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Venecia 2026 – Día 1: Ink: tinta, sangre y negocio

Venecia 2026 – Día 1: Ink: tinta, sangre y negocio
Publicado hace 21 h

Danny Boyle inaugura Venecia con el explosivo relato del ascenso de Rupert Murdoch y la transformación de The Sun en una maquinaria dispuesta a vender cualquier cosa.

No podía esperarse una inauguración discreta con una película sobre el nacimiento de una forma de entender la prensa basada en el exceso. Danny Boyle abre la 83ª Mostra con Ink, un relato sobre el desembarco de Rupert Murdoch en el universo de los tabloides londinenses y la vertiginosa transformación de The Sun en una de las cabeceras más populares y controvertidas del Reino Unido.

Danny Boyle adapta, junto al guionista James Graham, la obra teatral del propio Graham y encuentra en el enfrentamiento o, mejor dicho, en la alianza entre Rupert Murdoch y Larry Lamb el motor de una película que funciona tanto como relato de ascenso empresarial como radiografía de una transformación que acabaría modificando para siempre la relación entre la prensa y sus lectores. Guy Pearce interpreta al primero y Jack O'Connell al segundo, y ambos sostienen una película que encuentra precisamente en esa relación su mayor fuente de energía.

O'Connell convierte a Lamb en una fuerza de la naturaleza. Un hombre dispuesto a hacer lo que sea necesario para conseguir lectores, convencido de que cada portada debe ser más grande, más escandalosa y más irreverente que la anterior. Pearce, por su parte, compone un Murdoch aparentemente más frío y contenido, alguien que parece observar desde cierta distancia las extravagancias de su editor. Entre ambos, Claire Foy aporta un necesario contrapunto femenino a un ecosistema construido y gobernado por hombres, ayudando a que la película no se limite a observar desde dentro la maquinaria que está contribuyendo a poner en marcha.

Boyle dirige con una elegancia no tan habitual en él, aunque sin renunciar por ello a la energía que siempre ha definido su cine. Ink tiene ritmo, nervio y, sobre todo, un espíritu punk que encaja perfectamente con el momento histórico y con la revolución que pretendían provocar sus protagonistas. En ese sentido resulta fundamental el trabajo de montaje de Fin Oates, capaz de cambiar de velocidad según lo requiere el relato y de convertir la sucesión de acontecimientos en una carrera cada vez más descontrolada. Boyle sabe cuándo acelerar y, quizá más importante todavía, cuándo detenerse para observar las consecuencias de esa velocidad.

Porque aunque pueda parecer que Rupert Murdoch no comparte las formas de Larry Lamb, Boyle deja claro, con bastante más sutileza de la que cabría esperar, que la desavenencia entre ambos es, fundamentalmente, estética. Al final, business is business, claro. Cada intento de Lamb por arañar un nuevo lector supone empujar la línea roja de los límites de la prensa unos metros más allá. Y Murdoch podrá fingir incomodidad, podrá mirar desde la barrera e incluso aparentar cierta distancia moral, pero nunca llega a poner un freno real a una maquinaria que, además de execrable, resulta extraordinariamente rentable.

Ahí está una de las mayores virtudes de la película. Ink no necesita convertir a Murdoch en un villano de opereta para explicar quién es. El carácter del magnate se construye en los detalles, en esa capacidad para desentenderse de las formas mientras disfruta de los beneficios. Su ambigüedad es, en realidad, una forma de ejercer el poder: dejar que otros suban la apuesta para después recoger los resultados.

El montaje del final de la película es tan endiabladamente rápido que el espectador puede pasar por alto quién ha sido realmente Rupert Murdoch y cuál ha sido su historia más reciente. Pero tampoco hace falta que Boyle nos recuerde todo lo que vino después de los acontecimientos que narra. El magnate, su imperio mediático y las consecuencias de aquella forma de entender la información forman parte de nuestra historia reciente.

La película habla de periódicos, de titulares y de lectores. Pero también habla de poder y de responsabilidad. De cómo una frontera se mueve cuando alguien descubre que cruzarla resulta rentable. Danny Boyle abre Venecia con una película vibrante y endiabladamente entretenida que demuestra que antes del clickbait, de las redes sociales y de la información convertida definitivamente en mercancía, hubo quienes comprendieron que el escándalo podía venderse. Y que siempre habría alguien dispuesto a comprarlo.


Escrito por

Fincheriana (en plena crisis de identidad) replicante de la familia Corleone.