¡Por fin ha llegado Masters of the Universe! Y digo por fin porque los veinte años que Hollywood ha tardado en levantar del suelo a ese hombre llamado He-Man quizá darían para una película por sí solos.
Masters of the Universe recupera algo que cada vez cuesta más encontrar en el blockbuster contemporáneo: el placer de una aventura clásica contada sin complejos ni metaversos infinitos. Su estructura es la de toda la vida, la del héroe derrotado que debe encontrar su propósito y emprender una misión imposible, rodeado de un grupo de aliados que resultan tan importantes como él mismo para combatir el mal. Al fin y al cabo, las grandes gestas nunca las consigue una sola persona.

La película no intenta reinventar la rueda ni deconstruir el mito. Al contrario: abraza el espíritu de la fantasía heroica con sinceridad, construyendo un relato de crecimiento, amistad y sacrificio que avanza con ritmo y sin perder nunca el sentido del espectáculo, desplegando unos parajes megacoloridos más cercanos a la fantasía cósmica que a cualquier intento de realismo.
Uno de los mayores aciertos es Skeletor. Convertido aquí en una especie de gymbro intergaláctico obsesionado con el poder, mantiene intacto todo el carisma que lo ha convertido en uno de los grandes villanos de la cultura popular. Su diseño es espectacular, probablemente una de las versiones más cool del personaje hasta la fecha, y cada aparición suya se roba la escena. Además, sigue poseyendo una de las sonrisas más hipnóticas del cine fantástico; al fin y al cabo, pocas mandíbulas esqueléticas pueden presumir de semejante expresividad.
El humor está bien calibrado. Aparece cuando tiene que aparecer, sin romper la tensión ni convertir la película en una sucesión de chistes autoconscientes. Las bromas funcionan porque nacen de los personajes y de las situaciones, no de la necesidad de guiñar constantemente el ojo al espectador.
Por su parte, Nicholas Galitzine demuestra haber entendido perfectamente qué se espera del héroe de Eternia. Tiene presencia física, carisma y la dosis justa de ingenuidad heroica para que el personaje resulte creíble tanto en sus momentos de duda como cuando empuña finalmente la Espada del Poder. ¡Por el poder de Grayskull!
Quizá no sea una revolución dentro del cine de fantasía, pero tampoco pretende serlo. Lo que ofrece es algo mucho más valioso: dos horas largas de aventura, criaturas imposibles, héroes, villanos memorables y diversión sincera. Y a veces eso es exactamente lo que uno espera cuando entra en una sala de cine para ver a He-Man enfrentarse a Skeletor.
Los aficionados a la película de 1987 encontrarán además varios detalles especialmente agradecidos. Más allá de las inevitables comparaciones con aquella producción de Cannon que el tiempo ha convertido en pieza de culto, esta nueva versión demuestra un respeto sincero por su legado y se permite algún guiño muy celebrado que arrancará sonrisas a los seguidores veteranos de Eternia. No son referencias invasivas ni fan service gratuito, sino pequeños gestos de complicidad que enriquecen la experiencia.
La banda sonora juega una carta similar. Junto a la partitura épica habitual del género, la película introduce canciones como Boys Don't Cry o I've Got the Power en momentos particularmente inspirados, reforzando el tono juguetón y aventurero del conjunto. Pero es especialmente difícil no sonreír cuando aparece la sombra de Queen sobre la película, reivindicando toda esa tradición de rock de estadio asociada a los héroes musculados de los ochenta. Si además cuentas con Brian May desatando su guitarra, la sensación de estar asistiendo a una aventura desacomplejadamente grande y orgullosamente espectacular resulta todavía más contagiosa.