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Diario de Sitges 2019 (II): Perdiendo el sentido

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Hay festivales donde las películas se miden por el número de aplausos o abucheos, ovaciones en pie o silbidos, que generan entre público o crítica. En Sitges esa medida no sirve. Aquí se aplaude casi todo, incluso los films horrendos, aunque en este caso de forma irónica (o aliviada, porque el suplicio ha finalizado). Por otro lado, pocos festivales pueden saltar a las noticias porque se han producido desmayos entre el público, y Sitges es uno de ellos.

Año sí, año no, surge una obra inesperada que pilla desprevenidos a los más débiles de corazón (o más deshidratados por las jornadas maratonianas o la temperatura siempre incorrecta de la sala). Y se producen los vahídos, y los acompañantes corren a avisar, y los voluntarios del festival entran como los GEO a ayudar a la persona y a sacarla de la sala para que le dé el aire y tome un poco de agua. Un pequeño drama sin importancia, un gran titular para el festival y para la película, que se puede poner esa medallita.




Este año no ha habido que esperar mucho: al final de la primera jornada, en determinada escena de la maravillosa marcianada finlandesa DOGS DON'T WEAR PANTS () donde un diente y unos alicantes se hacían amigos con derecho a roce, se escuchó un sonoro BAM en el palco. Efectivamente, teníamos una baja, mi capitán. Nada grave, pero si la película ya iba a dar que hablar, de repente se convirtió en leyenda. O leyendita pasajera, ya veremos lo que nos deparan los siguientes días.

Más allá de la anécdota, el film es una auténtica gozada. Rodado con precisión milimétrica, manejando con maestría los numerosos cambios de registro (del drama trágico a la comedia burlona, pasando por la dureza de la violencia o el romance retorcido), narra la historia de un hombre viudo que descubre en el sadomasoquismo una vía para lidiar con el dolor irresuelto de la muerte de su esposa. El duelo, la mortalidad, la necesidad física y emocional, la culpa, el recuerdo se complementan con el placer, la pasión, el descubrimiento, el futuro incierto y la ilusión vital. El viaje es duro, es divertido, es triste y finalmente es una explosión catártica de color, alegría y amor. A su modo tortuoso, es una comedia romántica inusitadamente bella y tierna.

Formalmente, el film va desde lo gélido hasta lo rabioso en una gama cromática y de estilos que no chocan entre sí, sino que aportan nuevas capas de significados o emociones. Así, el submundo S/M es tratado al principio desde el misterio, la atmósfera turbia, la música distorsionada, que contrasta con la luminosidad fría pero familiar del 'mundo real'. Poco a poco, ese mundo se oscurece y aplana. Los encuentros con la dominatrix van cargándose de cercanía, calidez y humor, que impregna los momentos felices de la realidad normal. El dolor físico y el placer sexual se acercan estilísticamente para que comprendamos los huecos emocionales que llenan, conectándonos con el viaje de autoconocimiento del protagonista sin apenas percatarnos.

Si a eso le añadimos el que posiblemente sea el mejor prólogo del año y un final instantáneamente icónico, estamos ante una joya de las que, además, crecen con las horas.




Volviendo al tema de los desmayos, ojalá hubiese tenido uno durante RIOT GIRLS (), pero tuve la feliz idea de tomarme un café antes de entrar porque ya eran demasiadas películas seguidas hoy y me temía que fuese a estar luchando contra el sueño. Y, efectivamente, he estado luchando para que me entrase pero la jodida cafeína ha hecho su efecto como nunca antes y me ha sido imposible escapar de esta tremenda basura de la que, por simple ética (o estupidez), no me he salido.

Que quede clara una cosa: no película no es mala porque sea amateur; incluso si estuviese rodada por alguien de más de 15 años (o por un adulto rancio que quiere hacerse pasar por uno de esos jovenzuelos modernos que están todo el día con las maquinitas y los tebeos), seguiría siendo mala. El guion es desastroso: no viene de ningún sitio prometedor y desde luego no va a ningún sitio que merezca la pena, pasando por un sendero de despropósitos del que es difícil sacar algo decente. La puesta en escena es de patio de colegio, y como únicos detalles de estilo hay insertos de cómic que parecen descartes de la versión Asylum de Kick-Ass. Todo es cutre, sin alma, sin asomo de garra o inteligencia o sentido de la diversión.

Al menos los actores salvarán la papeleNO NI DE COÑA. Vale, son jóvenes sin experiencia, pero que se saquen una carrera o una FP para que tengan futuro. A excepción de Paloma Kwiatkowski, que es la única con algo de espontaneidad para defender bien su punki-bollera-catálogo de tópicos cool de saldo andante, todos los demás dan la misma grimilla que ver a un padre sonreír mientras su hija desafina en la función de la guardería. Al menos no desentonan con el conjunto.




No es la única película del día en la que he pensado qué estoy haciendo yo aquí cuando podría estar mandando cartas a gente que no conozco o llorando en mi cama, porque es muy duro hacer un par de kilómetros de cuestas a las ocho de la mañana para ver algo tan fallido y supercuqui como PARADISE HILLS (), un pastiche de colores pastel que empacha incluso más con su convencimiento de que está creando una obra para la posteridad que con la escasa calidad de lo que ofrece.

En esencia, esta distopía feminista es como una colcha hecha de remiendos mal cosidos de películas que todos conocemos, como La Cura del Bienestar, Las Mujeres Perfectas o las adaptaciones a televisión de las novelas de Danielle Steele, en una amalgama incoherente y excesiva rodada como si se tratase de un anuncio de compresas. La trama no resiste ni un mínimo análisis superficial, los personajes se comportan de forma caótica y las actrices apenas saben defender sus papeles (la mejor, Awkwafina; la peor con muchísima diferencia, una histriónica y ridícula Milla Jovovich que tiene que lidiar con el personaje más delirante e incomprensible del film). Se le notan buenas intenciones en su discurso, pero están mal estructuradas y envueltas en papel celofán hortera.

Lo que sí se puede destacar del film es todo a nivel técnico: desde el trabajo de decorados y arte escénico hasta el vestuario rococó, pasando por una fotografía que intenta imitar con solvencia al anime scifi para niñas, todo luce en pantalla como si el presupuesto fuese de primera línea. Que luego todo eso esté mal aprovechado o se una en un conjunto empalagoso es culpa de Alice Waddington, no de los profesionales de estos ámbitos.




Las referencias de las que bebe BLOODLINE () también son bastante evidentes, pero el resultado es mucho mejor. De hecho, me atrevería a decir que se habría convertido en una película de culto para toda una generación si se hubiese realizado antes de que Dexter Morgan entrase en nuestros hogares, ya que por su culpa la trama pierde todo carácter subversivo: ya hemos pasado la etapa en la que un psicópata que solo mata a malas personas puede escandalizar o abrir debates.

Pese a su previsibilidad y a este ligero anacronismo, se trata de un thriller realizado con enorme solidez formal y manejo del tono y el ritmo del relato. Nunca se deja fascinar completamente por la dudosa ética del protagonista, jugando a caminar (sin caer) por el delgado filo entre nuestro impulso cavernícola de aplaudir sus acciones y el cuestionamiento sobre la proporcionalidad del castigo e incluso la justicia de sus métodos. En este sentido, la doble pirueta reinterpretativa del prólogo es una buena muestra de cómo quiere manejar el relato sin que haya respuestas sencillas, algo que rubrica con un final que carga de sarcasmo su crítica a la familia como institución básica para la sociedad.

Por el camino es cierto que cae a veces en la rutina, en lo ya visto y por tanto ya asumido, o en la imitación de ciertas modas (como la música de sintetizador) que no tienen realmente sentido en el contexto que plantea. Pero el resultado es muy correcto y disfrutable.




La última película de este artículo tampoco va a marcar un antes y un después en el mundo del cine, porque sus piezas están mil veces vistas, pero es un juego tan loco cuando se suelta que, en un festival como este, se goza como si fuéramos una piara de gorrinos. NOCHE DE BODAS () es, como mínimo, la confirmación de que Samara Weaving es la nueva diosa de la comedia de terror: es ella la que lleva la película sobre sus hombros y la que la conduce hasta sus cotas más altas de disfrute, emoción y frescura.

El film tarda en arrancar. No por la trama, que se desencadena al ritmo adecuado, sino en el sentido de que su humor y su voluntad de abandonarse a la locura no acaban de encontrar el tono más propicio durante sus primeros compases. Por suerte, la máquina se va engrasando conforme avanza y, sobre todo, cuando deja de lado al personaje del novio para centrarse exclusivamente en Samara huyendo como un John Rambo con enaguas de una familia de ricos que necesitan matarla antes del amanecer por motivos que el guion tarda demasiado en explicar: habrían aportado una dosis de disparate que, visto el demencial tramo final, habría sido muy bienvenido.

Es decir, se trata de una película que va de menos a más; de un correcto entretenimiento a un enorme carnaval de gags violentos y personajes desquiciados donde las clases sociales y la idea de familia tradicional reciben una buena dosis de sopapos. O quizá sería mejor decir disparos, hachazos, flechazos, decapitaciones y hostias hasta acabar saltando por los aires, como un orgasmo de sangre y fuego que te pide a gritos el pitillito de después.


Mañana más: la confirmación de que los directores de Goodnight Mommy odian a los niños, Lupita matando zombis y, lo que más miedo da visto el nivel medio de otros años, cine español de género. Que el enano telépata hueleescrotos nos pille confesados.

@DamnedMartian

 

Fuente: CINeol | Visitada: 721 veces