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Reflexiones de un guionista en Sitges. Parte IX: Luger
Carlos García Porcel, 01/11/2025
Cuando entras a una película porque sale David Sainz, y sales queriendo consultar el IMDb hasta del apuntador.
Último pase en el Meliá. Era casi medianoche y venía de dar mil vueltas por el precioso Sitges, intentando sacudirme la frustración de la película sosa que había visto ese día. Iba con las ilusiones contenidas.
Por un lado, con la alegría de ver a David Sainz en proyectos ajenos. El chaval, un poco mayor que yo, forma parte de la cultura popular gracias a su excelente y envidiable Malviviendo. Creo que todos los de mi generación que soñaban con hacer cine admiran al canario.
Por otro lado, con un sesgo autoimpuesto: “a ver qué tal una película española de acción de bajo presupuesto”. Muchos “de” dentro de ese “a ver qué tal”. Y es que no conocía lo que Luger (dirigida por Bruno Martin, con guion del mismo y Santiago Taboada) podía ofrecerme.
Lo que encontré me hizo disfrutar como espectador y alucinar como guionista: una película como David el Gnomo, pequeña pero poderosa, honesta y terriblemente entretenida. Apostaría que quien la programó es el mismo que apuesta por las pelis coreanas de mamporros.
La historia no se anda con rodeos: se come el primer acto en una sola secuencia y te deja todo claro para lo que viene después. Pero queriendo saber qué viene después. Y aunque es una película de acción, no le teme a bajar una marcha de vez en cuando (nunca a primera: arranca y no se detiene) para detenerse en los personajes.
Y ahí es donde Luger se luce: ¡pedazo de personajes! Desde los protagonistas —ya he dicho lo que tenía que decir de David Sainz, pero ese Mario Mayo… ¡ojo! actorazo revelación que querría en todas mis producciones— hasta los secundarios, antagónicos o figurantes. Me gusta hasta el figurante número 2. Cada uno de ellos podría sostener su propia película. Destaco al facha del bar, el cerrajero loco, la mujer de la casa de empeños o el malo malísimo, interpretado por un Ramiro Alonso de voz asabinada y presencia imponente.
Aunque la trama es sencilla, funciona: una buddy movie donde dos matones se meten en un lío tremendo por culpa de la avaricia. Porque creo que de eso va la película: cómo el segundo pecado capital destruye familias, amistades y futuros. Bruno Martin sabe personificar esa lucha entre Rafa —egoísta y cobarde— y Toni, que es todo corazón, para bien o para mal.
No quiero extenderme demasiado, porque la película habla por sí sola y merece ser vista.
Vuelvo a la frase inicial: Luger es de esas películas que te invitan a investigar qué más han hecho quienes participaron en ella. Y he descubierto una red superinteresante de actores, productores, directores, guionistas y otros autores dedicados al género, curtidos en cortometrajes, que dan sentido al espíritu de Luger: ir al grano, personajes carismáticos y muchos puntos de giro. Lo que todo buen corto pide.
Como guionista, me quito el sombrero y envidio a ese grupo que tan difícil es conseguir.
Ojalá algún día pueda meter el pie allí.