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ZINEMALDIA 2026 | Mis Muertos Tristes y Glaxo: desde Argentina sin pasión

ZINEMALDIA 2026 | Mis Muertos Tristes y Glaxo: desde Argentina sin pasión
Publicado hace 22 h

Cuando allá por junio o julio empiezan a anunciarse las películas de la Sección Oficial, hay una tendencia que se repite año tras año y que quienes seguimos el circuito de festivales tenemos bastante presente: cuando un director o directora habitual de Cannes o Venecia aparece en competición en San Sebastián, no siempre suele ser una buena noticia. La hemeroteca nos demuestra que, en bastantes ocasiones, esas películas que terminan llegando al Zinemaldia están un escalón por debajo de trabajos anteriores de sus responsables.


Mis Muertos Tristes: la serie que quería ser película

Uno de esos nombres que generan expectativas es Pablo Larraín, que ya había pasado en varias ocasiones por San Sebastián, aunque hasta ahora siempre fuera de la Sección Oficial: Horizontes Latinos con Tony Manero, Post Mortem y El Club; Perlak con Neruda y No e incluso aquella proyección de película sorpresa que fue Spencer. Este año llegaba por primera vez a competición por la Concha de Oro y, para terminar de alimentar las suspicacias, lo hacía presentando un montaje cinematográfico de una serie de Netflix.


Las alarmas estaban ahí, pero también había motivos para confiar. Por un lado, la trayectoria de Larraín y, por otro, el material de partida: Mariana Enriquez, una de esas escritoras a las que un servidor vuelve una y otra vez y cuyos cuentos y novelas no me canso de leer. Con esos ingredientes, era difícil no pensar que algo bueno podía salir de aquí.

Las esperanzas, sin embargo, se fueron apagando poco a poco a medida que avanzaban los capítulos. Sí, capítulos. Porque la sensación durante los 187 minutos de Mis Muertos Tristes es que estamos viendo una serie a la que le han quitado los créditos iniciales y finales de cada episodio y poco más. De hecho, la propia proyección comienza con el rótulo «una serie de Netflix», lo que tampoco ayuda demasiado a olvidar su naturaleza original.


La estructura episódica pesa sobre todo en el ritmo. Hay situaciones que, vistas de seguido, resultan repetitivas y personajes que acumulan idas y venidas sin que la historia parezca avanzar demasiado hasta llegar a su último tramo.

La película adapta un relato de Enriquez y utiliza también elementos de otra de sus historias para ampliar la trama y resolver de manera bastante coherente su componente sobrenatural. Seguimos a Ema, una médica de 60 años capaz de ver y escuchar a los muertos, a los que llama «presencias». Ha pasado toda su vida intentando que ese don no la obligue a cargar con el sufrimiento de los demás, pero la llegada de su sobrina Julie, una joven perturbada que también puede comunicarse con los muertos y que vive esa conexión de una forma mucho más intensa y sexual, hará que Ema tenga que enfrentarse a aquello de lo que llevaba años huyendo.

Y aquí encontramos uno de los mayores aciertos de la película: Larraín consigue trasladar el universo de Mariana Enriquez, ese lugar en el que los fantasmas pueden formar parte de la vida cotidiana y donde, muchas veces, el verdadero terror está mucho más cerca de nosotros. Los asesinatos, las adicciones, la precariedad o la falta de futuro en determinados barrios resultan más inquietantes que cualquier aparición del otro lado.


El problema es que consigue capturar el tono, pero no tanto el ritmo ni el interés que Enriquez imprime a sus historias. El exceso de metraje acaba haciendo que la película pierda fuerza y que muchas de sus situaciones parezcan dar vueltas sobre sí mismas.

Tampoco estamos ante el Larraín más juguetón visualmente. Hay movimientos de cámara y acercamientos a los personajes que recuerdan al director chileno, pero estamos probablemente ante uno de sus trabajos más planos desde el punto de vista artístico. Los recursos visuales que utiliza terminan agotándose relativamente pronto y la película pierde buena parte de ese componente de riesgo formal que solemos encontrar en su cine.

En el apartado interpretativo, Mercedes Morán sostiene buena parte de la película como Ema, un personaje atrapado entre la culpa, su relación con su hija, sus propios fantasmas y una sociedad que parece acordarse de ella únicamente cuando necesita de su particular don.


Independientemente de si los cuatro capítulos de la serie aportan algo más a esos 187 minutos de supuesto «montaje cinematográfico», el resultado es un producto irregular que queda lejos de algunos de los mejores trabajos de Larraín. Y lo peor que se puede decir de una película de estas características es probablemente que se olvida más rápido de lo que se tarda en verla.

Glaxo: traiciones, culpa y una femme fatale

Glaxo deja, al menos, un sabor de boca bastante mejor, aunque tampoco estamos ante una película completamente redonda. Benjamín Naishtat regresaba a la competición del Zinemaldia después de haber pasado por ella con Rojo, que consiguió tres premios en 2018, y Puan, que se hizo con dos en 2023. En esta ocasión adapta la novela homónima de Hernán Ronsino para construir una historia de traiciones, viejas heridas, culpa y la posibilidad de la venganza.


Naishtat plantea un juego de tres líneas temporales y tres tratamientos visuales diferentes para situarnos rápidamente en cada momento de la historia. La juventud de los protagonistas está marcada por colores vivos, bailes y primeros amores que lucen especialmente vistosos. Un segundo bloque, situado un año antes, se presenta en formato 4:3 y con una fotografía mucho más oscura. Y finalmente llegamos a 1984, con una imagen apagada, grisácea y en panorámico.

Es un recurso sencillo, pero funciona. El espectador sabe dónde está prácticamente desde el primer plano, sin necesidad de grandes explicaciones, y permite que las distintas épocas tengan personalidad propia.

La parte más prescindible es precisamente la que transcurre un año antes de la historia principal. Sirve para presentarnos a Folcada, uno de los personajes centrales, y recordar su pasado como brazo ejecutor de asesinatos durante la dictadura argentina, pero una vez vista la película queda la sensación de que esas secuencias podrían haberse integrado de otra manera —o incluso haber desaparecido— sin que la historia principal se resintiera demasiado.


En el reparto destaca especialmente el grupo de actores jóvenes, aunque, como suele ocurrir en las películas de Naishtat, hay un nombre que sobresale por encima del resto: Marcelo Subiotto, que interpreta a un excomisario de policía sin escrúpulos, cargado de secretos y con el suficiente poder como para conseguir que quienes están a su alrededor terminen haciendo aquello que él quiere.

Menos espacio tiene Lali Espósito, convertida en la femme fatale de la función. Un personaje construido, en buena medida, como objeto de deseo de los hombres que la rodean y que funciona más como pieza dentro de ese juego de poder, deseo y traición que como personaje con verdadera capacidad para desarrollarse.


Con elementos que beben claramente del cine negro, Glaxo es una película visualmente atractiva y con una personalidad estética muy marcada, aunque su desarrollo sea irregular. La llegada del siniestro excomisario y de su seductora esposa hace tambalear los cimientos de la amistad de los cuatro protagonistas y nos conduce hacia el acontecimiento que terminará teniendo consecuencias muchos años después.

Precisamente ahí encontramos uno de los problemas de la película: cuando debería avanzar con mayor intensidad, se estanca. Hay momentos en ese tramo central en los que la historia parece dar vueltas antes de llegar al punto que todos sabemos que acabará desencadenando la resolución.

Por suerte, Glaxo va claramente de menos a más. Todo el tramo final, centrado en las consecuencias de aquella traición y en cómo los años han ido erosionando las relaciones entre los personajes, está mucho más conseguido y desemboca en un cierre potente y, en cierta medida, descorazonador.

Porque si algo termina dejando Glaxo es una idea bastante poco amable sobre la amistad: que quizá ni siquiera podemos fiarnos de nuestros mejores amigos y que aquellas amistades que parecen destinadas a durar para siempre pueden tener fecha de caducidad.


Dos películas argentinas, dos propuestas muy diferentes y una misma sensación después de pasar por la competición: la pasión, esta vez, se quedó al otro lado del Atlántico.

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Professional Film Enthusiast. Redactor en @CINeol. Dicen que fuera de una sala de cine hay vida, pero yo creo que mienten!

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