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Cannes 2026. Día 9: MetaAlmodóvar

Cannes 2026. Día 9: MetaAlmodóvar
Publicado hace 2 horas

Hay directores que con los años se vuelven más sencillos y directores que se vuelven más complejos. Almodóvar, que lleva décadas haciendo las dos cosas a la vez.

El director entrega con Amarga Navidad una película que parece tranquila en su superficie —una mujer, un duelo, una isla— y que resulta ser, una vez que te metes dentro, bastante más elaborada de lo que aparenta. Un guion en forma de muñeca matrioska: abres la primera y hay otra, abres esa y hay otra más, y cuando crees que has llegado al fondo resulta que el fondo también tiene tapa.

La historia arranca con Elsa, directora de publicidad que no sabe cómo llorar la muerte de su madre y decide escaparse a Lanzarote con su amiga Patricia mientras su pareja Bonifacio se queda en Madrid haciendo de ancla a distancia. Pero eso es solo la capa exterior. Porque Amarga Navidad es, en realidad, una película dentro de otra película dentro de la propia película, donde ficción y realidad corren en paralelo y de vez en cuando se rozan —con cuidado, sin fusionarse del todo— en momentos que son de los más logrados del cine español reciente.



Uno de los grandes aciertos del guion es la forma en que el propio texto señala sus posibles costuras. Es el personaje de Aitana Sánchez-Gijón quien se encarga de hacerlo, echándole en cara al personaje de Leonardo Sbaraglia todos los agujeros de la historia que él acaba de contarle: las inconsistencias, los cabos que no atan, los saltos de lógica que cualquier espectador espabilado podría haber subrayado. La escena suena inevitablemente a lo que el propio Almodóvar se diría a sí mismo tras leer el guion en voz alta por primera vez. Y la diferencia con cualquier otro guionista es que él, en lugar de ponerse a reescribir, integra esa autocrítica directamente en la historia. El posible fallo se convierte en material narrativo, y lo que podría haber sido una fisura se transforma en una de las bisagras más inteligentes de la película. El tercer acto, que arranca desde ahí, tiene una elegancia acumulada, casi musical: sabe adónde va y llega sin prisas y sin aspavientos.

Sobre las madres —porque en Almodóvar siempre hay que hablar de las madres— la película propone algo poco habitual. Aquí conviven tres variantes de la figura materna: la madre viva, la madre muerta y, quizá la más inquietante de las tres, la que es una muerta en vida. No hace falta desvelar qué personaje ocupa cada lugar para entender que Almodóvar no está trabajando la maternidad como sentimiento sino como condición, como un estado que persiste más allá de la biología y, en algún caso, más allá de la propia conciencia. Es un triángulo que la película no exhibe ni explica; lo deja reposar bajo la superficie hasta que el espectador lo va encontrando solo.

En cuanto al reparto, la película deja claro algo que ya se intuía: no todo el mundo lleva igual los diálogos de Almodóvar. Aitana Sánchez-Gijón está extraordinaria —su escena de la diatriba contra el guion es uno de los momentos más disfrutables del año— y Bárbara Lennie maneja el registro almodovariano con una naturalidad que desarma. Victoria Luengo, en cambio, aparece algo más encorsetada, como si los parlamentos le pesaran un poco más de lo debido, como si todavía estuviera negociando los términos con el texto en lugar de habitarlo. Entre los actores, Patrick Criado se lleva el premio a la mejor relación calidad-pantalla: su personaje es secundario, su relevancia va decayendo a medida que avanza el metraje —la película lo sabe y no se disculpa por ello—, pero Criado le imprime un desparpajo tan genuino que cada una de sus apariciones sabe a algo que no estaba en el presupuesto.



La puesta en escena acompaña con la discreción de quien conoce sus propias manías y ha aprendido a usarlas sin pasarse. Los guiños a sus películas favoritas —ajenas y propias— están ahí para quien quiera leerlos, pero la película no los señala con el dedo; los deja como notas al margen de un texto que funciona perfectamente sin ellos. La fotografía de Pau Esteve Birba tiene esa elegancia quieta que no compite con lo que ocurre delante de la cámara sino que lo sostiene: la luz de Lanzarote, árida y contundente, hace un trabajo dramático que ningún diálogo tendría que hacer. Y la banda sonora de Alberto Iglesias es exactamente lo que debe ser: presente sin apabullar, emocionalmente precisa sin caer en el subrayado. Un oficio que, a estas alturas, ya es indistinguible del instinto.

Amarga Navidad no es la película más accesible de Almodóvar ni la que vaya a generar más consenso. Es, en cambio, la de un autor que se mira al espejo sin apartar la vista, que encuentra en la autocrítica no un ejercicio de humildad sino un mecanismo creativo, y que consigue, con todo eso, hacer una película que en su último tramo alcanza esa temperatura en la que el cine deja de ser representación para convertirse en algo más difícil de nombrar.


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Escrito por

Fincheriana (en plena crisis de identidad) replicante de la familia Corleone.