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William Keighley

  • 94 años (04-08-1889 - 24-06-1984)
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William Keighley inició su trayectoria profesional en el mundo de la interpretación y la dirección teatral en Broadway, una experiencia escénica que facilitó su transición a la industria cinematográfica con la llegada del cine sonoro. Contratado por Warner Bros., Keighley comenzó su andadura en Hollywood a principios de la década de 1930, destacando por su capacidad para manejar el diálogo rápido y la dirección de actores, cualidades muy demandadas por el estudio en aquel momento. Su carrera como director despegó con fuerza durante la era "pre-code", consolidándose con títulos que abordaban temáticas sociales y criminales con un enfoque directo. Un ejemplo destacado de este periodo es Caras de ángel (1933), película protagonizada por Barbara Stanwyck. En esta obra, Keighley exploró el subgénero carcelario femenino, logrando un equilibrio entre el melodrama romántico y la dureza del entorno penitenciario, lo que contribuyó a cimentar el estilo visual y narrativo que caracterizaría a la Warner en los años venideros.

A mediados de la década de 1930, Keighley jugó un papel fundamental en la evolución del cine de gánsteres, ayudando a transformar la imagen del criminal en la pantalla hacia la exaltación de las fuerzas del orden. Dirigió a James Cagney en Contra el imperio del crimen (1935), una película que marcó un punto de inflexión al presentar a los agentes del gobierno como héroes de acción, respondiendo así a las presiones de la censura de la época. Su colaboración con actores de renombre continuó con Balas o votos (1936), donde dirigió a Edward G. Robinson, reafirmando su estatus como un artesano eficiente dentro del género negro y criminal. Su versatilidad le permitió también abordar adaptaciones literarias y aventuras históricas, dirigiendo El príncipe y el mendigo (1937), basada en la novela de Mark Twain, con Errol Flynn en el reparto.

El nombre de Keighley está intrínsecamente ligado a una de las producciones más emblemáticas del cine de aventuras: Robín de los bosques (1938). Aunque comenzó como el director principal del proyecto y rodó gran parte de las escenas en exteriores aprovechando el pionero uso del Technicolor, fue reemplazado durante el rodaje por Michael Curtiz. No obstante, su contribución a la estética y el tono ligero de la primera mitad del filme permanece como parte integral de su legado. En la década de 1940, demostró su destreza en la comedia sofisticada al dirigir El hombre que vino a cenar (1942), una adaptación exitosa de la obra teatral homónima que destacó por su ritmo ágil y las interpretaciones de Bette Davis y Monty Woolley. Hacia el final de su carrera cinematográfica, regresó al cine criminal con un enfoque semidocumental en La calle sin nombre (1948), una obra representativa del cine negro de posguerra que influyó en los procedimientos policiales posteriores. Tras retirarse de la dirección cinematográfica, Keighley mantuvo su presencia en la industria del entretenimiento como presentador y productor del popular programa radiofónico Lux Radio Theatre, antes de retirarse definitivamente a Europa.

Filmografía