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Especial Óscar 2017: El triunfo de la melancolía

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Es un placer descubrir una buena canción en medio de la tormenta. Refugiarse en unas notas cuando el vendaval aprieta fuerte, cuando el silencio comienza a pesar más de la cuenta, cuando el apocalipsis es costumbre en la rutina del día a día. Hablamos de cine, sí, pero es inevitable echar un vistazo alrededor para descubrir, una vez más, el punto en el que nos encontramos. O el nivel al que hemos bajado. La fecha en la que comenzó este descenso general tiene un componente subjetivo que respetaremos hasta el final, pero creo que todos estamos de acuerdo en que, vaya, hemos pasado tiempos mejores. Y póngame otro vaso medio lleno.

Al menos, nos quedan cines por conquistar, películas que descubrir, un aluvión de sentimientos (re)conocidos que, en el mejor de los casos, se suceden ante nosotros como si fuera la primera vez. Eso sí, se trata de un logro exclusivo de las obras maestras, historias que consiguen enamorar a medio mundo, proponiendo toda una experiencia que, en ocasiones puntuales, adquiere un indiscutible marco sociológico, expandiendo aún más su poder de impacto y planteando debates, tertulias, comentarios, análisis, polémicas, amores y odios. Es lo que tiene la pasión. Incluso cuando está teñida de pura y dura melancolía.



A estas alturas de un partido que se acerca de manera definitiva a su fin, La Ciudad de las Estrellas. La La Land, a la que a partir de este momento nos referiremos con su título original para ahorrar subrayados absurdos, ya ha ganado. Poco importa la cantidad de Óscar que sus responsables terminen recogiendo la próxima madrugada del 26 de febrero: la película de Damien Chazelle ya ha ocupado su privilegiado lugar en la historia. A sus virtudes cinematográficas, deslumbrantes, se suma un envidiable poder de hipnosis colectiva, el milagro de que un proyecto pequeño y humilde termine generando un eco a la altura exclusiva de los grandes clásicos contemporáneos. Ya no se trata exclusivamente de “¿has visto La La Land?” o, aún peor, “¿14 nominaciones a los Óscar? No es para tanto”; no, hablamos de un fenómeno en toda regla para el que es complicado encontrar una explicación detallada. Porque, después de todo, ¿quién es capaz de explicar con palabras de manera exacta lo que le hace sentir esa nueva canción que se acaba de colar en la lista de tus favoritas?

Echando la vista atrás, y regresando a esa butaca desde la que conocimos a Mia y Sebastian, las causas parecen fáciles de identificar. Un atasco como fuente de felicidad improvisada capaz de extraer luz de la situación más aburrida; el coqueteo frente a una ciudad que termina cayendo rendida a los pies de los dos protagonistas; Ryan Gosling silbando una preciosa melodía en un muelle sacado directamente de los sueños de cualquier madrugada; una audición que termina convertida en un himno; un baile en las estrellas; y esa mirada final. Paremos aquí. Justo aquí. No desvelaremos el desenlace de la historia, calma, pero sí que conviene detenerse en ese epílogo que marca la distancia exacta que separa una gran película de una obra maestra, la gloria efímera e intensa del clásico contemporáneo. Porque, no, Chazelle no opta por el camino fácil ni previsible (algo que, por otro lado, no habría sido del todo coherente con el espíritu de la propuesta), pero, aun así, deberíamos celebrar el triunfo de la melancolía con todo nuestro entusiasmo (y lágrimas).



Si hace dos años, ese milagro de Pixar llamado Del revés nos explicaba de la manera más emocionante posible la esencia de la melancolía, su gestación, descubrimiento y explosión en la vida de cualquier ser humano, La La Land nos la muestra en el esplendor más luminoso y melódico. Por supuesto que tenemos colores deslumbrantes, veranos que parecen incapaces de marchitarse, romances con estribillos contagiosos como el mejor chicle y canciones cantadas a dúo que derriten la armadura más férrea, pero sería un error quedarse exclusivamente con la cara de la moneda. Si se cumplen los pronósticos y estamos ante una película cerca de batir récords de estatuillas, tras conseguir unas críticas entusiastas y una taquilla con la que sus productores todavía se frotan los ojos, también será culpa de la ejemplar capacidad que demuestra a la hora de pulsar esa tecla en la que la sonrisa y la lágrima se encuentran de forma definitiva. No son pocos los comentarios de espectadores que confiesan haber roto a llorar tras el inmenso 'The End' con el que concluye esta historia, intentando expresar la manera en la que, por encima de todo, La La Land les ha roto un poco el corazón.

En este sentido, uno de los debates más interesantes generados tras su estreno se sustenta en la cuestión de descifrar si estamos ante un final feliz o un desenlace demoledor. Y, pese a que la subjetividad vuelve a jugar un papel determinante en la respuesta definitiva de cada uno, es innegable que esta historia de dos almas perdidas en medio de una ciudad que parece tener reservadas sus estrellas para uso exclusivo, contiene un componente de realidad que se enfrenta, de manera directa, con la melodía que une los versos y los primeros compases de un romance, y con la pelea por conseguir sobrevivir haciendo lo que siempre has querido. Sí, La La Land es una carta de amor a los soñadores y al arte y la creatividad como formas (y fórmulas) de vida, pero también es un puñetazo de realidad en el estómago, un nudo en la garganta sin perdices ni castillos, y un poema que cae rendido ante lo que podría haber sido y nunca será.



Respecto a esta idea, su responsable ya demostró su interés en el sacrificio como motor de búsqueda incesante de un estado de satisfacción que termina ligado, de manera definitiva, a la pérdida. No se puede tener todo en esta vida, por más que muchas de las leyes no escritas en las numerosas páginas de la historia del cine se empeñen en lo contrario. Ocurría en Whiplash, el brillante film anterior de Chazelle, con el que La La Land guarda más de un paralelismo. La ambición desproporcionada de alcanzar la perfección que protagonizaba aquel batería de jazz se convierte aquí, de una manera mucho más delicada pero igual de implacable, en la idea de aceptar que, en ocasiones, para continuar avanzando, algunos elementos que consideramos imprescindibles deben quedar atrás. Por nosotros y por ellos. Por lo efímero del aquí y el ahora cuando uno está a punto de cruzar la línea de meta más importante que tenía por delante. ¿Honestidad? ¿Cinismo? Pongamos que hablamos de realismo.

Con esta idea grabada a fuego, Los Ángeles, ciudad que siempre se ha encontrado relacionada con la consecución de los sueños imposibles, esos que riman con América por imposición, se nos presenta como una especie de monstruo descansando sobre un colchón de penumbra con puntuales destellos de excitación. Incluso esos momentos en los que su glamour estalla, sus copas de champagne se evaporan y las fiestas terminan con piruetas en la piscina, terminan convertidos en espejismos. Si quieres alcanzar el infinito, escapa a un planetario y cierra los ojos. Si quieres encontrar uno de esos amores para toda la vida que terminan en puntos suspensivos que dejan huella, espera en la sala de un cine. Si quieres ganar y perder, llega tarde a una obra de teatro, haz enloquecer a una multitud, acepta la victoria y la derrota, pon toda la carne en el asador. Pero nunca esperes que Los Ángeles te ofrezca más refugio que el de las películas.



No es su culpa. El cine, al fin y al cabo, es una fábrica de sueños. Y Los Ángeles se construyó sobre esos cimientos efímeros, con la única promesa de ofrecer al público un lugar donde escapar de la realidad, por muy duro que golpee. Sin embargo, la manera en la que todos los espectadores, o la inmensa mayoría, han conectado con La La Land nos hace ver que no estamos ante un simple vehículo de escape para olvidarnos del ruido y la furia que nos rodea (que también), sino ante una película que arrolla sin caer nunca en los fuegos artificiales más gratuitos. Todo es precioso de ver, mérito de un director en permanente estado de inspiración, pero el fondo tiene tanto poder, o más, que la forma. Sí, nos han contado esta historia mil veces, pero no nos la han contado así; y ese efecto final que nos deja, ese poso inexplicable y agridulce, nos hace querer regresar a ella y volver a sentirla una y mil veces más. Porque el ser humano, por naturaleza, siempre ha necesitado su dosis de melancolía, su desahogo en forma de lágrimas furtivas, su amor a primera vista y su pérdida en la última jugada.

Por su parte, Hollywood continúa aplaudiendo la nostalgia que desprende la película de Chazelle, sus múltiples guiños a un tipo de cine que ya no se hace y que no deja de tener un inevitable toque narcisista, pero somos los espectadores los que, por encima de premios y reconocimientos de la industria, la guardaremos en nuestra memoria como ese rincón en el que siempre suena nuestra canción favorita, inmaculada, perfecta en su melancolía, capaz de hacernos reír y llorar. Y si al otro lado de la ventana continúan los truenos y los naufragios, mejor.



POSIBILIDADES DE ÓSCAR

Todas en casi todas las categorías. Salvo sorpresa mayúscula, la emoción en la próxima madrugada del 26 de febrero estará en comprobar si rompe (o iguala) récords de estatuillas o se 'conforma' con entre seis y ocho premios. Y a bailar.

 

Fuente: CINeol | Visitada: 1206 veces