ZINEMALDIA 2026 | La ilusión de un verano sin fin y Chicas Tristes: La amistad frente al paso del tiempo
Voy a empezar justificando mi ausencia durante estos últimos días del festival: un catarro me ha pillado en combate en las jornadas finales del Zinemaldia y, entre película y película —con alguna anulación de pase incluida—, he tenido que aprovechar algunos momentos para descansar. Así que estos días iré recuperando las películas que se han quedado pendientes, porque no quiero que algunas de ellas se queden sin comentar.
En este caso, además, resulta interesante juntar dos propuestas que pudimos ver durante esos días en los que tocó alejarnos de la Sección Oficial y acercarnos a Horizontes Latinos. Dos películas muy diferentes que tienen un punto en común: la amistad entre mujeres y la manera en que el paso del tiempo, los secretos y las decisiones pueden ponerla a prueba.
La ilusión de un verano sin fin: crecer juntas
Como si de un Boyhood maravilloso rodado en la Pampa argentina se tratara, La ilusión de un verano sin fin sigue durante casi dos décadas la vida de Guillermina y Belinda, dos primas que además eran vecinas de la directora Alessandra Sanguinetti. Todo comenzó en 1999, cuando Sanguinetti invitó a las dos niñas, de apenas nueve años, a compartir sus fantasías. Lo que inicialmente podía parecer un juego terminó convirtiéndose en un proyecto artístico de décadas, acompañado incluso por una exposición fotográfica en París, y finalmente en esta película. La directora no se limita a mostrarnos cómo crecen dos niñas. Lo que consigue es convertir el paso del tiempo en el verdadero protagonista de la película. Las vemos jugar, imaginar, discutir, cambiar de intereses, crecer y empezar a tomar caminos diferentes. Y mientras ellas pasan de la infancia a la adolescencia y después a la edad adulta, también cambia su relación con el mundo y, inevitablemente, su relación entre ellas.
La película encuentra buena parte de su fuerza precisamente en aquello que no vemos. En las elipsis. En los años que desaparecen entre una secuencia y otra. En esas conversaciones que parecen pequeñas pero que nos permiten entender que algo ha cambiado. En el desarrollo de la cinta entendemos que no hace falta mostrarnos cada etapa de una amistad para comprender cómo se transforma.
En uno de los momentos de la película, después de pasar casi un año sin ver a su prima, una de ellas se sienta frente a la cámara y le cuenta a la directora que no pasa nada, que siempre se van a querer y que, aunque ahora no se vean tanto, han compartido demasiado como para dejar de estar juntas y esto es una declaración de amor en toda regla, y la película lo convierte en algo en hermoso al no necesitar volver a verbalizarlo porque lo demuestra durante cada minuto de su metraje.
Otro de los elementos que nos ayudan a crecer con las protagonistas, es el propio formato y el aspecto vosual de las imágenes que cambian a medida que avanzan los años, mejora su calidad y se transforma la manera en la que Sanguinetti registra a sus protagonistas. Es como si la película aprendiera a mirar al mismo tiempo que ellas aprenden a vivir. Y quizá por eso el comienzo pueda resultar engañoso. Al principio podemos pensar que estamos simplemente ante dos niñas argentinas jugando y hablando de sus cosas. ¿Qué puede haber de extraordinario ahí? Simplemente TODO porque a medida que avanzan los años, empezamos a comprender la dimensión del proyecto y aquello que parecía cotidiano se convierte en algo tremendamente valioso: asistir al nacimiento, transformación y supervivencia de una amistad.
Hay algo especialmente bonito en terminar la película sintiendo que queremos formar parte de ella. Que esas dos mujeres ya no son unas desconocidas que hemos observado durante casi veinte años, sino dos amigas a las que hemos acompañado durante una parte de sus vidas y eso no es poca cosa. Una vez vista no sorprende que La ilusión de un verano sin fin haya terminado llevándose el Premio de la Juventud y el Premio Horizontes Latinos, en una edición en la que el nivel de esta sección ha sido, probablemente, uno de los más altos que recuerdo.
Chicas tristes: cuando la amistad deja de ser suficiente
Si La ilusión de un verano sin fin habla de una amistad que sobrevive a los cambios de la vida, Chicas tristes se pregunta qué ocurre cuando un acontecimiento rompe todo aquello sobre lo que esa amistad estaba construida.
Ópera prima de Fernanda Tovar, que el año pasado recibió uno de los premios WIP —el antiguo Cine en Construcción—, la película sigue a La Maestra y Paula, dos de las mejores nadadoras de su equipo y, sobre todo, dos amigas inseparables, hasta que una noche ocurre algo que lo cambia todo. Paula queda marcada por un episodio de abuso y quiere guardar silencio. La Maestra, en cambio, quiere justicia. Lo que parecía una amistad invencible empieza entonces a resquebrajarse ante una pregunta que no tiene una respuesta sencilla: ¿qué hacemos cuando aquello que creemos que debemos hacer puede destruir la relación con la persona que más queremos?
Una de las grandes virtudes de Tovar es que la película podría haberse limitado a contar una historia que, desgraciadamente, hemos visto muchas veces. Sin embargo, decide cambiar el punto de vista justo cuando más lo necesita. La que parecía destinada a ser la protagonista pasa a un segundo plano y la amiga ocupa el centro del relato y con esta decisión la película gana muchísimo. Dejamos de estar únicamente ante la historia de una chica que ha sufrido un abuso y pasamos a conocer también el conflicto de alguien que tiene que enfrentarse a un doble drama: el dolor de lo ocurrido y la responsabilidad de decidir qué hacer con ello.
La Maestra no solo tiene que lidiar con la duda de si debe hablar o guardar silencio. También arrastra cierta culpa por haber sido ella quien animó al chico a acercarse a Paula porque sabía que le gustaba. Una decisión aparentemente inocente que adquiere otro significado después de lo sucedido.
Además, Tovar consigue que las consecuencias no se queden únicamente entre las dos protagonistas. Lo ocurrido modifica también su entorno, las relaciones que las rodean y la manera en que cada personaje interpreta lo sucedido y todo esto está acompañado por una propuesta visual especialmente cuidada.
Chicas tristes busca desde el primer momento una estética muy concreta, muy generacional, pero lo importante es que nunca parece estar intentando demostrar lo bien fotografiada o dirigida que está. Cada decisión visual está al servicio de aquello que quiere contar y sirve para construir un mundo propio alrededor de sus protagonistas algo especialmente admirable en una ópera prima. Encontrar tanta seguridad no solo en lo que se quiere contar, sino también en cómo contarlo, no es algo que ocurra todos los días.
Y tampoco puedo cerrar esta crítica sin hablar de Rocío Guzmán, que interpreta a La Maestra. Quizá no podría haber un nombre más apropiado para describir lo que hace esta joven actriz. Llena la pantalla con una presencia magnética, de esas que hacen que resulte imposible apartar la mirada incluso cuando permanece en silencio. Es uno de esos descubrimientos que hacen que una película vaya más allá de lo que cuenta y nos obligue a mirar también hacia lo que puede venir después.
Así que habrá que estar pendientes tanto de Fernando Tovar como de Rocío Guzmán porque si Chicas tristes demuestra algo es que, incluso cuando parece que ya nos han contado una historia muchas veces, todavía hay cineastas capaces de encontrar otro lugar desde el que mirarla.
Y en un festival que durante estos últimos días me ha obligado a bajar el ritmo por culpa del catarro, no está nada mal encontrarse con dos películas que, desde lugares completamente distintos, recuerdan algo tan sencillo como que una amistad puede sobrevivir al paso del tiempo, pero no siempre sale intacta de aquello que la vida coloca en su camino.
Escrito por
Professional Film Enthusiast. Redactor en @CINeol. Dicen que fuera de una sala de cine hay vida, pero yo creo que mienten!