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Diario de Sitges 2019 (VIII): Canicas, neveras y ciervos

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Cuando uno lleva más de una semana en un festival de cine, el estómago comienza a notarlo. El caos de los pases, los viajes de una sala a otra, el poco tiempo para comer o cenar según la película que quieras ver, hace que muchos días se tire de bocadillo engullido deprisa entre pase y pase con un horario que puede ser español, europeo o selenita. Comer sentado es una quimera, el Santo Grial que solo unos pocos consiguen y que provoca más envidias que haber visto la obra ganadora del premio del jurado.

Alternativamente, cuando se saca un hueco para comer sentado, hay dos opciones: o pedir un crédito al banco o comer de menú en algún restaurante cuyos precios no coticen en bolsa, lo cual significa también hamburguesas, pizzas, algún filete en días generosos o, cuando se acaba el Almax, la aventura para encontrar una ensalada decente. También se puede ir a coreanos, mexicanos, indios... En fin, delicias para el paladar e invitaciones para abrir el grifo trasero. Miedo da pensar en lo que puede sufrir aquí alguien que considere que el Omeprazol es un medicamento para niños.




Hablemos de comida y de daños al aparato digestivo. La protagonista de SWALLOW () sufre de pica, una enfermedad psiquiátrica por la que ingiere todo tipo de objetos, desde canicas hasta pilas, pasando por alfileres, figuritas, tierra y cosas bastante más salvajes. Lo que parece que va a ser un body horror lleno de sangre y carne, de los que haría Cronenberg en sus primeros años, toma un camino mucho menos grotesco, mucho más sensible y humano. Mucho más satisfactorio emocionalmente.

Con una interpretación descomunal y desgarradora de Haley Bennett (palabras que nunca pensé que teclearía en mi vida), el film es un drama asfixiante y desasosegante sobre una mujer abocada a una obsesión autodestructiva por un entorno que la maltrata de formas sutiles pero dolorosas. Encerrada en un hogar aristocrático sin nada que hacer más que parir un heredero, como un maniquí subrogado en una cárcel de cristal, cada interacción que tiene con su familia política le indica que es una extranjera en ese mundo, que no es adecuada, que no vale para nada, que ninguna decisión está en su mano, que calle y aguante, que su felicidad o bienestar no importa, con el desprecio casual que solo los asquerosamente ricos pueden transmitir.

En esa prisión del alma, su única salida para sentir algún logro personal, algún control sobre su vida, es abandonarse al dolor como placer. Desde ese punto de partida, y con una puesta en escena elegante y delicada que juega con el campo visual y la iluminación para subrayar la atmósfera de agobio de sus diálogos, el guion se desarrolla hacia la exploración de los traumas de la protagonista y su progresiva liberación de la misoginia y las culpas heredadas. Una reafirmación feminista que nace de la perturbación absoluta, circula por la pesadilla kafkiana y llega al optimismo y la felicidad por caminos insospechados y poco convencionales, que hablan sobre violaciones, abortos, violencia de género y otras lindezas.

En resumen, una película magnífica, una de las sorpresas del festival.




Más comida, aunque en este caso no es tanto la que se engulle como la que se guarda en un frigorífico inteligente diseñado para mejorar la alimentación de su usuario, aunque de paso te saca unas rimas y unos ritmos y se apunta a Eurovisión. Se trata de la comedia francesa YVES (), cuya premisa increíblemente absurda podría parecer una película de Quentin Dupieux, pero que en lugar de lanzarse al surrealismo sin complejos, prefiere tomar la ruta de la romcom con un lado de ciencia ficción irreverente.

El film funciona como una especie de parodia o evolución sarcástica de Her, sustituyendo el hipster solitario y su inteligencia artificial por un rapero de barrio, una nevera prima hermana de HAL 9000 y la científica buenorra que la ha diseñado. Lo de buenorra no lo digo porque quiera convertirla en objeto: de eso ya se encarga la propia película, aunque procura añadir varios giros delirantes que dejan claro que no se está tomando nada en serio y que el objetivo no es analizar las relaciones entre los sexos, sino nuestra relación con la tecnología como sustituto de nuestras carencias (personales, profesionales, afectivas o sexuales). En este sentido, ningún personaje queda libre de una pedrada en la cabeza, porque todos ellos dependen de factores externos (es decir, sus electrodomésticos) casi hasta para mantenerse vivos sin cagarse encima.

A eso añádase una burla absoluta del mundo de la cultura, donde los productos prefabricados triunfan por encima de los artesanos, y donde cualquier matiz o aspereza es limado hasta carecer de identidad. Porque, al fin y al cabo, ¿qué son Rammstein sino tres lavadoras centrifugando?




Por supuesto, por simpática que sea la película, que abra paso al rey de la comedia absurda. El canadiense Quentin Dupieux no podía faltar en Sitges y con su última travesura, LE DAIM (), abre la puerta a una madurez narrativa que puede parecer una caída en lo convencional (porque veníamos de locuras caóticas como Wrong o Wrong Cops), pero en realidad constituye una absorción perfecta de su estilo desquiciado y políticamente incorrecto en un estilo de historia más clásico.

La trama se abre con Jean Dujardin ahogando su chaqueta de pana para posteriormente adquirir una ridícula chaquetilla de piel de ante, que le da “estilazo” y se convierte en el centro de su vida hasta niveles absurdamente patológicos, que le llevan a rodar una película casera con falsos financiadores de Siberia, a robar todos los abrigos del pequeño pueblo de montaña donde se aloja, a comprarse un vestuario completo de piel, o a convertirse en un asesino en serie con el aspa afilada del ventilador de su habitación. Todo ello en una escalada de locura rodada con absoluta seriedad y elegancia, empleando la misma naturalidad sobria para las conversaciones de Dujardin con su chaqueta que para sus gestiones en el banco.

Se pueden sacar muchos simbolismos y metáforas de esta narración obsesiva y mamarracha, pero sería un ejercicio más absurdo aún que el de Dupieux. Porque él solo pretende hacer una enorme y divertidísima broma, un encadenamiento tronchante de gags inteligentes y surrealistas pero sin un objetivo social, sin un subtexto elitista de los que tanto son dados autores y críticos a asignar a obras menores, algo de lo que se burla con fiereza durante toda la cinta. Su cine solo es un juguete para derribar nuestros esquemas sobre el humor y el sentido común, y en eso es un maestro.




Pero volvamos a la comida que perjudica la salud, en este caso a los dulces. La griega COSMIC CANDY () es eso, una golosina en formato de cuento donde una mujer caracol sale de su concha gracias a un elemento de caos introducido en su vida. Pero como chuche no sería un beso, ni una lengua, ni un petazeta, ni un sugus de piña; estaría más al nivel de esos trozos de caucho con forma de fruta, sabor de colorante y textura de goma de borrar que se quedan al fondo de la bolsa porque nadie los quiere.

La película es una fruslería que nos sabemos al dedillo, porque no se sale del esquema típico mencionado antes. La protagonista tiene su palazo en la cabeza, el elemento caótico es una niña repelente, el objetivo a conseguir es dejar de ser maniática y aprender a amar a un tipo random con barba que por algún motivo está colado por ella pero juega a pincharla y meterse con ella, y todo está rodado con una inocencia naife que ni siquiera cuenta como mágica y enternecedora porque no tiene fuerza ninguna. De hecho, es bastante ramplona, lo cual hace que la presentación que se hizo de su directora (“conocéis a Yorgos Lanthimos, pero a partir de ahora tendréis a otra directora griega a quien tener como referente”) sea lo más delirante que hemos vivido en este festival, y eso que hemos visto a Pumares al borde del llanto porque le habían quitado su sitio por segunda sesión consecutiva.

Pero bueno, a lo que vamos: que esta película no es un bodrio al que destrozar a mordiscos, solo es una mediocridad de la que nadie se acordará mañana.




Otro cuento mediocre, aunque tenga sus defensores a quienes sí que ha encandilado, es la alemana O BEAUTIFUL NIGHT (), que cuenta la historia de tres personajes (un joven suicida, una stripper nihilista y un carismático gángster que se presenta como la muerte) durante una noche en la que vivirán aventuras cómicas, peligrosas, bonitas y románticas y se abrirán a la alegría y uno de ellos morirá y de repente estamos en 1994, porque vaya viaje a un cine que ya no se hace y que nadie echaba de menos.

Fotografiada con luces azules y naranjas, como indica el manual de iluminación atractiva para principiantes, todo en ella destila esa facilidad estilística o pereza expresiva. Los personajes son irreales, sin entidad alguna, y derivan por una historia algo inconexa mediante diálogos que parecen sacados de uno de esos imitadores que le salieron a Tarantino cuando se hizo famoso, que quieren ser certeros y guays pero suenan muy artificiosos. El peor parado es el personaje femenino, cuya personalidad está supeditada siempre a ser el objeto romántico del protagonista, y no tiene mayor profundidad que esa. Por contra, la 'muerte' tiene sin duda los mejores momentos y es el único que le da vida a la historia.

No hay mucho más que escribir de ella porque no se dirige hacia ningún objetivo concreto ni tiene un subtexto. O entras en su juego de ternura barriobajera, de mezcla de sentimientos bonitos y violencia mafiosa, o te aburres como una ostra.




Y para terminar, las últimas dos películas de este artículo afirman ser en realidad una. Pero lo cierto es que COME TO DADDY () tiene dos partes tan diferenciadas entre sí en trama, género y estilo que casi parecen dos guiones pegados con pegamento de barra. El primero, un thriller turbio sobre una relación padre-hijo llena de secretos y posiblemente psicopática; el segundo, una comedia negra de los Coen llena de violencia absurda, personajes límite y azares del destino. Entre ellas, la apertura de una escotilla.

Ambas partes funcionan razonablemente bien. La primera, más convencional en cuanto a su puesta en escena, se sostiene con la magnífica interpretación de Stephen McHattie, que saca toda la grima que lleva en el cuerpo y forma un dúo muy satisfactorio con Elijah Wood (a destacar especialmente la escena de Elton John). La segunda es una locura tras otra, se introduce en un submundo extraño donde cada nuevo personaje es más marciano que el anterior, y su estilo formal se vuelve más abigarrado, en consonancia con los excesos de su trama. Incluso da pistas falsas hacia un giro de guion que en el género ya es muy tópico y masticado, lo que hace más bienvenido si cabe que opte por no usarlo y finalizar en cambio con un clímax emocional.

El problema del film, y por lo que no acaba de despegar pese a sus virtudes, no solo es la incoherencia entre estos dos segmentos, sino que ambos recuerdan a otras películas y no tienen la suficiente garra y creatividad como para distinguirse o conquistar. Es un buen rato, pero al fin y al cabo solo es un suflé que no alimenta, es todo aire.


El menú para el artículo de mañana se compone de hostias como panes, gansos salvajes, gallinas que espían a locas del coño, estrellas de mar y, para terminar, una buena siesta oyendo a gente hablar en francés flojito y con pausas donde cabe el Gran Colisionador de Hadrones.

@DamnedMartian

 

Fuente: CINeol | Visitada: 963 veces