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Cannes 2026. Día 4: de la virtud y la incisión

Cannes 2026. Día 4: de la virtud y la incisión
Publicado hace un día

Jornada curiosa en Cannes, con una película en competición que se queda a medio camino de lo que propone y una de esas gamberradas marca de la casa en la Quincena que, para bien o para mal, no se parecen a nada más.

SoudainHamaguchi Ryusuke

La cerrada ovación que recibió la nueva película de Hamaguchi Ryusuke en su presentación en el Grand Théâtre Lumière confirmó el idilio del realizador con este certamen. Cuesta sorprenderse: el japonés lleva años demostrando que sabe exactamente cómo hacer que el tiempo cinematográfico funcione de manera diferente. Soudain, su primer largometraje en francés, se construye en torno a dos mujeres: Virginie Efira, que da vida a Marie-Lou, directora de una residencia de mayores en las afueras de París que intenta implantar el método Humanitude —una filosofía de cuidados basada en el respeto a la dignidad del paciente—, y Tao Okamoto, una directora de teatro japonesa con la que se cruza de manera fortuita y cuyo encuentro tiene un fuerte impacto en sus vidas.

La película se divide en tres tiempos que no funcionan igual. El prólogo presenta a los personajes con la precisión habitual de Hamaguchi, y tanto Efira como Okamoto —estupendas las dos, así como buena parte del reparto secundario— se instalan en sus roles con naturalidad. El problema llega en su parte central, prácticamente monopolizada por una larga conversación entre ellas. Sobre el papel, terreno ideal para el director, que ha hecho de la palabra y del tiempo dilatado una de sus señas de identidad. Pero aquí algo no termina de funcionar: la escena se alarga sin encontrar suficiente densidad cinematográfica y acaba derivando en una exposición que por momentos recuerda más a una clase universitaria que a un desarrollo dramático. Hay ideas, muchas, pero están planteadas de forma demasiado explícita, sin el tejido emocional que las sostenga.

La última parte, en cambio, es la mejor: las dinámicas entre personajes se vuelven más ricas, los secundarios ganan peso, y la película se aproxima a la muerte y a cómo encararla con una delicadeza que pocas veces se ve en pantalla. El tratamiento de los cuerpos —su plasticidad, su capacidad de curación, su dignidad incluso en la fragilidad— es de una humanidad que desarma. El conjunto, pese al desequilibrio entre sus partes, es una película que deja huella.

Es la tercera vez que Hamaguchi llega a la competición oficial, y es también la primera vez que sus decisiones no terminan de funcionar del todo.


Journal d'une femme de chambreRadu Jude

Y luego llegó Radu Jude con su primera película fuera de Rumanía, y la Quincena agradeció el impacto. Journal d'une femme de chambre es una meta-adaptación libérrima de Octave Mirbeau —nada que ver con el Buñuel del 64, aunque el título convoque inevitablemente esa sombra, que además se menciona en la cinta rumana—: una joven rumana (Ana Dumitrașcu, estupenda) trabaja para una familia francesa en Burdeos y acaba formando parte de una compañía de teatro amateur que prepara una adaptación de El diario de una camarera. La ficción literaria y la vida real empiezan a contaminarse mutuamente, y Jude aprovecha cada grieta para meter el dedo.

Mordaz, irónica, jugando con los idiomas como quien cambia de registro sin avisar —francés, rumano, y el baile entre manos como materia tragicómica—, la película retrata sin piedad a los ricos y eso, cuando no lo eres, hace mucha gracia. Vincent Macaigne tiene un personaje al que le sienta bien la ambigüedad y una aproximación a lo humano casi infantil, y Dumitrașcu sostiene la película con una presencia que no necesita impostarse. Formalmente es menos caótica que otras obras del director, pero nunca cae en el clasicismo: Jude sabe exactamente lo que hace y por qué lo hace.

Todo lo que tiene de virtuoso Hamaguchi, Jude lo tiene de incisivo. Dos maneras de entender el cine que, puestas una al lado de la otra en el mismo día, dicen más sobre la salud del festival que cualquier titular.

Y en ese equilibrio entre cine de autor y maquinaria industrial, Cannes volvió a mirar a Hollywood con la concesión de la Palma de Oro honorífica a John Travolta. Un reconocimiento a una de esas figuras que definen por sí solas varias décadas de cine popular, de Saturday Night Fever a Pulp Fiction, y que devuelve a la Croisette ese brillo de star system que, por momentos, parecía mantenerse en segundo plano en esta edición. Sin grandes estridencias, pero con el peso simbólico de homenajear a un icono, el festival recuerda también que su historia se construye desde la autoría y se disfruta con los mitos.

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Fincheriana (en plena crisis de identidad) replicante de la familia Corleone.