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Diario de Sitges 2019 (VI): El páramo sin salida

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Los días centrales de un festival de cine son los peores. No se trata ya de que el nivel de calidad baje, porque obviamente los platos fuertes se reservan para los fines de semana, cuando más público puede acudir a los pases. También son difíciles porque los que estamos todos los días aquí perdemos el sentido del tiempo. Parece que acaba de empezar pero a la vez que llevamos una eternidad aquí. Creemos que no hace tanto que hemos hablado con el mundo exterior, pero quizá hayan pasado días, semanas, incluso meses.

¿Y qué es lo que tenemos que ver ahora? Ni idea. Mirar el plan diario entre un pase y otro es la única forma de recordar lo que hemos visto y lo que tenemos que ver. Es una especie de pesadilla kafkiana que solo comienza a resolverse cuando se acerca el final y los días recobran su entidad, porque entramos en la mecánica de la cuenta atrás.




Una pesadilla similar viven Imogen Poots y Jesse Eisenberg, protagonistas de VIVARIUM (), cuando van a ver un duplex en venta en un barrio residencial donde todas las casas y las calles son exactamente iguales, y se ven incapaces de encontrar la salida.

Puede parecer una idea demasiado simple para aguantar todo un largometraje, y efectivamente lo es, pero el guion le añade numerosos elementos que no desvelaré y que le aseguran un desarrollo muy inteligente y satisfactorio y que serían imposibles de encajar en un corto. Igualmente, los 97 minutos que dura son excesivos, lo que hace que haya bastante paja y el ritmo se enlentezca en varias ocasiones, provocando una sensación irregular, de proyecto hinchado que debería haber sido un capítulo brutal de 70 minutos de Black Mirror.

Es una pena que el film acabe cayendo en estos tiempos muertos, porque la tesis que compone es muy potente y desoladora: no solo el capitalismo es un rodillo que unifica y homogeneiza la cultura hasta que pierda todo sentido, todo sabor, toda calidez humana, sino que también es un sistema parasitario que se alimenta de las personas para mantener la rueda rodando sin otro objetivo que el propio ciclo infinito de la máquina. En este mundo anónimo y vacío, la educación y la familia son conceptos obsoletos. El amor maternal o el conocimiento del mundo son meros objetos de consumo y reciclaje para crear la ilusión de realidad, de personalidad, de humanidad, en un mundo donde eso es prescindible.




Otra película que juega con el sentido subjetivo del tiempo, aunque en este caso con una historia mucho más emocional y humana que la anterior, es la nueva obra de Justin Benson y Aaron Moorhead, SYNCHRONIC (). La historia gira en torno a una droga de diseño capaz de hacer viajar a través del tiempo la conciencia... y a veces también el cuerpo, lo que provoca efectos inesperados.

El guion tarda bastante en encontrar el hilo dramático sobre el que quiere sostener su trama, que es al fin y al cabo una clásica aventura de rescate a través del tiempo, tomándose bastante tiempo en la definición de personajes y conflictos y en la presentación de esta nueva sustancia. Es un tiempo necesario para dotar de poso emocional a la historia, pero no está llevado de forma tan sólida como en anteriores cintas de este dúo. Respecto a los elementos fantásticos de la intriga, hay un nivel de improvisación o incoherencia en algunos aspectos que desvirtúan un tanto su mitología.

Pero la película entra como un tiro. Es más comercial y accesible que Spring o El Infinito, en el sentido de que su narrativa es más clásica y siempre están pasando cosas, siempre está aportando una nueva información para conducir la trama y sabe cómo usar los distintos desarrollos de su historia para sorprender o interesar. Es un film menor, pero recomendable.




Pero pasemos a cosas menos recomendables. No es educado ni adecuado ni profesional hablar mal de las personas que han trabajado duro para sacar adelante ese pequeño milagro que es una película, pero evitar el insulto hacia los creadores de SHED OF THE DEAD () requiere un ejercicio de contención, paciencia y fuerza de voluntad que mi cuerpo y mi mente no están dispuestos a hacer porque me provocaría migrañas, hernia discal y cáncer de colon. Así que, por mi salud, me cago en todos tus muertos, Drew Cullingham.

Hay que tener la cara muy dura para querer copiar de forma tan descarada a Edgar Wright y su Zombies party, pero de sinvergüenzas con talento está lleno el cine. El problema es cuando tu única aptitud es el machismo más rancio y abyecto, y el resto de tu ser es una cloaca inmunda incapaz de comprender hasta las reglas más básicas del cine. Ni siquiera para copiarlas. Aquí no hay guion, sino una serie de situaciones mal enlazadas; no hay personajes, sino estereotipos casposos, grasientos, enervantes y odiosos; no hay humor, sino estupideces sin fuste alargadas por la anorexia de ideas; y, por supuesto, no hay puesta en escena ni tensión ni montaje ni diversión ni nada que no sea un caos deforme, soso, chabacano, repetitivo, indolente y cansino.

Toda esta montaña de mierda infecta que pretende llamarse cine podría tener un pase, o al menos se quedaría como esa ponzoña hedionda que luego le dices a tus amigos que la ha rodado tu hijo de 3 años por la vergüenza de que piensen que has hecho algo tan chapucero y sin gracia, de no ser por lo machaconamente orgullosa que se siente de su misoginia. Es como entrar en la mente de un votante de Vox y ver con qué se hace pajas. Llega un punto en el que la humillación y el odio que exuda hacia las mujeres se vuelven tan insoportables que si el film fuese una persona y me la cruzase por la calle, le rompía todos los dientes. Odio, odio, odio esta putísima mierda.




En comparación con esta basura despreciable, la obviedad del discurso feminista de JUDY AND PUNCH () es hasta bienvenida. El problema es que la película siempre intenta decidirse entre ser una sátira social con muchas referencias a los Monty Python (por el tono absurdo de sus gags y por la dirección de sus dardos críticos) y un drama concienciado con elementos de suspense. En ese péndulo solo hay un lado que funciona, y es el de la comedia.

Esencialmente un cuento de venganza que busca reinterpretar de forma irreverente algunos de los tópicos de la cultura británica (como el que da título al film, espectáculo de marionetas donde el hombre siempre anda dando garrotazos a brujas o policías), la historia interesa y divierte cuando se vuelve negrísima o cuando pone en ridículo conceptos espantosos pero muy arraigados de la masculinidad tóxica o el fanatismo religioso. Pero cuando quiere ponerse seria o incluso épica en torno a esos mismos temas, o a otros como la liberación femenina o los linchamientos públicos, se convierte en un film mucho más vulgar, torpe, aleccionador y aburrido.

Para el momento en el que la venganza comienza, que es el último acto de la película, ya ha habido demasiadas cosas que se han estrellado y han desvirtuado un comienzo muy prometedor. En estos 15 minutos finales, en lugar de remontar, termina de desmontarse con momentos tan directos y perezosos como un discurso inspirador desde una tribuna que explica para tontos o cartageneros (perdón por los sinónimos) el mensaje que debes sacar del film. Una pena, porque hay muchas cosas que adorar de ella.




El humor de la anterior película funcionó para mí, pero no para otras personas del público. Quizá sea porque es uno de los elementos más idiosincrásicos de cada cultura. A menudo nos cuesta trasladarlo a nuestros esquemas, sobre todo si hablamos de países lejanos con pocos elementos en común con nosotros, como puede ser el caso de China. Pero KUNG FU MONSTER () es una tontería aquí, en China, en New Hampshire y en donde os parezca.

La película viene a ser como la versión infantil y subnormal de una de esas cintas de aventuras, engaños, traiciones y secretos de Akira Kurosawa o Yimou Zhang, con un pequeño y monísimo monstruo que se transforma en el bicho del infierno de Spawn cuando se cabrea. Hay perdedores torpes, hay amantes separados, hay antihéroes con un pasado, hay nobles caballeros, hay enemigos temibles, y todos ellos se reúnen en un único espacio donde caben desde los gags hilarantes hasta las mayores imbecilidades y, finalmente, el tedio más absoluto.

En realidad, el problema de la película no es tanto su encefalograma plano, ya que en el contexto del cine familiar y la comedia absurda es hasta bienvenido y, durante un buen rato, divertido. El problema es la falta de ideas sobre dónde llevar la trama, que hace que se convierta en un producto estático y machacón al que es casi imposible perdonar sus evidentes carencias estéticas, argumentales y cerebrales.


Para el artículo de mañana, que ya os aviso que va a incluir mejores películas, me reservo un western brasileño, una oda al cine negro (en plan afroamericano, no noir) y unas cuantas películas que aún tengo que ver y que por tanto no tengo ni pajolera idea de cuáles son.

@DamnedMartian

 

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