ZINEMALDIA 2026 | El Mal Padre, Border y The Debut: Desentonados
Hay películas que necesitan encontrar su tono para funcionar y otras que precisamente hacen de la ruptura de ese tono una de sus principales virtudes. El problema llega cuando una película parece no saber qué quiere ser. En estos últimos días de festival me he encontrado con tres películas que juegan de maneras muy diferentes con el tono, aunque solo una de ellas consigue convertir esa incertidumbre inicial en una virtud.
El mal padre: cuando las piezas no encajan
Las historias de hijos que intentan reconciliarse con sus padres no son precisamente nuevas. Por eso, cuando una película parte de una premisa tan reconocible, necesita aportar un punto de vista, un tono o algún elemento que la haga diferente y, sobre todo, recordable.
El mal padre no lo consigue. La película reúne a tres hermanos en la casa familiar de vacaciones después de que su padre, el célebre escritor y académico Santiago Balmes, les pida pasar juntos las Navidades para cumplir un último deseo. A partir de ahí, secretos, reproches y viejas heridas deberían construir un drama familiar al que se incorporan diferentes elementos de comedia. Es justo ahí donde está uno de sus principales problemas. Mientras la veía no podía dejar de pensar en Casa en llamas, una película que también jugaba con la mezcla entre drama y comedia y que, con sus excesos, conseguía mantener una identidad bastante clara. Aquí, en cambio, los elementos parecen pertenecer a dos películas diferentes que alguien ha decidido montar juntas. En la parte dramática, los tres hermanos están construidos alrededor de arquetipos demasiado reconocibles: el soñador, la hermana exitosa y el pequeño que tiene miedo de acabar convirtiéndose en su padre. El problema no es que estos personajes puedan resultar familiares, sino que la película apenas encuentra nada nuevo que decir a través de ellos.
Las interpretaciones tampoco ayudan demasiado. Algunos secundarios podrían haberse quedado en la sala de montaje y, en general, el reparto se mueve dentro de unos personajes excesivamente marcados. Y ni siquiera Eduard Fernández consigue escapar completamente de esa situación. Es especialmente llamativo porque, cuando su personaje deja de explicar y simplemente observa, el actor demuestra todo lo que podría haber dado de sí la película. Cuanto menos dice su personaje, más transmite. Algunas frases y situaciones introducidas en los momentos supuestamente más íntimos terminan lastrando precisamente aquello que debería funcionar mejor.
En el lado cómico hay algún gag que consigue arrancar una sonrisa, pero también aparecen un par de situaciones bastante vergonzosas y algunos chistes de índole sexual que pretenden ser transgresores, romper el tono o sorprender al espectador y que terminan resultando completamente fuera de lugar. Y quizá lo peor sea que ni siquiera hay demasiadas sorpresas en el desarrollo. Después de una conversación entre el padre y su hijo pequeño, que está a punto de convertirse en padre, resulta bastante sencillo intuir hacia dónde se dirige la historia y cuál será su desenlace.
Cuando una película de este tipo consigue que sepamos cómo va a terminar mucho antes de que lo haga, necesita compensarlo con personajes, diálogos o una puesta en escena capaces de mantener nuestro interés y aquí tampoco los encontramos.
Sorprende, por todo ello, que El mal padre haya formado parte de la Sección Oficial. Y sirve también para confirmar una sensación que me ha acompañado durante este festival: el mejor cine español que he encontrado en Donosti este año estaba, en buena medida, en las secciones paralelas.
Border: no siempre menos es más
Si El mal padre tiene problemas para decidir qué tono quiere tener, Border parece haber decidido directamente prescindir de casi todos los elementos que tradicionalmente sostienen una narración. La propuesta más radical de la Sección Oficial era también, inevitablemente, una de las que más iba a dividir al público. Y así ha sido. Una película que terminó llevándose el premio del Jurado y que, sin embargo, a mí me deja bastante lejos de ese entusiasmo.
En un pueblo rural y minero, un joven sin dinero sobrevive prácticamente anestesiado hasta que la llegada de una misteriosa mujer despierta su curiosidad y le empuja hacia un mundo que desconocía. Una premisa que podría haber permitido explorar mucho más ese entorno, sus habitantes y la situación de sus protagonistas. Pero la película parece empeñada en quitarse elementos de encima. Simplifica la narración, los diálogos, la historia y hasta los personajes hasta quedarse con una especie de esqueleto al que, en mi opinión, le falta carne.
El resultado es una película por momentos vacía, aburrida y, sobre todo, efectista. Una búsqueda de la provocación que pocas veces provoca algo más allá de la indiferencia. Ahí está, por ejemplo, esa secuencia de masturbación mostrada en primer plano que parece diseñada para incomodar al espectador, pero que termina siendo más llamativa que verdaderamente significativa. Y es una pena porque visualmente había posibilidades. Los primeros planos de la película y algunos de los espacios rurales y mineros en los que se desarrolla la acción apuntan hacia una película que podría haber encontrado una personalidad visual muy interesante. Sin embargo, a medida que avanza, parece escoger casi siempre el plano que muestra la parte más fea de aquello que está sucediendo.
La historia tiene además un componente criminal y de cine negro que parece funcionar más como excusa para llegar a una resolución impactante que como un verdadero elemento narrativo. La referencia al cine de Jia Zhangke resulta evidente, pero Border se queda muy lejos de la profundidad y la capacidad de observación del cineasta chino. Incluso algunas decisiones formales que podrían haber resultado arriesgadas terminan perdiendo fuerza. Que los títulos de crédito aparezcan cuando todavía quedan alrededor de veinte minutos de película puede parecer una decisión interesante sobre el papel, pero el epílogo posterior, después de todo lo que hemos visto, apenas consigue recuperar el interés.
Y cuando una película decide eliminar tanto, hay un riesgo evidente: que al final no quede nada. Y en Border, para mí, queda demasiado poco.
The Debut: las penas se van cantando
Y entonces llega The Debut, la nueva película de Jesse Eisenberg después de la buena acogida de A Real Pain, para demostrar que desconcertar al espectador no siempre es un problema. La película cuenta la historia de Mona Friedman, una ama de casa tímida y discreta que consigue un pequeño papel en un teatro comunitario y descubre, casi de repente, una pasión por la interpretación que estaba escondida bajo años de rutina.
El comienzo resulta desconcertante. Los acontecimientos suceden con una rapidez casi inesperada y todo está impregnado de una especie de felicidad exagerada, sonrisas permanentes y buen rollo que resulta tan artificial que incluso llegamos a preguntarnos si estamos dentro de un sueño de la protagonista. Pero poco a poco entendemos que ese es exactamente el tono que Eisenberg quiere utilizar. Lo que inicialmente parecía un problema termina convirtiéndose en una de las principales virtudes de la película. Porque The Debut no pide permiso para cambiar de registro. Avanza con una personalidad muy marcada, directa y por momentos irreverente, utilizando incluso los números musicales para llevar la historia hacia lugares inesperados. Y ahí Eisenberg demuestra que no solo sabe dirigir y escribir, sino que además tiene un gusto musical que personalmente me ha dejado con ganas de ver qué podría hacer si algún día decidiera lanzarse de lleno a escribir un musical.
Buena parte del éxito de la película está también en su reparto. Julianne Moore tiene el papel más complicado y podría haber caído fácilmente en la sobreactuación. Sin embargo, consigue recorrer el camino de Mona desde la inseguridad y la tristeza hasta la satisfacción de sentirse realizada sin convertir su evolución en una caricatura. A su lado, Paul Giamatti funciona como contrapunto perfecto. Una presencia contenida, de pasividad agresiva y calma tensa, escondida bajo un personaje aparentemente duro en cuyo interior late algo mucho más tierno. Con su sola presencia consigue elevar muchas de las escenas que comparte con Moore. Una escena entre ellos dos y un sobre con dinero provocó risas y ovacionesn en cada una de las proyecciones durante el festival, y eso no es algo que se vea todos los días.
El gran éxito de The Debut es saber diferenciarse. Porque, sobre el papel, la historia de una mujer que busca sentirse realizada a través de una actividad fuera de casa tampoco es especialmente novedosa. Es una historia que hemos visto muchas veces, pero Eisenberg encuentra una manera particular de contarla. La lleva hacia la comedia, hacia el absurdo, hacia el musical y hacia una cierta irreverencia que consigue darle una identidad propia. Lo que en otras manos podría haber sido una película convencional sobre una mujer que decide recuperar una parte de sí misma se convierte aquí en algo mucho más divertido y estimulante.
Porque no se trata de tener un tono reconocible desde el primer minuto, sino de saber qué hacer con él. El mal padre nunca consigue unir sus piezas. Border las elimina hasta quedarse prácticamente sin ellas. The Debut, en cambio, juega con ellas, las exagera, las rompe y las vuelve a colocar cuando menos lo esperamos. Y, por una vez, el desconcierto termina siendo exactamente lo que necesitábamos para acabar entrando en la película.
Escrito por
Professional Film Enthusiast. Redactor en @CINeol. Dicen que fuera de una sala de cine hay vida, pero yo creo que mienten!