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ZINEMALDIA 2026 | Growth of the Soil: En la más alta cabaña, de la más alta montaña

ZINEMALDIA 2026 | Growth of the Soil: En la más alta cabaña, de la más alta montaña
Publicado hace 22 h

Después de unos días en los que parecía que las películas realmente notables se resistían a aparecer por la Sección Oficial, el Zinemaldia empieza a coger velocidad. Si en la crítica anterior hablábamos de dos óperas primas que nos habían dejado un excelente sabor de boca, Growth of the Soil llega para confirmar que la competición empieza a entrar en una dinámica que, por fin, invita a mirar hacia el palmarés del próximo sábado.

La película está dirigida por el noruego Hans Petter Moland, un nombre que quizá nos resulte familiar por haber dirigido un par de películas protagonizadas por Liam Neeson —esas que prácticamente podrían formar ya un género cinematográfico propio con el actor buscando venganza por alguna cosa—, además de Redención (Los casos del Departamento Q). Sin haber visto toda su filmografía, me atrevo a decir que Growth of the Soil es, al menos para un servidor, la película más ambiciosa y redonda de su carrera. Una de esas obras que justifican por sí solas una trayectoria cinematográfica. Y eso no es poco.


Growth of the Soil: la lucha contra la tierra

Isak aparece tras las montañas cargando con poco más que su propia determinación. No sabemos de dónde viene ni qué ha dejado atrás. Busca simplemente un lugar donde asentarse y comenzar una nueva vida trabajando la tierra. Más allá del límite del bosque encuentra una extensión de terreno baldío, hostil y prácticamente imposible de dominar. Pero también prometedora. La tierra será al mismo tiempo su enemiga y su única posibilidad de futuro.

La película comienza de manera dura, seca, casi incómoda. Durante sus primeros minutos apenas hay palabras y vemos a Isak enfrentándose a los elementos, intentando abrirse camino en un paisaje que parece dispuesto a expulsarlo. A la salida de la proyección ha sido inevitable que aparecieran comparaciones con Pozos de ambición, de Paul Thomas Anderson. Y aunque las películas transitan caminos diferentes, esa manera de presentar a un hombre enfrentándose a una naturaleza que parece infinitamente más poderosa que él resulta difícil de no relacionar.

Uno de los grandes aciertos de la película está precisamente en su apartado visual. La espectacular fotografía combina a la perfección la intimidad de sus protagonistas con la inmensidad del paisaje que los rodea. Hay planos en los que los personajes parecen diminutos frente a las montañas y otros en los que la cámara se acerca hasta prácticamente poder leer lo que están pensando a través de una mirada.

Pero si hay algo especialmente interesante es el punto de vista elegido. Todo lo que ocurre pasa, de alguna manera, por Isak. Nunca sabemos mucho más de lo que sabe él, y la película tampoco parece tener ninguna necesidad de explicarnos aquello que no conoce. No sabemos de dónde aparece, no sabemos exactamente qué ocurre durante la elipsis temporal de ocho años y tampoco necesitamos saberlo. Moland confía en el espectador y va dejando pequeñas piezas para que nosotros mismos reconstruyamos el puzzle. Es una película parca en palabras, pero nunca vacía.

De conquistar la tierra a conquistar a la familia

Isak conocerá a Inger, una mujer tan solitaria como él y marcada por una vida de dificultades. Juntos comenzarán a construir algo que poco a poco dejará de ser únicamente una explotación agrícola para convertirse en un hogar. Y aquí es donde la película cambia progresivamente de registro.

El tono áspero y casi salvaje de los primeros minutos va dejando paso a una narración mucho más clásica, coincidiendo con el momento en el que los protagonistas empiezan a domesticar el terreno. La naturaleza deja de ser el principal enemigo y aparecen otros conflictos mucho más difíciles de combatir: los internos. Porque una vez que han conseguido sobrevivir, cultivar la tierra y formar una familia, la lucha pasa a estar dentro de casa.

Las decisiones que toman los protagonistas a lo largo de los años terminan afectando inevitablemente a sus hijos y a la propia estructura familiar. Y mientras Inger parece mirar hacia fuera, Isak se convierte cada vez más en un hombre anclado a ese pedazo de tierra que ha conseguido hacer suyo. La familia funciona así como contrapunto del protagonista. Isak quiere que todo permanezca exactamente donde está, mientras que el mundo exterior continúa avanzando. Para él, abandonar esa tierra supondría prácticamente abandonar aquello que ha construido con sus propias manos.

Y ahí Growth of the Soil encuentra una de sus principales lecturas: la misma determinación que permite a Isak construir su hogar puede terminar convirtiéndose en aquello que lo destruye.


Herbert Nordrum y una mirada que lo dice todo

Si la película funciona tan bien también es gracias a un reparto que está a la altura de la magnitud del proyecto. Hay que destacar especialmente a Herbert Nordrum, a quien muchos recordaréis por La peor persona del mundo. Y sí, permitidme la comparación fácil: es como el Adam Driver noruego. El parecido físico es difícil de ignorar.

Pero aquí, más allá de la broma, Nordrum está sencillamente magnífico. De hecho, probablemente sea el mejor papel que le he visto hasta ahora. Construye a Isak desde la contención, utilizando mucho más la mirada y la expresión corporal que el diálogo. Un personaje que puede permanecer prácticamente en silencio durante minutos y, aun así, transmitir perfectamente lo que está pasando por su cabeza. Y cuando finalmente llega la explosión dramática, precisamente porque hemos pasado tanto tiempo observando ese silencio, el golpe funciona con mucha más fuerza.

A su lado, Asta Kamma August también está excelente como Inger. Curiosamente, ambos ya habían coincidido en Hypnosen, en 2023, y aquí vuelven a demostrar una química fundamental para que la relación entre sus personajes funcione durante tantos años y tantos cambios.

Una montaña difícil de escalar

Quizá el principal inconveniente que se le pueda poner a Growth of the Soil sea precisamente su desarrollo: es una película bastante lineal y no especialmente sorprendente. Sabemos hacia dónde va la historia y en determinados momentos podemos anticipar algunos de sus acontecimientos. Pero después de haber disfrutado prácticamente de cada uno de sus 155 minutos, cuesta convertir eso en un problema demasiado importante.

Porque hay películas que necesitan sorprenderte constantemente para mantenerte dentro de ellas y otras que simplemente quieren contarte una historia, dejarte contemplar el paisaje y acompañar a sus personajes durante el paso de los años. Growth of the Soil pertenece claramente al segundo grupo.

Es una película con unos cimientos muy sólidos, una factura visual espectacular y una ambición que se nota en cada plano. Se ven los euros invertidos en ella, pero, afortunadamente, nunca da la sensación de ser una película que quiera presumir de presupuesto. Todo está al servicio de esa historia de hombres y mujeres intentando encontrar su lugar en un mundo que cambia mientras ellos tratan de permanecer inmóviles.

Una película más que notable que confirma la buena racha de la Sección Oficial y que vuelve a poner el listón bastante alto. Después de unos primeros días algo irregulares, parece que por fin hemos encontrado esa montaña a la que merece la pena seguir subiendo.

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Escrito por

Professional Film Enthusiast. Redactor en @CINeol. Dicen que fuera de una sala de cine hay vida, pero yo creo que mienten!

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