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Las primeras películas de Roman Polanski

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Roman Polanski es uno de esos directores que no necesita presentación, ya que se trata de un personaje sencillamente fundamental dentro del mundo del cine y que aún hoy día es noticia, al seguir en activo a sus 80 años (de hecho, en breve vamos a tener en cartelera su última película, La Venus de las Pieles). Por ello he pensado que sería interesante hacer un repaso a la primera etapa de su carrera, ya que seguramente es la menos conocida por muchos y creo que es absolutamente fundamental.

Sus primeras películas tienen la particularidad de ser las que están más influenciadas por el tipo de cine que se hacía en Europa del Este durante los años 50. Aunque ya se entrevé en ellas su personalidad, tienen un aire irresistiblemente hijo de su época que las hace muy especiales. En ellas vemos a un Polanski creando libremente a partir de material propio, dejándose llevar por su gusto por lo absurdo y las historias abiertas, al mismo tiempo que dejaba bien clara su pericia técnica.

Así pues, situando como fecha límite de esta primera etapa El Baile de los Vampiros (1967), veamos qué había hecho el director polaco hasta entonces...



Los cortometrajes

Polanski se introdujo en el cine en los años 50 estudiando en la Escuela Nacional de Cine de Lodz. Por aquella época, países del otro lado del muro como Polonia y Checoslovaquia estaban empezando a potenciar su cinematografía con escuelas de cine que permitían a sus alumnos no sólo aprender las técnicas esenciales, sino visionar films prohibidos al gran público bajo la coartada artística. Fue en estos años cuando empezó a emerger una generación más que interesante de cineastas de la Europa del Este que acabarían resultando de una gran influencia a nivel internacional.

El primer gran autor en destacar en Polonia sería Andrzej Wajda, con el que Polanski colaboró actuando en un papel secundario en su película Generación (1954). A éste le seguirían otros directores destacables, algunos de los cuales también se habían formado en la Escuela Nacional de Cine de Lodz, como Andrzej Munk y Kazimierz Kutz.

En este ambiente bastante liberal -dentro de lo que permitía el régimen comunista-, Polanski hizo sus primeros trabajos cinematográficos con una serie de cortometrajes que a día de hoy se pueden conseguir con cierta facilidad en DVD. Todos se grabaron sin diálogos, únicamente con efectos de sonido y banda sonora, lo cual potencia su fuerza visual.



Los primeros de esos cortos no son especialmente remarcables, ya que no dejan de ser ejercicios de clase en los que es un poco absurdo querer ver trazas de sus futuras inquietudes temáticas. El más remarcable de todos es una gamberrada camuflada de cinéma vérité, Interrumpiendo la fiesta (1957), en que Polanski grabó a unos compañeros celebrando una fiesta que es interrumpida por unos matones locales a quien él había contratado para que la destrozaran sin haber avisado previamente a los actores. La gracieta casi le costó la expulsión de la escuela.

Sus dos cortometrajes más destacables de esta etapa son sin duda Dos Hombres y un Armario (1958) y Ángeles Caídos (1959). El primero, seguramente el más conocido de todos, es una fábula que juega con el absurdo en que dos hombres se pasean por una ciudad transportando un armario tan grande como inservible. Se trata de una obra muy en la línea de lo que se llevaba en la época, con estilo alegórico y preferencia por los desenlaces abiertos. El segundo es indudablemente su cortometraje más ambicioso, en que narra en flashback la historia de una anciana encargada de cuidar unos baños públicos.



Más adelante, después de su primer largometraje, realizaría en 1961 otros dos cortometrajes remarcables más en la línea alegórica de Dos Hombres y un Armario: Mamíferos y El gordo y el flaco. El primero, protagonizado por dos vagabundos, es mi favorito de todos, quizá por estar muy vinculado al slapstick y por la entrañable sencillez de su historia (muy bien complementada con la banda sonora por cierto). El último tiene como coprotagonista al propio Polanski, encarnando a un hombrecillo encargado de interpretar música para un hombre obeso. No obstante, entre estos cortos y los anteriores, Polanski ya había debutado con un largometraje...



El cuchillo en el agua

El Cuchillo en el Agua fue un debut algo dificultoso para el joven Polanski. El Ministerio de Cultura puso varias pegas al primer guion, sobre todo a la tensión sexual que había entre los personajes, y el proyecto estuvo congelado un tiempo. El film tomaba como base muy astutamente la escasez de medios con que contaría, narrando una historia que sucedía a bordo de un barco y en la que estaban implicados únicamente tres personajes: un matrimonio y un joven misterioso al que acogen, que acaba teniendo una relación muy tensa con el marido mientras coquetea con la mujer. Sería la primera de sus muchas películas situadas en un espacio cerrado en su casi totalidad -La Muerte y la Doncella (1992), Un Dios Salvaje (2011)- o en buena parte del metraje. Es el caso de las dos siguientes que comentaremos a continuación, además de La Semilla del Diablo (1968) y El Quimérico Inquilino (1975).



Polanski, que ya por entonces era uno de esos hombres que se tienen a sí mismos en mucha estima, quiso interpretar al seductor joven, pero para su consternación no se lo permitieron. A cambio contó con un eficiente estudiante de interpretación robándole su papel y a un prestigioso actor como marido. Más desafortunada fue la elección del papel de esposa: una mujer que vio en una piscina y a la que contrató no tanto por sus (nulas) dotes actorales como por lo bien que le sentaba el escueto bañador. En consecuencia, el director sudó sangre para extraer una interpretación potable de ella.

El film es un ejemplo perfecto de thriller psicológico, con un argumento que no se va por las ramas y se basa en la tensión entre los tres personajes. La crítica de su país lo detestó, ya que no era el tipo de película que se quería fomentar. Por ello les pilló a todos por sorpresa que, al cabo de un tiempo, tuviera una inesperada buena acogida en el extranjero, siendo portada de la revista Time y nominada al Oscar a la mejor película de habla no inglesa.



El futuro le parecía prometedor a Roman Polanski, quien decidió abandonar Polonia para labrarse una carrera en el extranjero, donde esperaba tener menos problemas con la censura y beneficiarse de la creciente fama que estaba adquiriendo el cine de la Europa del Este. Así pues, un ambicioso Polanski cogió su coche y pasó con sus pocas posesiones al otro lado del muro dispuesto a comerse el mundo.



Repulsión

Después de colaborar a continuación en un film colectivo y probar suerte en Francia de forma infructuosa, Polanski se instaló en Reino Unido con la esperanza de tener más suerte. Cuando le quedó claro que los grandes estudios no estaban interesados en ese prometedor director, Polanski bajó el listón hasta asociarse con Compton Pictures, un estudio que se dedicaba a la producción de películas porno y que quería probar suerte cambiando de género (años después, el director tendría el peculiar honor de filmar la única adaptación de Shakespeare producida por Playboy).

Polanski y su colaborador, el guionista Gérard Brach, quisieron colarles una historia extravagante e invendible llamada Waiting for Katelbach. Previsiblemente, les dijeron que les dejarían filmar ese guión si Polanski dirigía antes una película más comercial, como por ejemplo un film de terror. Polanski y Brach aceptaron el reto y escribieron el guión que sería la base de Repulsión.



Resulta curioso pensar que Repulsión se planteó inicialmente como una obra que pudiera funcionar en taquilla, porque viéndola hoy en día nos pueden venir muchos adjetivos a la cabeza, pero desde luego no "comercial". La idea era seguramente venderla como una emocionante película sobre psicópatas, en la línea de Psicosis (1960), pero lo cierto es que Repulsión no es una película fácil ni ligera. Se trata de un profundo estudio psicológico de Carol (interpretada por una Catherine Deneuve maravillosa), una manicurista que vive en un apartamento con su hermana y que siente una repulsión instintiva hacia los hombres. Cuando su hermana se ausenta unas semanas para viajar con su amante, Carol acabará sucumbiendo a la locura sola en el piso en medio de un mar de alucinaciones.

Repulsión sería el primer film de una trilogía no oficial de películas de Polanski en las que sus protagonistas sufren un trastorno mental o creen sufrirlo encerrados en un apartamento. Los otros dos serían las magistrales La Semilla del Diablo (1968) y El Quimérico Inquilino (1975). De todas ellas, Repulsión es la que enfatiza más la locura de su protagonista, recreando las alucinaciones que sufre (las fisuras de la pared, las pesadillas en las que cree ser violada) y remarcando su aislamiento del exterior, situando toda la segunda parte de la obra en el apartamento. Uno de los detalles a alabar del film es el hecho de que dos hombres consiguieran penetrar tan eficazmente en la psique femenina y que Polanski supiera reflejar tan fielmente el universo mental de una esquizofrénica.

Pese a no ser una película especialmente comercial, acabó funcionando muy bien en taquilla, impulsando exitosamente la carrera de Polanski. Personalmente, siempre ha sido mi película favorita del director polaco.




Callejón sin salida

La primera opción que Polanski y Brach ofrecieron a Compton Pictures iba más en la línea de algunos cortometrajes de Polanski y su gusto por el absurdo. Por decirlo de otra forma, Callejón sin salida era el tipo de película de autor que uno esperaría de un director polaco: plagada de humor surrealista, visualmente estimulante y pasmosamente críptica, motivando a los sesudos cinéfilos de cineclub la tarea de buscar en ella alegorías y significados que podían ser más o menos descabellados.

Resumir el argumento creo que no hace justicia a su contenido, pero lo intentaré. Tenemos un castillo aislado del mundo en el que habita un matrimonio, George y Teresa. Él es mucho mayor y ella no tiene reparos en engañar a su marido por aburrimiento. Entra en escena un gángster, Richard, que huye junto a un compañero presuntamente de un golpe que no ha salido bien. Richard retiene al matrimonio en el castillo a la espera de que llegue su jefe, un tal Katelbach. Katelbach nunca llega. Teresa por diversión se dedica a provocar a George y Richard, y en vez de producirse el previsible triángulo amoroso que uno esperaría -la premisa de hecho es muy similar a Un Cuchillo en el Agua- o crear suspense en la línea de Horas Desesperadas (1955) -que también tiene un argumento similar-, Polanski se dedica a potenciar lo absurdo de la situación.



Callejón sin salida definitivamente no era (ni es) una película para todos los gustos, pero era Roman Polanski en estado puro, demostrando su gusto por el absurdo (que el título original fuera una referencia a Esperando a Godot es una pista bastante clara) y luciéndose tras la cámara, como demuestra en un famoso plano que tiene lugar en la playa y que no sólo es inusitadamente largo, sino que implicaba coordinarse con una avioneta que debía pasar en un momento preciso. Como curiosidad, la tendencia de Polanski por hacer innumerables tomas de cada plano le pasó factura a la protagonista femenina, Françoise Dorléac (casualmente hermana de Catherine Deneuve), que en esa escena debía bañarse desnuda. La temperatura del agua era tan baja que en una de las repeticiones se desmayó a causa del frío. Polanski decidió que después de todo no harían falta nuevas tomas.

Previsiblemente, Callejón sin salida fue un fracaso de taquilla. Era un film inclasificable cuyo lugar estaba más en cineclubs donde sería apreciado por cinéfilos que tenían interés por películas tan especiales como ésta. A cambio, triunfó en el Festival de Cine de Berlín y se convirtió en un film de culto.



No obstante, en sus siguientes obras Polanski dio un giro decisivo a su carrera. Abandonó el estilo tan europeo de Un Cuchillo en el Agua, la psicología enfermiza de Repulsión y el surrealismo de Callejón sin salida por un enfoque más asequible. La comedia El Baile de los Vampiros y, sobre todo, el film de terror La Semilla del Diablo situaron a Polanski en géneros más definidos y le ayudaron a llegar al gran público, lo cual por descontado no debe verse con ninguna connotación negativa: él consideraba El Baile de los Vampiros la mejor obra que había hecho hasta entonces, y no creo que haga falta a estas alturas defender La Semilla del Diablo. La increíble versatilidad que demostró en su carrera posterior seguramente pilló a todos sus seguidores desprevenidos, pero la base de ese estilo propio y esas inquietudes que caracterizarían sus obras ya se encontraban en estos primeros trabajos.

 

Fuente: CINeol | Visitada: 2225 veces