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Bucking Fastards: los sueños olvidados

Bucking Fastards: los sueños olvidados
Publicado hace 12 h

La primera cinta a competición de la Mostra de este año viene de la mano de un tótem del cine europeo. Werner Herzog llega al Lido con Bucking Fastard, una historia protagonizada por Kate y Rooney Mara que vuelve a poner en juego algunas de las constantes de un cineasta acostumbrado a mirar hacia personajes situados en los márgenes. La experiencia y el oficio siguen ahí. La cuestión es qué hace Herzog esta vez con ellos.

Werner Herzog tiene 83 años y Bucking Fastard posee muchas de las virtudes que cabría esperar de un director con semejante experiencia a sus espaldas: un notable manejo de la cámara, facilidad para encontrar el ritmo de cada escena y una forma de acercarse a los actores que demuestra oficio. Todo ello, además, aderezado por la mirada de alguien que ha dedicado una vida entera a observar el mundo.

El problema es que en esta película cada virtud parece llevar aparejado un vicio. Por cada plano admirable hay un contraplano que renuncia a un acercamiento verdaderamente adulto a sus personajes. Y es una lástima, porque Kate y Rooney Mara ofrecen dos interpretaciones muy logradas, sincronizadas sin llegar nunca a confundirse. Hay un evidente trabajo conjunto para construir a estas hermanas, pero también suficientes matices para diferenciarlas. Su esfuerzo actoral acaba elevando una película que, sin embargo, no parece demasiado interesada en profundizar en sus personajes. Secundarios como Orlando Bloom o Domhnall Gleeson defienden sus personajes que resultan más un mecanismo de reacción para las hermanas que personajes con matices y profundidad.

Una vez presentadas, en un tramo inicial que capta nuestra atención, el acercamiento a las protagonistas se vuelve distante y, en algunos momentos, condescendiente. En otros, queda la incómoda sensación de que Herzog prefiere reírse de ellas antes que reír con ellas. Es tan entretenido observar cómo las Mara se solapan y dialogan entre sí que la película parece conformarse con ese hallazgo, sin preguntarse demasiado qué hay detrás de sus personajes. Hacia la mitad del metraje, un cambio vital reconduce parcialmente la historia y parece abrir nuevas posibilidades. Es una trampa. Herzog decide avanzar por un túnel primero y por una cueva después, una en la que seguramente se han quedado olvidados algunos sueños, para acabar regresando a una mirada que infantiliza a sus protagonistas.

Y es una pena porque, técnicamente, Bucking Fastard tiene recursos más que suficientes para defenderse. La fotografía y el montaje ofrecen momentos que justifican sobradamente su visionado en una gran pantalla y recuerdan la capacidad de Herzog para construir imágenes. Pero el conjunto termina fallando precisamente en aquello que debería sostenerlo: la relación con sus personajes. A estas alturas de su carrera, y con dos actrices capaces de ofrecer tanto, uno espera algo más que una mirada fascinada desde la distancia. Como ese final, que resulta contundente e irónico, pero que no redime lo anterior.


Escrito por

Fincheriana (en plena crisis de identidad) replicante de la familia Corleone.