Entré al cine sin saber que La invitación, dirigida por Olivia Wilde, era un remake de Sentimental, la película de Cesc Gay estrenada en 2020, basada a su vez en su obra teatral Los vecinos de arriba. Tampoco sabía que aquella historia había cruzado tantas fronteras y había dado lugar a distintas versiones internacionales. Y, sobre todo, tenía una ventaja: no había visto la película original. Así que llegué a esta nueva adaptación sin conocer sus cartas y dispuesto a dejarme sorprender.
La premisa es aparentemente sencilla. Un matrimonio lleva demasiado tiempo soportándose. Su hija ya no está en casa, la convivencia se ha convertido en una sucesión de reproches y discusiones y cualquier excusa parece buena para echarse en cara años de frustraciones acumuladas. En medio de ese panorama, ella decide invitar a cenar, sin avisar a su marido, a los vecinos de arriba. Una pareja cuya intensa actividad sexual lleva tiempo perturbando la tranquilidad del edificio.
Todo apunta a que la velada será un absoluto desastre. Y, en cierto modo, lo es. Pero también termina convirtiéndose en algo mucho más interesante: una radiografía a corazón abierto de un matrimonio que hace tiempo que dejó de entenderse.

Sin desvelar demasiado para quienes todavía no la hayan visto, hay un momento en el que los invitados, interpretados por Edward Norton y Penélope Cruz, plantean un ofrecimiento tan inesperado como surrealista. Es el detonante que transforma por completo la película. Lo que hasta entonces parecía una comedia de enredos matrimoniales empieza a revelar sus verdaderas intenciones.
Y ahí es donde, para mí, la película encuentra su mayor virtud.
Me ha gustado mucho el guion, la manera en que administra la información y cómo utiliza una situación aparentemente disparatada para hablar de cuestiones profundamente reconocibles. También me han gustado sus cuatro protagonistas, que sostienen prácticamente toda la película con un trabajo interpretativo magnífico. Ha sido un placer volver a disfrutar de Edward Norton, un actor al que siempre apetece ver, y creo que Penélope Cruz tiene una interpretación con posibilidades reales de entrar en la conversación de los próximos Óscar como actriz de reparto.
Pero, por encima de todo, lo que más me ha interesado es el retrato que hace de la muerte cerebral de una pareja.
Ese momento en el que dos personas siguen viviendo juntas, compartiendo una casa, una cama y una historia, pero hace tiempo que han dejado de encontrarse. Cuando la rutina ha sustituido al deseo, las discusiones a las conversaciones y el miedo a decir la verdad se ha convertido en una forma de convivencia.
La invitación habla también de lo complicado que nos resulta enfrentarnos al sexo, tanto dentro de una relación como fuera de ella. De nuestros prejuicios, nuestras inseguridades, nuestros deseos inconfesables y de esa extraña costumbre que tenemos de fingir que conocemos perfectamente a la persona con la que compartimos nuestra vida.
Porque todos escondemos algo. Incluso de nosotros mismos.
Y quizá esa sea la mayor virtud de la película: que detrás de una cena incómoda, unos vecinos demasiado desinhibidos y una propuesta que parece sacada de una comedia disparatada, termina apareciendo algo mucho más incómodo y verdadero. El miedo a descubrir que la persona que tenemos enfrente ya no es la misma de la que nos enamoramos. O, peor todavía, que nosotros tampoco lo somos.