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Crítica
Un marido de mimbre contra las convenciones
Wicker

‘Un marido de mimbre contra las convenciones’

6.00

Publicado hace 1 h

¿Qué harías si, cansada de las convenciones sociales y de que nadie parezca interesado en ti, decidieras encargarte un marido hecho de mimbre? Esta es la premisa tan peculiar como prometedora de Wicker, una fábula fantástica que parte del relato corto The Wicker Husband, publicado en 2008 por Ursula Wills-Jones, y que los directores Alex Huston Fischer y Eleanor Wilson amplían para llevarla hacia terrenos más adultos.

La historia sigue a una pescadora solitaria y marginada que encarga a un cestero que le fabrique un marido de mimbre. Lo que podría parecer una ocurrencia disparatada acaba convirtiéndose en el punto de partida de un cuento sobre el deseo, la soledad y las convenciones sociales, especialmente aquellas que dictan cómo debe comportarse una mujer y qué lugar debe ocupar en la comunidad. A partir de ahí, la película despliega una fábula con personajes bastante arquetípicos, humor negro y una buena dosis de fantasía.


Y aquí merece una mención especial Alexander Skarsgård, que se convierte literalmente en el hombre de mimbre y en el inesperado objeto del deseo de toda una comunidad. Después de Pillion, parece que el actor sigue explorando su faceta de fantasía erótica, aunque esta vez con una anatomía bastante más artesanal. Su presencia aporta buena parte del componente físico y cómico de la película, y resulta difícil no disfrutar de lo extravagante que es ver a Skarsgård convertido en un marido tejido a mano.

La película juega con una mezcla de tonos que no siempre termina de funcionar. Por un lado, tenemos una fábula fantástica con una estructura y un imaginario propios de un cuento de hadas; por otro, una voluntad de abordar la historia desde una perspectiva más adulta, con diálogos provocadores, sexo y un humor que busca romper con cierta ingenuidad del relato. Sobre el papel, la combinación resulta atractiva, pero ambas dimensiones no siempre terminan de encontrar el equilibrio. Ese contraste entre lo infantil de la fábula y el tono más adulto que pretende adoptar acaba generando cierta desconexión, como si Wicker no terminara de decidir qué tipo de cuento quiere ser.

Olivia Colman, por su parte, está estupenda y aporta humanidad a una protagonista que podría haberse quedado fácilmente en una figura de cuento. Su interpretación ayuda a sostener emocionalmente una propuesta que, por momentos, parece más interesada en sus propias ocurrencias que en desarrollar del todo sus posibilidades.

Con todo, Wicker es una película peculiar, con una premisa original, bastante mala leche y momentos que consiguen arrancar una sonrisa. Quizá funciona mejor por sus ideas y su personalidad que por su cohesión, pero no deja de tener cierto encanto.


Escrito por

Programadora de cine (festival B-Retina, Cryptshow, Filmets); preselección en Fantasia.

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