Cineol
Crítica
La angustia hecha espacio infinito
Backrooms

La angustia hecha espacio infinito

8.00

Publicado hace 10 horas

Cuando en 2019 apareció en internet la ya mítica imagen de unas oficinas amarillentas infinitas acompañada de la frase "si haces noclip fuera de la realidad…", pocos podían imaginar que aquel creepypasta acabaría convirtiéndose en uno de los fenómenos de terror más fascinantes de la última década. A partir de esa idea, el joven Kane Parsons construyó una serie de cortometrajes virales en YouTube que expandieron la mitología de las Backrooms y demostraron que el terror nacido en internet podía ser mucho más inquietante que muchas superproducciones. Ahora, el propio Parsons lleva ese universo a la gran pantalla en una adaptación que conserva intacta la esencia de la pesadilla original.




Los aficionados al found footage estamos especialmente de enhorabuena. En una época en la que el subgénero parecía haber agotado buena parte de sus fórmulas, Backrooms encuentra una manera de devolverle la capacidad de asombro. No se trata únicamente de registrar acontecimientos extraños con una cámara temblorosa; aquí el lenguaje del metraje encontrado se convierte en la herramienta perfecta para sumergir al espectador en un espacio imposible donde la lógica deja de existir. Nunca una esquina o un pasillo vacío me habían provocado tanta inquietud. Bueno, quizás sí: aquella inolvidable esquina a plena luz del día que David Lynch convirtió en una de las escenas más terroríficas de la historia del cine en Mulholland Drive.

Uno de los grandes aciertos de la película es que no descuida a sus personajes. Son pocos, suficientes, y las interpretaciones consiguen aportar humanidad a una propuesta que podría haberse quedado en un simple ejercicio conceptual. Está claro que el verdadero protagonista son las propias Backrooms, pero Chiwetel Ejiofor, Renate Reinsve y nuestro querido Mark Duplass —inolvidable también en Creep— aportan el componente humano necesario para que el miedo no surja únicamente de los monstruos o los espacios imposibles, sino también de la pérdida, la desorientación y el aislamiento de quienes quedan atrapados en este universo paralelo.

Pero si hay algo realmente memorable es la ambientación. Las Backrooms de Parsons son una proeza visual y sensorial. Pasillos interminables, moquetas gastadas, fluorescentes que zumban sin descanso y habitaciones que parecen repetirse hasta el infinito construyen un escenario que resulta extrañamente familiar y profundamente perturbador al mismo tiempo. La película captura como pocas veces esa sensación de pesadilla febril que todos hemos experimentado alguna vez: esos sueños frustrantes en los que intentamos encontrar una salida, llegar a algún lugar o completar una tarea sencilla, pero el espacio se transforma constantemente y nos lo impide. No es tanto el miedo a una amenaza concreta como la angustia de estar atrapado en una realidad que ha dejado de obedecer las reglas del mundo.

Backrooms no solo adapta un fenómeno de internet; consigue algo mucho más difícil: traducir a imágenes una sensación que parecía imposible de representar. Una pesadilla febril, absurda y asfixiante de la que resulta tan difícil escapar para sus protagonistas como para el espectador una vez se encienden las luces de la sala.


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