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Cannes 2026. Día 10:The Man I Love o el arte como forma de seguir vivo

Cannes 2026. Día 10:The Man I Love o el arte como forma de seguir vivo
Publicado hace 11 horas

Hay directores que llevan décadas construyendo un cine sin aspavientos, con una honestidad sobre los cuerpos y los afectos que el cine mainstream rara vez se permite. Ira Sachs es uno de ellos y The Man I Love es, a estas alturas de su filmografía, una de sus películas más plenas.

Nueva York, finales de los ochenta. Jimmy (Rami Malek) es un artista querido del mundo del teatro que regresa a los escenarios tras un período de enfermedad. La película no necesita subrayar lo que eso significa: el contexto histórico lo dice todo sin que nadie tenga que pronunciarlo. Lo que Sachs nos propone es la ventana de tiempo que se abre entre el diagnóstico y el final, ese espacio donde la belleza y el amor siguen siendo posibles si uno se empeña en ellos. Jimmy se empeña. Quiere montar una obra. Quiere bailar. Quiere amar y, sobre todo, seguir siendo él.

Rami Malek entrega aquí el trabajo más completo de su carrera. Construye a Jimmy desde la alegría casi infantil de volver al escenario —hay algo en su manera de moverse que dice "esto es lo único que sé hacer y lo sé hacer bien"— hasta la desesperación silenciosa de quien sabe que su tiempo se acaba. La escena en la que canta la canción de Gershwin que da título a la película es de las que no se olvidan. Rebecca Hall, como su hermana Brenda —la realista del grupo, la que no puede permitirse el lujo de la negación—, junto a Ebon Moss-Bachrach y Tom Sturridge como el resto de la familia más cercana completan un reparto sin un solo eslabón débil.

La elegancia formal de la película no es decorativa sino funcional: la fotografía de Josée Deshaies se aproxima a los cuerpos con una delicadeza que elude cualquier asomo de morbo y la selección musical —que incluye momentos en que los personajes cantan, con naturalidad y sin estridencias— integra la emoción en lugar de imponerla. El guion, escrito con Mauricio Zacharias, consigue que la acción dramática transcurra sin sensacionalismo: todo lo importante ocurre en los gestos, en lo que se calla y en lo que se decide no mostrar. Sachs sabe–y aquí lo demuestra una vez más–, que la contención no tiene por qué confundirse con frialdad. Ocho minutos de ovación en el Grand Théâtre Lumière, con Malek llorando en la Croisette. Merecidos.

De cara al palmarés, Malek se suma a los posibles laureados como mejor actor. La cuestión es que a Sachs posiblemente le pase como a Gray: los dos saben hacer muy bien su trabajo, pero la contención les va en contra a la hora de entrar en los palmarés.


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Escrito por

Fincheriana (en plena crisis de identidad) replicante de la familia Corleone.