Reflexiones de un guionista en el D’A 2026
Hola, fieles lectores (hola, mamá).
La gente de CINEOL ha vuelto a ser engañada a confiar en mí para ser su “representante” en el D’A de este año 2026. Temo, por lo que estoy a punto de escribir, que quizá sea la última vez. Y es que tengo un tema con el cine de autor.
Al menos, con el tipo de autoría que he visto en este festival. Así que aquí van mis reflexiones a través de las tres películas que llegué a acabar.

Il quieto vivere, de Gianluca Matarrese (guion suyo y de Nico Morabito)
La película empieza muy bien: un plano cinematográfico, casi de western, un poco surrealista, con una premisa potente.
Pero el problema es que se queda en un constante primer acto. En la charla posterior con Gianluca (que, por cierto, es encantador y contó anécdotas divertidísimas del estreno) la película cogía una dimensión nueva.
Y ahí está el tema: Il quieto vivere la disfrutas cuando te explican el mecanismo. Ahí la primera reflexión: como guionista, tengo un conflicto con eso.
Es como esperar que te rías cuando te explican la gracia del chiste.
La película debe funcionar por sí sola, explicarse sola desde mi punto de vista, y luego ya, si quieres, descubres capas. Cuesta seguir apostando emocionalmente por una historia cuando no hay una progresión dramática.
La propuesta es arriesgada (podría haber saltado por los aires en cualquier momento) y se sostiene en personajes potentes: dos mujeres que no se soportan porque están hechas del mismo barro, pero con distinta suerte. Terquedad, familia y orgullo hilando todo. El problema es que el juego está hecho hacia adentro, como una broma interna. El espectador o la compra o no… pero no participa.
En resumen: tiene ingredientes buenísimos (personajes, trasfondo jodido, planteamiento de juego, un director majete) pero se queda en el primer acto. ¿Tiene sentido? Claro: la historia no avanza porque ellas no avanzan. No hay resolución porque no hay solución. Lo pillo. Debe ser así.
Pero no me pidas que me lo crea, ni que mantenga el tipo, durante todo el metraje.
Película sencillísima y visualmente perfecta.
La historia de amor, coming of age, LGTBIQ, te atrapa. Entiendes a la protagonista: perdida, oprimida, pero con una ventana al mundo llamada Fantasy, que nos gusta a todos.
Y es precisamente ese gusto por la historia lo que hace que la película se quiera demasiado y no se deje ir. Se pierde en sí misma. Quiere recuperar lo punky de su primera parte, lo videoclipero que abandona a favor de una radiografía del personaje… y ahí es donde peta.
Aquí la segunda reflexión: ¿Qué nivel de intervención requiere el cine de autor? ¿Cuánta libertad debe tener un autor/a en su proceso?
Una película, al ser parte de la industria cultural, juega un papel complicado: debe pertenecer a la industria (ser un producto viable) y a la cultura (mantener una entidad única, fuera de lo estrictamente comercial). Ninguno de los dos aspectos se debe abandonar.
No sé qué nivel de colaboración tuvo la película, si pasó por laboratorios, mentorías o cirugías de guion. Pero sí sé que el cine es un trabajo colaborativo. Y aquí la película merecía una relectura en guion para pulir su metraje, no caer en redundancias ni alargarla en exceso. Faltó alguien que le dijera a Kukla:
“Eh, Kukla, mola tu peli, el rollo videoclip casa con la juventud y la locurilla de la prota, pero… corta el rollo. Quita esa escena. Acorta esta otra.”
Pizza Movies, de Carlo Padial (guion de Carlo Padial, Desirée de Fez y Carlos de Diego)
Ni confirmo ni desmiento que escribo desde la envidia de ver una sala llena hasta las trancas… y que esas trancas fueran el 90% de mis cómicos preferidos.
Pero quiero vincular la película con una tercera reflexión, ahora desde alguien que está picando la puerta de la industria: Las películas son imposibles sin colaboración. Y Pizza Movies existe, en parte, por la magna red de contactos de Padial. Porque conseguir a los dos mejores humoristas del país, rellenar con caras conocidas y cameos de colegas… eso solo pasa si tienes la red tejida.
Llámale talento sostenido en el tiempo. Llámale estar donde debes estar cuando debes estar. Llámale ser el primero en algo.
Pero Carlo lo tiene bien atado para convertir un producto —entre nosotros, un pelín casero e improvisado (que seguramente es justo lo que buscaba)— en un fenómeno dentro del mundillo del artisteo catalán. En estas propuestas, el guion no adquiere la importancia que debería; se relativiza por completo para darle cabida al más que loable mundo de Padial de la divagación y el DIY. El éxito aquí depende de la fe en su código, más que de los méritos cinematográficos del propio metraje.
¿La película en sí? Simpática. Excesivamente naïf en momentos. Con un final abrupto. Y yo, que soy poco amigo del post‑humor, me pregunto si me habré vuelto un señor mayor y huraño.
Conclusión: la autoría como invento útil (y sobrevalorado)
Quizá fue mi error de novato festivalero ir con la expectativa de que cine de autor = cine de calidad, cuando realmente es un cine más experimental, que arriesga, que no busca lo excelente sino lo personal.
El D’A me pide que crea, que perdone, que empatice, que le ría las gracias (Affection, Affection). Me pide que me siente en su sofá, vea las fotos de su viaje de verano y me emocione con ellas. Que le huela los pedos.
Pero, para mí, visión y narrativa no deberían estar en lucha. No hay que renunciar a una para potenciar la otra. Es decir: no es mejor cine una de la MCU, pero tampoco peor.
¿Por qué no puede ser una propuesta más comercial cine de autor? No digo ya Carla Simón, digo por ejemplo MadS (2024, escrita y dirigida por David Moreau). En MadS vi una excelencia técnica increíble aplicada a la narrativa por un motivo: la inmediatez. Eso es una visión autoral tan válida como las del D’A, pero sin renunciar a una narrativa potente, desnuda y explícita.
Y ojo, no quiero collejas, pero… ¿no sería el Santiago Segura de Torrente un autor? Hagamos checks: una factura reconocible check y construyó un mundo único check, una visión personal y esperpéntica de la realidad check.
¿No es la autoría un invento útil? Sirve para ordenar, para clasificar, para vender, para programar festivales, para justificar decisiones creativas. Pero también es un invento que nos hemos tomado demasiado en serio.
Porque si la autoría es solo una etiqueta, un marco, un relato… entonces igual todos somos autores.
Los que ruedan con cuatro duros y los que ruedan con millones.
Los que improvisan y los que planifican.
Los que hacen westerns surrealistas y los que hacen post‑humor. Los que hacen MCU. Los que hacen una de zombies. Los que hacen Torrente.
Y si todos somos autores… igual la pregunta no es quién lo es, sino para qué nos sirve seguir diciendo que lo es.
Y porque, aunque no lo admita en voz alta…
igual yo también quiero serlo.
Escrito por
Mamá, ya soy guionista. Sueño en 16:9. Elegí un mal día para usar las tres conchas.

