésa la causa o no, lo que sí es cierto es que a partir de entonces su carrera siguió con el piloto automático, facturando buenas películas con muchas dosis de diversión e imprescindibles para sus fans, pero ya sin la brillantez de antaño que los hacía tan especiales. Obviamente no faltan gags antológicos como el del tren en Los Hermanos Marx en el Oeste (1940), pero la sana anarquía de antaño fue sustituida por una fórmula que seguía un patrón evidente. Con Tienda de locos (1941) anunciaron su retiro del cine, pero aún facturarían dos películas más, la primera de las cuales, Una Noche en Casablanca (1946), cuenta con una de mis anécdotas favoritas de los Marx. Al parecer, la Warner Bros quiso demandarles por estar haciendo una parodia de su mítica Casablanca (1942) apropiándose además de su título. Groucho respondió con una carta llena de sarcasmo -que por cierto hoy día puede leerse por internet- en la que hace saber a los hermanos Warner que los Marx llevan más años que ellos utilizando de forma artística la palabra 'hermanos' y que quizá deberían demandarles por ello. La Warner retiró la denuncia.




"¿Por qué debería preocuparme por la posteridad? ¿Qué ha hecho la posteridad por mí?"

No obstante, aunque ya no hubo más películas de los hermanos Marx (salvo una excepción que ya veremos), no se piensen que se mantuvieron desocupados. Chico volvió a los escenarios con una orquesta que le permitía volver a lucirse al piano y pagarse los gastos de su adicción al juego y las apuestas. Harpo se lo tomó con más calma y aprovechó para sentar cabeza casándose y adoptando varios hijos, además de escribir una bonita autobiografía. Aparte de eso hizo algunas breves apariciones, como por ejemplo este cameo en el show de Lucille Ball, en donde vuelve a recrear el famoso gag del falso espejo:



El que se mantuvo más ocupado con diferencia fue Groucho, escribiendo varios libros, apareciendo en la radio y, posteriormente, en la televisión, en un exitoso concurso llamado You Bet Your Life. La premisa del concurso es lo de menos, el gran atractivo era ver a Groucho de presentador haciendo preguntas capciosas a los participantes e improvisando sus famosas puyas humorísticas. Cabe tener en cuenta que durante los años 50 fue este concurso lo que mantuvo vivo el nombre de los Marx y contribuyó a que muchos no los olvidaran como una mera reliquia del pasado antes de su posterior redescubrimiento. Apareciendo cada semana en las televisiones americanas, Groucho consiguió mantenerse como una figura popular e icónica más allá de sus films.

Fue en esta etapa de su carrera cuando los Marx hicieron su último largometraje conjunto, una triste despedida de carrera titulada Amor en Conserva (1949). Y digo triste porque el resultado fue tan flojo que el propio Harpo obvia por completo la película en su autobiografía. Inicialmente debía ser un film suyo en solitario, pero ya saben, el productor quería a los hermanos Marx, y no a uno solo (¡y menos todavía si era mudo!), así que se acabó añadiendo tardíamente a Chico y Groucho. A ninguno de ellos le motivaba el proyecto a estas alturas y no pusieron nada de su parte. El film se hundió en taquilla y sirvió de triste epitafio para su carrera.

Las muertes de Chico y Harpo a principios de los 60 acabaron finalmente con cualquier posibilidad de un retorno de los hermanos. Y es triste que no hubieran podido aguantar unos años más, porque fue a finales de esa década cuando sus films fueron redescubiertos y reivindicados por las nuevas generaciones, que los sacaron del olvido hasta nuestros días. A cambio, Groucho siguió siendo una personalidad en activo hasta la última etapa de su vida, paseando su sarcástica personalidad en platós de televisión y publicando escritos de todo tipo. Vean por ejemplo cómo humilla a Bill Cosby en su propio programa televisivo a sus 83 años. ¡Bravo Groucho!




¿Quién les habría dicho a estos muchachos neoyorquinos que 100 años después sus personajes cómicos serían iconos conocidos universalmente y que sus absurdos gags seguirían haciendo reír a nuevas generaciones? El humor es algo extremadamente complejo que cuesta mucho que siga funcionando con el paso del tiempo y más allá del marco original en que se crearon los gags. Por ello, aunque en su momento puede que fueran vistos desdeñosamente como tres (o cuatro, si incluimos a Zeppo) colgados haciendo locuras, lo suyo tiene un enorme mérito y está al alcance de muy pocos. Sea como sea, ¡bendito sea el marxismo!

 

Fuente: CINeol | Visitada: 2334 veces


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Comentarios (3)

13:47 - 29/07/2015

p4dr1n0

Muchas gracias por el artículo, siempre he visto las películas de los hermanos Marx con poco o ningún contexto, ahora me entran ganas de revisionarlas todas conociendo sus circunstancias.

14:25 - 31/07/2015

caren103

Excelente artículo, que si sirve para que quien no lo haya hecho aún visone alguna de sus obras cinematográficas, o para que quienes sí hemos visto y disfrutado del humor descarnado e inteligentísimo de Groucho y compañía volvamos a hacerlo con un mejor conocimiento del transfondo de los personajes y actores que los encarnan, aún será más excelente.

20:35 - 07/08/2015

Quentin

Qué grandes momentos cómicos nos han dejado estos hermanos...
Enhorabuena por el artículo! [oki]


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