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Recordando 'La Ley del Silencio' (1954)

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3 Comentarios

En julio se cumplieron 60 años de la que muchos creemos que es una de las mejores películas de la historia: La Ley del Silencio (1954) de Elia Kazan, una obra muy interesante tanto por su contenido como por todo lo que rodeó a su contexto. Nos permitimos pues tomar este aniversario como excusa para rememorarla.




Elia Kazan y la caza de brujas

Aunque quisiéramos evitarlo para no sacar a la luz un tema tan espinoso, la realidad es que no se puede hablar de La Ley del Silencio sin mencionar toda la polémica que rodeó a su director Elia Kazan en los años previos al estreno del film.

Kazan, hijo de una familia humilde de emigrantes griegos, se formó en el teatro en los años 30 como actor y, posteriormente, como director. Esos eran años muy agitados a nivel político, y por ello no es de extrañar que el joven Kazan se involucrara en diversas organizaciones comunistas y que además procurara tratar en sus obras temas de índole social. En el mundo de las artes eso era algo que estaba a la orden del día, puesto que, con el crack del 29 aún reciente, el socialismo era visto como una buena alternativa a esa terrible situación.

Pero, como ya sospecharán, tras la II Guerra Mundial se produjo un cambio de paradigma. Con la llegada de la Guerra Fría, los comunistas pasaron a ser vistos como enemigos del Estado y todos aquellos que tuvieran un pasado izquierdista fueron vigilados con lupa. Hollywood fue uno de los sitios donde el Senador McCarthy comenzó la famosa caza de brujas, ya que como el cine era un medio que llegaba a mucha gente, se temía que hubiera comunistas que insertaran terribles mensajes pro-soviéticos en los films y contaminaran a la población (esto NO es una exageración de lo que pensaba el gobierno). Fue entonces cuando empezó a vigilarse a antiguos izquierdistas y se apuntaba en las famosas listas negras a los que se consideraba que no debían seguir trabajando en el cine. Algunos directores como Jules Dassin o Joseph Losey huyeron a Europa, otros como Edward Dmytryk fueron interrogados y se vieron obligados a delatar a compañeros que también habían sido comunistas.




En esta situación, Kazan se encontraba en bastante peligro: de joven había sido abiertamente comunista, sus películas y obras de teatro solían tratar temas comprometidos, y el hecho de que su último film fuera un biopic sobre el revolucionario Emiliano Zapata (Viva Zapata!) no ayudaba mucho. En su primer interrogatorio ante el Comité de Actividades Anti-Norteamericanas reconoció su pasado izquierdista, pero se negó a delatar a sus antiguos camaradas. Pero los días posteriores decidió que no quería renunciar a una carrera que tanto le había costado labrar, ni meterse en problemas por algo que por entonces él también veía como una amenaza (el comunismo); así que delató a todos sus antiguos compañeros de teatro que, como él, se afiliaron al Partido Comunista.

Aunque no fue ni el primero ni el último en hacerlo, ese acto le persiguió durante el resto de su vida y fue etiquetado como un delator. Para empeorar las cosas, tuvo la poca vista de enviar una carta al New York Times justificando su acto y animando a otros a hacer lo mismo, lo cual consiguió básicamente que se le diera aún más bombo a lo que había hecho. Le llegaron numerosos anónimos insultantes, la prensa se lanzó contra él, varios de sus amigos le retiraron la palabra y se convirtió en una especie de apestado durante el resto de su vida, aun cuando no fue ni la primera ni la última persona en delatar a sus compañeros para no poner en peligro su carrera.

Incluso cuando se le concedió el Oscar Honorífico en 1999 hubo protestas de cineastas como Abraham Polonsky (una víctima directa de las listas negras), quien no se cortó en decir que desearía que le pegaran un tiro a Kazan sobre el escenario. De hecho, si ven el vídeo de la entrega del premio pueden comprobar cómo algunas personas del público, como Ed Harris y Nick Nolte, se negaron a aplaudirle:




Un proyecto sin futuro

Que justo después de este suceso filmara una película de pura propaganda anticomunista, Fugitivos del Terror Rojo (1953), no mejoró la imagen que se tenía de él. El hecho de que además no funcionara bien en taquilla acabó de condenarle de cara a la industria, pero por suerte se encontró con fuerzas suficientes para planificar una gran película, que demostrara a todos que no estaba derrotado y aún tenía mucho que decir. Su aliado sería el guionista Budd Schulberg, también caído en desgracia por haber delatado a compañeros excomunistas. Schulberg tenía entre manos un guión que denunciaba las organizaciones mafiosas que controlaban los estibadores y se basaba en un caso real: un trabajador del puerto que denunció a las autoridades a varios de los implicados en esa trama de corrupción y acoso a los trabajadores, sufriendo en consecuencia el rechazo de sus compañeros al considerarle un chivato. ¿Les suena familiar?

Para llevar a cabo el film, inicialmente acudieron a la Fox, el estudio que siempre había apoyado a Kazan y con el que había hecho la mayor parte de sus películas (incluyendo la que le dio su primer Oscar: La Barrera Invisible). Pero Darryl F. Zanuck descartó el guión por verle poco potencial y porque su última obra había fracasado por completo. El resto de estudios rechazaron producirlo por razones similares. Todo parecía indicar que nunca podrían llevar a cabo el proyecto, hasta que se cruzó en su camino un productor independiente: Sam Spiegel. Por entonces Spiegel aún no se había embarcado en las superproducciones que le harían famoso, como El Puente sobre el río Kwai (1957) y Lawrence de Arabia (1962). Su último logro había sido La Reina de África (1951), cuyo rodaje en dicho continente había sido un auténtico calvario. Por ello, la idea de filmar una película del prestigioso Elia Kazan en escenarios reales de Nueva York le pareció perfecta.




En lo que respecta al reparto, el cineasta había pensado en Frank Sinatra para el papel protagonista, y de hecho ya había cerrado un acuerdo con él, pero el astuto Sam Spiegel prefería a Marlon Brando, que era mucho más popular por entonces. Kazan lo consideraba el mejor actor que jamás había conocido y ya había trabajado con él en teatro y cine (Un Tranvía Llamado Deseo, Viva Zapata!), pero Brando se negaba a ponerse a sus órdenes por su condición de delator. Aquí debemos reconocer el mérito de Spiegel, quien logró convencer al testarudo actor para que aceptara el papel, aunque éste no se guardó en demostrar lo mucho que despreciaba a Kazan.

El resto del reparto era absolutamente impecable e incluía a viejos amigos que habían trabajado anteriormente con el director, como Karl Malden y Lee J. Cobb (este último también se había visto obligado a delatar a compañeros comunistas), así como a Rod Steiger y una debutante Eva Marie Saint. Finalmente, Kazan y Schulberg lo habían conseguido: harían su película.


Filmación de un clásico

El rodaje fue especialmente difícil para el equipo, ya que Kazan había insistido en trabajar en los escenarios reales (el puerto de Nueva York) en pleno invierno. No era de extrañar esa petición, puesto que ya desde sus inicios el cineasta había sido siempre partidario de filmar en escenarios reales, y juzgando el resultado en películas como Pánico en las calles (1950), uno entiende esa decisión: los escenarios formaban parte fundamental del ambiente que impregnaba la película. Uno de los detalles que más define La Ley del Silencio, aunque uno no se fije en ello durante los primeros visionados, es que es un film donde sentimos el frío. Notamos en las expresiones de los actores y en el ambiente húmedo y neblinoso la fría temperatura a la que se encuentran. Todo este entorno tan auténtico y real contribuye decisivamente a hacer que la película sea tan veraz.




El otro elemento fundamental es la actuación de sus protagonistas. No sé si Sinatra habría hecho una gran actuación, pero es imposible imaginarse a cualquier otro que no sea Brando en ese papel. Se suele resaltar siempre su inmensa interpretación de Vito Corleone en El Padrino (1972) como la mejor de su carrera, pero yo siempre he creído que su mejor papel es el de Terry Malloy en esta película. Incluso me atrevería a añadir que es una de las mejores interpretaciones cinematográficas de la historia. Puede que no sea tan carismática como la de El Padrino, pero su personaje de La Ley del Silencio es uno de los más auténticos y humanos que he visto en una película.

Para la posteridad queda una de las escenas más famosas de la historia del cine, que muchos expertos han citado además como una de las mejores a nivel interpretativo que se hayan filmado en Hollywood: el encuentro entre el protagonista, Terry, y su hermano mayor Charley en un taxi. A nivel dramático es un momento en el que la tensión está a flor de piel: Terry ya ha decidido que denunciará toda la corrupción de los muelles y su hermano Charley ha sido enviado como emisario para obligarle a detenerse. No obstante, aquí el guión da un giro dramático e inesperado cuando Terry apela a los sentimientos de Charley y le hace ver todos los sacrificios que hizo por su hermano mayor. La interpretación llena de sensibilidad (pero sin un amago de sentimentalismo) de Brando y Rod Steiger desprende una magia y autenticidad muy especiales: la forma con la que Steiger pasa de ser quien tiene la voz cantante imponiéndose a su hermano a ser consciente de su error, o la mano de Brando apartando la pistola de su hermano casi con una caricia.




No obstante, sin negar la validez de esa escena, la que yo destacaría como mi favorita personal, y que cada vez que la revisiono me sigue poniendo los pelos de punta, es el discurso del Padre Barry después del 'accidente' que había acabado con la vida de uno de los trabajadores que iba a hablar:




Si alguien todavía no sabía que Karl Malden fue uno de los más grandes actores de la historia de Hollywood, espero que este fragmento le haga reparar ese olvido para siempre.

Por otro lado, aunque uno tiende a recordar las escenas más catárticas, como la del Padre Barry o ese final que pone los pelos de punta, yo creo que lo que hace tan especial a la película es que está plagada de pequeños momentos memorables que le dan una textura especialmente realista a una clásica historia de sacrificio y redención. Por ejemplo, la escena en la que Terry muestra a Edie, de la que se está enamorando, las palomas que cuida junto a unos chicos del barrio, el único amago de sensibilidad que ha desprendido el personaje hasta entonces. O la primera conversación de Terry con el Padre Barry por las calles de alrededor del puerto.




Y eso sin olvidar que para mí La Ley del Silencio tiene una de las mejores subtramas de amor que he visto en una película, pese a que es algo que no suela destacarse del film. No hay nada del glamour ni las frases románticas típicas de Hollywood, y eso es lo que la hace tan especial, porque parece auténticamente creíble: él es rudo en su manera de demostrar interés por Edie, y ella desprende al mismo tiempo fragilidad y fortaleza de espíritu. ¿Cómo no enamorarse de Eva Marie Saint en esta película? Su rostro sin ningún atisbo de maquillaje, simplemente su cara tal cual. Esa expresión que mantiene en toda la película de frío y vulnerabilidad que dan ganas de protegerla (como acaba haciendo Terry). La forma tan inocente -y no por ello exenta de valentía y determinación- en la que quiere acabar con la corrupción, sin ser consciente de que el mundo no funciona tal y como le enseñaron en su colegio de monjas.

La escena donde ambos pasean juntos por primera vez es otra de mis favoritas: Terry al principio se pavonea un poco e intenta chincharla amistosamente (es su manera de hacer que se fije en él), mientras que ella se mantiene seria y le critica por formar parte de ese entramado corrupto. Aunque intuimos que tarde o temprano surgirá el romance entre ellos, al principio lo que observamos son dos personas que no terminan de encajar y buscan alguna conexión entre ellos. En cierto momento a ella se le cae el guante, Terry lo coge y en vez de devolvérselo se lo prueba en su mano: esto surgió por accidente en un ensayo y Brando lo improvisó, quedó tan bien que lo añadieron a la película. Es uno de esos detalles que a un guionista no se le ocurrirían, por ser intrascendentes, pero que contribuyen a dotar de más vida a un personaje. Es uno de los muchos ejemplos que demuestran por qué Brando era un actor genial, capaz de dotar a su personaje de multitud de matices y detalles como éste.




En un primer visionado uno recordará el tema de la redención, la climática escena de la paliza final y el desenlace tan ambiguo, exento del optimismo sin fisuras que uno esperaría. Pero revisionándola, emergen estos detalles que convierten una excelente película en una obra maestra.


Reconocimiento de la película

Contra todos los pronósticos de los estudios, el film fue un éxito instantáneo de taquilla, pese a ser el tipo de drama que teóricamente no atraería al público. Es más, logró incluso arrasar en los Oscar de ese año entre vistosas producciones a Technicolor, melodramas sobre el mundo del espectáculo y suntuosos musicales. Por una vez, la Academia prefirió un drama más seco y realista al atractivo glamour de Hollywood. Quizá es que en el fondo a todos nos gustan mucho las historias de redención personal.

Existe el peligro de restar validez a La Ley del Silencio (1954) entendiéndola como una apología a la delación. Es innegable que lo que más le inspiraba a Kazan de este argumento era que se veía reflejado en esa situación (él mismo lo reconoce en su autobiografía), y desde luego ésa era una motivación que dejaba mucho que desear, ya que los motivos que llevan a Terry a delatar a los mafiosos no tienen absolutamente nada que ver con los que llevaron a Kazan a delatar a sus antiguos compañeros. Como justificación de sus actos, La Ley del Silencio fracasa por completo, ya que dudo que convenciera a nadie salvo al ego de sus creadores. Pero lo que nos interesa es que esa circunstancia le dio la fuerza necesaria para convertir su argumento en algo especialmente personal, lo que repercutió en su resultado final. Al espectador no debe echarle atrás lo que buscaba Kazan, sino simplemente disfrutar del memorable resultado final.


 

Fuente: CINeol | Visitada: 2047 veces


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Comentarios (3)

12:09 - 07/08/2014

p4dr1n0

Magnífico artículo, como siempre! (escrito esta vez, se nota, desde la devoción a esta película, pero no es para menos ;-))

Desde el punto de vista de la carrera de Brando, prefiero probablemente El Padrino (pero claro, más como película, que no como peso de su actuación dentro de la misma) pero dentro de la carrera de Kazan me parece claramente la obra cumbre. Comparto la opinión de que es una de las mejores películas de todos los tiempos.

Ahora, también estoy de acuerdo en que eso es abstrayéndonos del contexto de la misma y del propio Kazan. Sentí una enorme simpatía, cuando ví esa ceremonia, hacia aquellos que se negaron a aplaudir o no pasaron de hacerlo tímidamente. En mi opinión los actos de Kazan fueron de malos a peores. Desde las delaciones en sí mismas a las justificaciones (reiteradas y absolutamente lamentables) de las mismas, a la realización de una basura como Fugitivos del Terror Rojo.

16:53 - 12/08/2014

MadMax66

Obra cumbre del Cine clásico en blanco y negro, tan tierna y cruda a la vez.
Todas las críticas a Eliz Kazan quedan empequeñecidas cuando vemos esta película.
Muy buen artículo Guillermo, enhorabuena, una excelente valoración e inmejorable análisis técnico del film. [oki]

13:45 - 13/08/2014

p4dr1n0

Ahora que desgraciadamente ha fallecido Lauren Bacall, me gustaría dejar constancia aquí de la inmensa valentía y conviccion que demostró precisamente durante la caza de brujas. Ella sí que fue un ejemplo a seguir en este sentido. DEP.


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