ZINEMALDIA 2026 | Krux y In My Father’s Rooms: debuts por todo lo alto
Después de unos días en los que parecía que las películas realmente notables se resistían a aparecer por la Sección Oficial, por fin han llegado dos contendientes que, por méritos propios, deberían estar en las quinielas para llevarse algún premio el próximo sábado. Dos óperas primas dirigidas por mujeres y dos nombres que, desde ya, conviene apuntar para el futuro.
Dos películas muy diferentes entre sí, pero que comparten algo fundamental: la seguridad con la que sus directoras se enfrentan a su primer largometraje. Una desde la oscuridad, el miedo y la tensión de los últimos días del nazismo; la otra desde la sensibilidad, los pequeños gestos y la necesidad de comprender a quienes estuvieron demasiado cerca de nosotros como para llegar a conocerlos de verdad.

Krux: cuando la oscuridad lo ocupa todo
Inspirada en hechos reales, Krux nos lleva hasta un pequeño pueblo del noreste de Alemania al final de la Segunda Guerra Mundial. La mayoría de los hombres están en el frente y en el pueblo quedan mujeres, niños y aquellos pocos hombres a los que se les permitió permanecer allí. La vida continúa aferrándose a sus viejos rituales: la escuela, la iglesia, las bodas, el trabajo. Todo parece mantenerse en pie mientras los habitantes esperan que la guerra termine.
Y si hay algo que deja claro Tony Vahl desde los primeros minutos es que sabe perfectamente qué película quiere hacer. El arranque, con una boda en la que el marido está ausente y la novia contrae matrimonio utilizando el casco de guerra de su supuesto marido fallecido, es sencillamente potentísimo. Una secuencia que funciona como declaración de intenciones y que establece buena parte de los parámetros formales y narrativos que vamos a encontrar durante el resto de la película. Lo más sorprendente es que estamos ante un debut que en ningún momento parece un debut. Vahl demuestra un sólido control de la puesta en escena, una construcción de las secuencias especialmente trabajada y, sobre todo, un dominio del espacio y de la luz que utiliza constantemente para potenciar el efecto dramático.
La oscuridad juega un papel fundamental. Las noches están iluminadas de manera natural, mediante velas y fuentes de luz indirectas que convierten muchos de los interiores en espacios casi fantasmagóricos. Pero esa oscuridad no es solamente una decisión estética: se convierte en una metáfora del mundo en el que viven los personajes, de ese final del nazismo que todavía no pueden ver y de la oscuridad que, según la propaganda que reciben, debería significar la derrota definitiva del enemigo.
La película juega también con otras metáforas, esta vez con animales como protagonistas. Y aquí sí encontramos quizá el único punto que se le puede recriminar a la cinta. En algunos momentos, la utilización de estos animales como alegoría de aquello que está a punto de suceder resulta algo demasiado evidente, rozando el subrayado. Pero sería ponerse un poco quisquillosos. Primero, porque la manera en que están rodados esos animales es espectacular y, segundo, porque sus apariciones son tan breves que no llegan a interferir realmente en el ritmo de la película.
Por lo demás, Krux es una propuesta tremendamente sólida y formalmente impactante. Tony Vahl se presenta en sociedad como un nombre a seguir, con una película que demuestra una madurez poco habitual para una primera obra y que, si el jurado es generoso el próximo sábado, debería tener algún hueco en el palmarés. Y, especialmente, ese premio a la fotografía que la propia oscuridad de la película parece estar pidiendo a gritos.
In My Father’s Rooms: descubrir a un padre para encontrarse a uno mismo
Mucho más luminosa, aunque igualmente contenida, es In My Father’s Rooms, debut como directora de Maha Harada. Y aquí conviene detenerse un momento en eso de “debut”, porque tiene bastante más interés del que pueda parecer. Harada nació en Tokio en 1962 y llega a San Sebastián con 64 años después de una larga y reconocida trayectoria como escritora en Japón, además de haber trabajado vinculada al mundo del arte y la cultura. Es decir, no estamos ante alguien que acaba de descubrir el mundo del arte, sino ante una autora con décadas de experiencia que se coloca por primera vez detrás de una cámara. Y quizá por eso no sorprende tanto la madurez con la que está construida In My Father’s Rooms.
La película parte de una premisa aparentemente sencilla: Satomi, una trabajadora de un museo de arte, recibe un sobre que contiene una misteriosa llave. Esa llave que perteneció a su padre, fallecido en soledad apenas un mes antes, esconde un secreto. A partir de ahí comienza un viaje hacia el pasado para intentar comprender quién era realmente aquel hombre.
Y el debut de Harada es, sobre todo, un derroche de sensibilidad, emotividad y gusto por las cosas pequeñas. Podría resumirse en una única escena. El padre de Satomi queda fascinado ante un antiguo bol para preparar el té. El propietario de la tienda de antigüedades no quiere venderlo, así que el hombre le pide al menos que le permita utilizarlo para realizar una ceremonia del té. Y entonces ocurre algo aparentemente insignificante: la ceremonia es imaginaria. Solo tenemos el bol como elemento real. El resto son los movimientos del personaje. Pero la delicadeza de esos movimientos, la manera de filmarlos y la sencillez de la puesta en escena consiguen emocionar. No hace falta una gran tragedia ni un discurso que nos diga qué tenemos que sentir. Basta con observar.
Y es precisamente en esas pequeñas cosas, en esos gestos aparentemente insignificantes, donde In My Father’s Rooms gana todos sus enteros. Satomi intenta reconstruir los últimos días de un padre que siempre estuvo ausente, pero no porque fuera un mal padre, sino quizá porque era demasiado sensible para encajar en el mundo que le había tocado vivir. Después de cincuenta años de matrimonio, su mujer decidió abandonarlo y esa ruptura terminó alejándolo todavía más de su hija. Pero en la película también hay espacio para el humor, especialmente gracias al personaje de la madre, que aporta algunos de los momentos más divertidos y que, además, introduce una de las lecturas más bonitas de la película: nunca es demasiado tarde para tener una segunda oportunidad.
La película es, en muchos sentidos, una carta de amor a aquellas personas que, a través del arte y la cultura, nos dejan un camino que seguir. Personas que quizá no supimos comprender mientras estaban a nuestro lado, pero cuya influencia descubrimos cuando ya no podemos preguntarles nada. En ese sentido, la interpretación de Aoi Yû resulta fundamental. Su contención encaja perfectamente con una protagonista que no solamente intenta descubrir quién era realmente su padre, sino que acaba descubriendo cosas sobre sí misma durante ese proceso. Y ahí está probablemente la mayor virtud de la película: no necesita grandes golpes de efecto para emocionar. Lo hace desde la calma, desde los objetos, los silencios, los gestos y las pequeñas historias que vamos encontrando por el camino.
In My Father’s Rooms es una película tan sencilla como bonita. Como un abrazo que te recompone después de un mal día y que consigue que unas horas después de haberla visto todavía sigas sonriendo.
Dos debuts, dos formas completamente diferentes de entender el cine y dos directoras que, después de pasar por San Sebastián, deberían haberse ganado ya un lugar en nuestra lista de nombres a seguir. Porque después de unos días de cierta sequía en la Sección Oficial, por fin parece que la competición empieza a ponerse interesante.
Escrito por
Professional Film Enthusiast. Redactor en @CINeol. Dicen que fuera de una sala de cine hay vida, pero yo creo que mienten!