En épocas donde encajar el humor en la sociedad resulta algo complicado, se agradecen propuestas valientes como la que nos ocupan, que además le añaden cierta originalidad y algún que otro elemento surrealista o absurdo que enriquecen en general la historia, arrastrándola por caminos inhóspitos, donde una pistola resulta una incógnita, una bala perdida una excusa para salir de la rutina.
Dirige Oriol Cardús y protagoniza Alain Hernández, ambos bastante acertados en sus respectivos trabajos. Unos secundarios a la altura terminan de proyectar el plano interpretativo a las exigencias del guion, y todo parece encajar y fluir como la pólvora.

El plano onírico siempre aparece como algo refrescante a una dura realidad que lucha por abrirse paso en un bosque de rutinas. El humor lo encontramos hábilmente a veces en pequeños detalles, aunque en otras ocasiones nos encontramos con algún brochazo gordo, pero en términos generales hay bastante equilibrio una vez que uno se adentra en la historia y simplemente se deja llevar.
¿Y qué pinta un oso panda en todo esto? Habrá que averiguarlo.
Sin prejuicios ni complejos. Humor refrescante.