Venecia 2026 – Día 2: El noble arte del randomeo
Una de las cosas bonitas de los festivales, además de reencontrarse con directores que han ayudado a modelar nuestra cinefilia, es practicar lo que podríamos llamar el randomeo. Dícese de rellenar ese hueco que queda entre una película de la Sección Oficial y esa otra de un director italiano que una vez nos gustó mucho, pero que ahora presenta fuera de concurso. Consiste en apostar por algo bizarro, una ópera prima o, simplemente, pensar: «es que sale Louis Garrel». Y así es como una acaba viendo, en la misma jornada, un documental sobre el sumo y otro sobre la región de Borgoña y su uva. Cosas de los festivales.
Burgundy: el vino como forma de vida
Burgundy juega con inteligencia a ser un falso documental. Sus protagonistas son personas reales interpretándose a sí mismas, pero todos pertenecen, de una manera u otra, al universo vinícola de Borgoña. Está el propietario de varias bodegas enfrentado a la sucesión como cabeza de un pequeño imperio; el sumiller capaz de oler la historia de una región en una copa; el joven que descubre que su sueño de elaborar un vino con el que fundar su propia bodega quizá no sea más que un castillo en el aire; o el crítico que termina en fisioterapia después de una jornada en la que ha tenido que catar un centenar de vinos. Un conjunto de personajes con virtudes, miserias y obsesiones, unidos por una relación casi vital con la tierra y lo que esta produce.
La película construye así un pequeño micromundo, tan clasista como tantos otros, pero bastante más fascinante que muchos de ellos. Burgundy observa a sus protagonistas sin juzgarlos demasiado y encuentra precisamente ahí buena parte de su encanto: en la posibilidad de asomarse a un universo cerrado, lleno de rituales, jerarquías y contradicciones. El resultado es una película entretenida y agradable, de esas que consiguen que, durante buena parte de su metraje, uno desee compartir espacio y alguna que otra copa con sus protagonistas. Por cierto, tendremos ocasión de comprobarlo de nuevo en el próximo Festival de San Sebastián, donde la película podrá verse dentro de la sección Culinary Zinema.
Sumo: el peso de cada golpe
Una de las sorpresas de la jornada ha llegado, precisamente, de donde menos la esperábamos. Sumo es un documental visualmente poderoso sobre un deporte cuya dimensión física resulta difícil de comprender hasta que la cámara se acerca lo suficiente a quienes lo practican. La película muestra la preparación que exige, la disciplina necesaria y los estragos que provoca en los cuerpos de sus luchadores. En algunos momentos se insinúa que el sumo es más una cuestión de práctica y técnica que de físico, pero basta escuchar el sonido de dos torsos enormes chocando frontalmente para que la teoría pierda algo de fuerza. Cada golpe suena a dolor, y esa sensación consigue atravesar la pantalla.
Pero el documental no se limita a explicar las reglas de un deporte que para muchos espectadores occidentales sigue siendo un territorio casi desconocido. También se interesa por su presente y por las relaciones humanas que lo rodean: la presión de los estudiantes por no defraudar a sus maestros y familias, la competencia entre antiguos compañeros de academia o la exigencia de un sistema en el que el cuerpo es, al mismo tiempo, herramienta y víctima. Sumo alterna con acierto la dimensión didáctica con la observación de esa realidad contemporánea y encuentra en su calidad visual una de sus mayores virtudes. No incomoda, porque no deja de ser un deporte, pero tampoco deja espacio para la duda: después de cada choque, alguien ha salido perdiendo.
Escrito por
Fincheriana (en plena crisis de identidad) replicante de la familia Corleone.