Venecia 2026: Un bon petit soldat, el nosotros corporativo
Stéphane Brizé vuelve a Venecia con Un bon petit soldat y lo hace acompañado de dos actores que ya saben lo que es llevarse una Coppa Volpi del Lido: Alba Rohrwacher, premiada en 2014 por Hungry Hearts; Vincent Lindon, por su parte, la ganó en 2024 por Noi e loro. El director francés tampoco es precisamente un desconocido para la Mostra: ya pasó por competición con El Jardín de Jeannette, Un nuevo mundo y Fuera de temporada. Si en buena parte de su filmografía ha mirado al mundo laboral, aquí vuelve a hacerlo con una historia que conoce bien.
Rohrwacher interpreta a Carla, una ejecutiva de 43 años que acaba de asumir la dirección de Recursos Humanos de una gran empresa. Su trabajo consiste, en teoría, en cuidar del bienestar de los empleados mientras cumple los objetivos de rendimiento que marca la dirección. Y aquí Brizé encuentra un filón para meter el dedo en una de las grandes enfermedades de la cultura empresarial contemporánea: cada vez importa menos hacer y cada vez más conseguir que parezca que se hace. Un mundo colonizado por las consultoras, los KPI y los discursos sobre bienestar que conviven alegremente con una presión laboral capaz de desbordar la vida de cualquiera.
La película va precisamente de eso. Carla intenta combinar una vida laboral que le exige horas que no tiene, con una vida familiar que necesita un tiempo que tampoco puede darle. Brizé se mueve muy bien en este territorio y vuelve a señalar la degradación y despersonalización del mundo laboral sin convertir el discurso en un panfleto. La cámara se acerca a los personajes en medios planos, captando sus reacciones y dejando ver cómo ese supuesto «nosotros» del lenguaje corporativo significa, en realidad, «yo más». La película está muy bien filmada y desarrolla un guion pertinente, capaz de convertir la jerga empresarial en una forma más de violencia.
Y aquí Rohrwacher nos ha dado una de las interpretaciones del festival. Su Carla está permanentemente al límite, intentando mantener una fachada de control mientras todo se descompone a su alrededor. Lindon tiene un papel secundario pero fundamental y aprovecha cada aparición para construir otro personaje brillante, de esos que parecen estar hablando siempre desde una posición de poder incluso cuando apenas levantan la voz. Un bon petit soldat continúa así la exploración de Brizé sobre el trabajo como espacio de sometimiento y demuestra que, cuando se trata de hablar de oficinas, jerarquías y seres humanos convertidos en recursos, el francés sigue teniendo bastante que decir.
Escrito por
Fincheriana (en plena crisis de identidad) replicante de la familia Corleone.