Cannes 2026: Día 11: Coward, la pasión bajo control
Lukas Dhontllegó a Cannes con la Caméra d'Or por Girl y con el Grand Prix por Close. Su tercer largometraje, Coward, lo devuelve a la competición con la historia más ambiciosa que ha abordado hasta ahora: el frente belga de la Primera Guerra Mundial, 1916, en el que dos soldados descubren entre las trincheras un amor que el mundo exterior no les permitiría vivir.
La guerra que protege
La película nace de una fotografía de archivo que Dhont encontró: soldados vestidos de mujer durante la Gran Guerra, actuando para sus compañeros de batallón. Esa imagen es el corazón de Coward: una compañía de teatro ambulante formada por los propios reclutas que convierte campos desolados en clubes nocturnos efímeros. En ese espacio, el taciturno Pierre (Emmanuel Macchia), campesino de mirada huidiza y el extrovertido Francis (Valentin Campagne), sastre y alma de la compañía, tan cómodo en vestido y maquillaje como con el uniforme, construyen algo que ninguno de los dos sabe nombrar.
Lo que Dhont encuentra en esa contradicción es el motor de la película: la guerra es precisamente lo que permite y protege su amor. Fuera de las trincheras, la vida que les espera los obligaría a volver al armario. Dentro, nadie les pregunta. Es una idea poderosa y la película la desarrolla con una sensibilidad que es la seña de identidad del director.
La belleza que aprieta
En lo audiovisual, Coward es una película muy cuidada: la fotografía de Frank van den Eeden —colaborador habitual de Dhont— tiene momentos de una belleza genuina, el montaje es ágil y la banda sonora de Valentin Hadjadj acompaña sin imponerse. El problema es que, a diferencia de lo que sucedía con Pawlikowski en Fatherland —cuyo clasicismo nunca se siente forzado—, aquí hay momentos en los que la película se nota encorsetada. Close era visualmente menos lograda pero resultaba más ligera en su planteamiento, más dispuesta a soltar las riendas. Coward controla demasiado, y esa tensión entre la contención formal y la pasión que intenta retratar acaba produciéndose en contra de algunos momentos en que la emoción queda demasiado embridada.
Los actores, en cambio, saben exactamente lo que se les pide: personajes que durante toda la película han de disimular lo que sienten y que logran transmitirlo con pequeños gestos, con una mirada, con la manera en que la mano de uno roza el brazo del otro. Macchia y Campagne tienen una química que la cámara no necesita subrayar y eso es, en gran medida, lo que mantiene la película en pie cuando el guion se vuelve demasiado ordenado.
Dos películas, dos maneras
Es imposible no compararla con La bola negra, que hemos visto hace apenas dos días y que propone exactamente lo contrario: donde Los Javis apuestan por la desmesura, el color y la anarquía formal, Dhont elige la sutileza, la contención y el control. La española tiene más pasión y menos precisión; la belga tiene más precisión y, en ocasiones, menos pasión. Las dos tienen homosexualidad y armario como tema central. Las dos tienen logros y limitaciones. Y juntas, una al lado de la otra en la misma edición de Cannes, dicen más sobre las distintas maneras de entender el cine que cualquier análisis por separado.
Una nota al margen: Das Geträumte Abenteuer — Valeska Grisebach
También vimos, aunque en condiciones que no acompañaban, Das Geträumte Abenteuer, el regreso de Valeska Grisebach a la competición nueve años después de Western. La película sigue a Veska (Yana Radeva), una mujer que se cruza con un viejo conocido en Svilengrad, un pueblo búlgaro fronterizo, que a partir de ese momento deambula metiéndose en la vida de los demás sin que el relato acabe de llegar a ningún sitio con claridad. Casi como una docu-ficción híbrida que tiene sus virtudes formales pero que pierde el hilo que pretende tensar. Lo que sí queda claro es que Yana Radeva ha entrado en las quinielas de interpretación femenina de esta edición, no sin razón.
Escrito por
Fincheriana (en plena crisis de identidad) replicante de la familia Corleone.