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Diario de Sitges 2014, Día 3: Tempestades y enanos

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Hoy el día ha empezado magnífico, maravilloso, no podría haber salido nada mejor. Todo ha empezado a las 6:30, cuando han empezado a sonar truenos como si se fuese a caer el mundo o Belén Esteban hubiese ganado el Planeta y no ha habido manera de volver a conciliar el sueño con la que estaba cayendo. Pero bueno, al menos estaba espabilado y en pie de guerra para conseguir los siempre difíciles tickets para prensa, que hay que sacar por internet a partir de las 7 (es decir, a las 7 porque un minuto después muchas películas están ya agotadas). Pero aunque estaba a esa hora refrescando la página ininterrumpidamente, cuando ha aparecido el listado... Cold in July agotada. Bueno, a por las otras opciones... y justo en ese momento se ha ido la luz en todo Sitges. Consecuencia de estar alojado en un hotel más viejo que los demás periodistas: al regresar la wi-fi, hasta las segundas opciones habían volado. Así que a improvisar con las sobras.

Como no hay dos sin tres, cuando abro el grifo de la ducha... no hay agua. En ese momento le llega a uno claramente la voz de la patrona del hotel: “Hasta las 9 o así no nos despertamos”. La primera sesión es a las 8:30. Estamos jodidos. Un poco de improvisación con lo que quedaba en la cañería, un mucho de desodorante y a salir para el Auditori. Menos mal que para entonces la lluvia había parado y más tarde se ha quedado un día de lo más apacible, porque llevaba pinta de ser un desastre.



Perdón, ¿he dado la impresión de que eso era todo lo malo que ha pasado hoy? Pues no, porque la sesión de las 8:30 (encima a esa hora) era LA DISTANCIA (), que vamos a arriesgarnos aquí y decir que es una película, aunque muy pronto quede claro que nada de lo que se muestra en ella va a tener el más mínimo sentido. Pero no en plan “mira cómo David Lynch emplea la narrativa abstracta, los símbolos y la atmósfera para transmitirte una historia”, ni en plan “hay que ver Luis Buñuel cómo construía un mensaje poderoso a través de distintos elementos iconográficos y reactivos”. No, en plan “qué cojones me estás contando, Crispin Glover, que has empleado delfines entrenados para elegir palabras al azar de la enciclopedia y las has juntado en una amalgama vacía y ridícula”.

La trama, disculpas a los guionistas por llamarle así, presenta a tres enanos con poderes telepáticos y telekinéticos que son contratados por un científico para hacerse con algo llamado La Distancia, que se encuentra en una planta de energía abandonada custodiada por un guardia que entra y sale de nuestro plano dimensional. Mola, ¿eh? El resultado es todo lo contrario a esa palabra, ya que Sergio Caballero (que hay que reconocer que al menos rueda con solvencia en su composición visual) encadena una serie de recursos argumentales que solo se pueden calificar de soplapollez inmensa, aunque también podríamos emplear calificativos como bochornosos, cutres, infantiloides y bordeando... no, metiéndose de lleno en la parodia más burda y regodeándose en ello, como si un cerdo se lanzase a una piscina de mierda. Añádase una simbología de parvulario (ejemplo: un trozo de pavo envenenado que pone Yoko Ono) y un ritmo reposado de película de Béla Tarr y tenemos un pretencioso intento de surrealismo scifi campestre que falla en todos los sentidos.

El referente más claro de la película es sin duda Andrei Tarkovsky, más en concreto Stalker, de donde beben algunas de sus pocas ideas aprovechables, pero el tono trascendental y meditabundo que Caballero quiere conseguir se ve dinamitado por la absoluta ridiculez de los elementos que baraja, tales como un cubo (sí, un cubo, de los que se llenan de agua) de nacimiento japonés, pero padres catalanes, que recita haikus enamorado de una chimenea; un tipo con la cabeza llena de barro seco arrastrando por el cemento una tubería de metal con un conejo muerto atado encima; o un enano contactando vía satélite púbico con una crupier en paños menores de Las Vegas mediante la técnica de rascarse las pelotas y olerse los dedos. Más allá de que todo esto sea una tontería de tomo y lomo, estos componentes nunca llegan a fructificar en un conjunto coherente ni en un discurso complejo (o superficial, para el caso), sino que se quedan por ahí sueltos como si fuesen gags de una película de los ZAZ, sueltos a su caer sin una arquitectura que los sostenga un final que justifique su delirio. Es todo metáfora vacía y poesía de pastor de cabras.



¿Mejoró luego la cosa? Pues algo, pero sin matarse mucho. Porque que un aspirante a autor hipster postAlbert Serra ruede un bodrio decepciona mucho menos que ver cómo Mike Cahill, director de Otra Tierra, cae en el paulocoelhismo inane en ORÍGENES (). La película narra la historia de amor de un científico que investiga la evolución del órgano ocular con una Manic Pixie Dream Girl de vida espiritual y trascendente, de esas que dicen “te envié señales para que me encontrases” y como están buenas nadie se ríe en su cara. Todo ello encadenado con la investigación del protagonista y con un giro de guion que no se debe desvelar pero que refuerza aún más el discurso sobre la relación entre lo divino y lo humano, lo religioso y lo científico, el budismo y la genética.

El guion funciona solo a ratos y depende en enorme medida de las tragaderas que uno tenga para el discurso new age de todos estamos conectados y hay otros mundos más allá de este y la vida es un ciclo eterno y el universo nos envía señales para que sepamos cuál es nuestro destino y hay cosas que la ciencia no puede explicar, para todo lo demás, Brian Weiss. Admito que soy un escéptico en este sentido y que me saca mucho de quicio cuando se toman en serio estas ideas, así que quizá soy una voz sesgada. Pero dado que el protagonista también lo es, la voluntad de Cahill por forzar las situaciones de forma que deje de serlo y acepte la visión de la flipada de su novia va mucho más allá de lo tolerable y entra en lo panfletario. Esto es tanto más notorio cuando intenta dar una visión metafísica de la ciencia, momentos en los que cae en el sermoneo y de vez en cuando incluso en el ridículo.

Afortunadamente, el filme tiene otra vertiente y es la de mirar a través de los ojos de la ciencia a todos esos eventos espirituales. Cuando Cahill adopta este otro enfoque, la cinta se desarrolla con solvencia y capacidad evocadora, estimula el debate sobre la posible veracidad de las teorías y toma una posición más distanciada para que sea el espectador el que lleve ese viaje de descubrimiento junto a los personajes. Sin embargo, sus caídas en la versión condescendiente e iluminada dejan claro el mensaje final al que quiere dirigirse, lo que hace que la película sea tan irregular como un traje mal cosido cuyas costuras provocan rozaduras.



Pero dejemos las decepciones de hoy porque todavía quedan cintas por rescatar de las vistas ayer, dos películas que dejaron mucho mejor sabor de boca. La mejor sin duda es la muy comentada THE BABADOOK (), filme de terror australiano que, después de recorrer con gran éxito otros festivales, llegaba a Sitges con las expectativas por las nubes. Y se cumplieron, al menos para los que no iban buscando una película de sustos (que los tiene) o de monstruos (que los tiene). De hecho, se podría decir que tiene más parecidos con el cine de David Lynch que con el de Scott Derrickson, y no porque sea surrealista ni difícil de seguir, sino por detalles de estilo y recursos visuales que recuerdan mucho a los que el loco de Missoula emplea en sus momentos más escalofriantes.

La película se sustenta básicamente en solo dos personajes, una madre viuda y su hijo de 6 años (excepcionales ambos actores), que mantienen una relación un tanto retorcida por la depresión crónica de ella y la obsesión de él por los monstruos y la violencia. Cuando en su casa aparezca un cuento infantil titulado The Babadook que anuncia la llegada de una criatura devoradora de almas, las cosas pasarán de estar mal a ser un infierno. Con esta premisa, la debutante Jennifer Kent construye una atmósfera malsana, opresiva, tan densa que penetra en el espectador y le oprime desde dentro. Y lo hace empleando unos elementos muy limitados: un escenario, una iluminación básica de tonos grisáceos y sombras impenetrables, dos personajes cuya dinámica enrarecida se va haciendo más tensa conforme van siendo invadidos por el miedo.

No es un filme de golpes de efecto; tiene unos cuantos, y son de una potencia inusitada para una directora con poca experiencia. Sin embargo, la película se emparenta más con las disecciones de mentes inestables a través de la manifestación externa de sus terrores. Estoy pensando en Cisne Negro, Perfect Blue o Los Otros, por poner tres ejemplos. En la progresiva pérdida de contacto con la realidad yace un terror más profundo que el que pueda crear un ente fantástico. Kent hace buen uso de ello enlazando ambos conceptos para componer un retrato duro y perturbador de la maternidad, del peso que tienen sobre las personas las cargas del pasado (secretos, heridas, pérdidas, esperanzas rotas) y las responsabilidades para las que no se está preparado. Al final, su mensaje es claro: no se puede huir de lo que uno es ni de lo que se ha convertido, pero se puede domesticar, controlar, guardar en un rincón, impedir que todo ese mal y ese dolor que llevamos dentro destruya nuestra vida. Da igual si el monstruo es real o no, lo que importa es cómo se puede vencer para encauzar nuestra vida. Que una cinta de género tenga tanta riqueza temática resulta refrescante, sobre todo si funciona a ambos niveles.



La que también ha resultado ser una sorpresa es CREEP (), que desde fuera parece la enésima película típica y tópica de psicópatas rodada en found footage, ese género que tiene tres o cuatro películas buenas y un cúmulo de banalidades y refritos del estilo de La Jungla o La Cueva. De hecho, durante su primer tramo nada parece indicar que el filme se vaya a salir de los parámetros convencionales de este género: el cámara que se va a rodar en medio del monte a un tipo que le ha contratado y que va descubriendo que está mal de la cabeza, y todos sabemos lo que va a pasar, cómo va a pasar y cuándo va a pasar. Craso error.

Patrick Brice sabe jugar muy bien sus cartas, estableciendo poco a poco los personajes y sus peculiaridades, guiándote en una dirección que parece la de siempre, plantándote unos cuantos sustos tan tremendamente estúpidos que parece casi una parodia de este tipo de cine, subrayando cada vez más las partes más disonantes de la narración como preludio para el gran momento en el que desvela que el protagonista es un psicópata, con sus señales cada vez de mayor peligro, y cuando todo se va a desatar... la película da un giro sorprendente que hace que todo cambie. Literalmente, se convierte en otra película completamente distinta. Y lo hace aprovechando el lenguaje cinematográfico para jugar con la perspectiva del espectador, en uno de los recursos más creativos que se han empleado en este tipo de cine.

Lo que sigue no es conveniente destriparlo para no perjudicar el disfrute de uno de los tramos más divertidos, perversos, extrañamente tiernos y al mismo tiempo enervantes, desasosegantes y agobiantes del found footage. Así, la película es un compendio de humor negro, romance retorcido, patetismo, un miedo muy realista y sobre todo un comentario afilado, autocrítico y sarcástico sobre un género que demasiadas veces se apoya en el alejamiento absoluto de la coherencia de los personajes, algo que aquí es empleado para uno de los momentos más impactantes pero también entrañables del filme, si es que ambas cosas pueden ir de la mano.



Si el found footage se ha convertido en un cúmulo de estereotipos, el cine de zombis ya ni te cuento. De hecho, cachondearse de las reglas del género se ha convertido en un subgénero en sí, y la cantidad de películas de este tipo que se hacen al año provoca que solo en contadas ocasiones se pueda encontrar algo original, divertido, creativo o carismático. Zombis Nazis intentaba ser una de esas películas, pero más allá de la premisa inicial y de una labor correcta tras la cámara, su desarrollo era de lo más convencional. Por suerte, el noruego Tommy Wirkola se ha resarcido con la fenomenal DEAD SNOW 2: RED VS DEAD ().

La película arranca donde finalizaba la primera entrega: con Martin en su coche siendo atacado de nuevo por Herzog y sus hombres. Pero a partir de ahí, el filme no es una mera repetición de la anterior trama en otro escenario, sino que expande sus miras y su mitología hasta límites insospechados. Desde la propia idea de partida (a Martin le implantan por error el brazo de Herzog en lugar de su brazo autoamputado) hasta la escala de su masacre gore, todo tiene una dosis mucho mayor de locura y falta de complejos. Esta libertad absoluta para no adecuarse a unos esquemas prefijados se nota sobre todo en el humor: desde los nuevos personajes como el Escuadrón Antizombie o los policías de pueblo, tronchantes y carismáticos a partes iguales, hasta las escenas de casquería zombie, resueltas con imaginación, pulso narrativo y un impecable timing cómico no exento de mala leche (en particular una escena con un niño, una ventana y una reanimación cardiopulmonar), todo funciona a la perfección para crear una montaña rusa divertidísima y vibrante.

También hay que destacar que Wirkola se ha pasado sabiamente por el forro algunas de las reglas del subgénero y se ha inventado otras nuevas que no solo son perfectamente coherentes con el mundo que plantea, sino que dan mucho juego para que la trama tenga más miga y evolucione de formas imprevisibles. Está claro que el noruego sigue teniendo como referente principal a Sam Raimi, pero si bien la primera parte era un refrito de Posesión Infernal-Terroríficamente Muertos, esta aspira a ser (que no a copiar, gran diferencia que es la que la hace grande) El Ejército de las Tinieblas de la saga. Y posiblemente la película de zombies más asquerosamente romántica de la historia.


Eso es todo por hoy. Empezamos a sufrir los típicos retrasos pero por lo menos hay pausa para escribir y para conocer a otros cineolianos. Pero eso será en el próximo artículo.


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Fuente: CINeol | Visitada: 2024 veces


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Comentarios (1)

00:12 - 08/10/2014

Miniviciao@

Que ganas le tengo a BABADOOK


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