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Jacques Tati, humor a contracorriente

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Aunque durante bastante tiempo ha vivido algo relegado en el olvido, Jacques Tati es uno de esos directores de cine sumamente especiales y únicos. Su carrera consta de tan solo cinco largometrajes, pero en esos cinco largometrajes consiguió crear un tipo de humor y una visión del cine tan personales que le ha permitido pasar a la posteridad pese a su carrera tan breve.

Tati se trata de un cineasta único en dos sentidos: por su particular sentido del humor que le diferencia de la mayoría de cómicos de su época, y por su obstinada independencia y su tozudez por controlar todo lo que concernía a sus films, que fue la razón por la que su carrera acabó siendo tan corta. Desvinculado siempre de cualquier movimiento cinematográfico y poco amigo de la crítica, aunque en los años 50 tuvo su momento de fama actualmente su nombre tiende a quedar relegado a un segundo plano, como una simpática nota a pie de página en la historia del cine francés que no puede compararse a otros cineastas más llamativos. Es hora pues de hacerle justicia.



Tati, el mimo

Tati nació en la localidad francesa de Le Pecq en 1907. Desde pequeño, Tatischeff demostró una absoluta indiferencia hacia los estudios y el mundo académico, y de hecho incluso en su época de mayor fama jamás pretendió aparentar ser un director intelectual en contraste con la mayoría de cineastas de prestigio contemporáneos a él. Lo único en que destacó desde muy temprana edad fue en los deportes, especialmente la equitación y el rugby, jugando durante mucho tiempo en un equipo semiprofesional.

Su futuro debía parecer bastante incierto en sus años de juventud. Sin estudios, se veía obligado a ayudar en el negocio familiar dedicado al apasionante mundo del enmarcado de cuadros (sin ánimo de ofender a los lectores de ese sector), que obviamente no le satisfacía en absoluto. Por otro lado, aunque era hábil en los deportes, no era lo suficientemente bueno como para ser un profesional. Quién le diría que su ocupación futura nacería de una costumbre tan inocua que tenía lugar después de los partidos de rugby.


Tati con dos de sus mayores influencias como cómico y cineasta: Buster Keaton y Harold Lloyd



En ese ambiente de camaradería, Tati empezó a adquirir la costumbre de hacer pequeños números en que imitaba de forma cómica las jugadas más destacadas del partido o los gestos típicos de un jugador. Estas breves actuaciones mudas gustaban tanto a sus compañeros que se convirtieron en una costumbre que fue yendo a más hasta que en cierto punto Tati se planteó convertirlas en un pequeño número de music-hall llamado Impresiones Deportivas, que consistía en imitaciones de mimo de varios deportes.

Así empezaría la carrera de Tati en el mundo del espectáculo, donde poco a poco se hizo un nombre que le permitió debutar en el cine a través de algunos cortometrajes cómicos. En sus primeras películas, Tati únicamente colaboraba como actor, pero ya hacía gala de ese tipo de humor tan característico, basado en el slapstick y el mimo, con los mínimos diálogos posibles. Su debut como director llegaría con École de Facteurs, un cortometraje en que unos carteros son entrenados para entregar el correo lo más rápidamente posible. Aunque Tati acabó dirigiéndolo fruto de las circunstancias (no pudieron encontrar otro realizador a tiempo), la experiencia le gustó, y el buen recibimiento del corto le animó a ser en el futuro el director de sus propios films.

Inicio de una prometedora carrera

Tras el éxito de École de Facteurs Tati se embarcó en una especie de remake del mismo que acabaría siendo su primer largometraje, Día de Fiesta. La premisa era ciertamente muy parecida: el cartero del pueblo, François, ve un noticiario que alaba la velocidad y eficiencia del servicio postal americano y decide imitarlo con catastróficos resultados. Pero lo que hace tan especial este film y que muestra que su creador no era un cómico más, es todo lo que rodea ese argumento. Porque lejos de ser una simple comedia, Día de Fiesta es ante todo un retrato de la Francia rural, del pueblecito en que se sitúa la acción al que llega una feria que descoloca momentáneamente su aburrida cotidianedad.

La película iba a tener el honor de ser el primer largometraje francés rodado íntegramente en color utilizando un sistema de coloreado propio, pero el desconfiado Tati decidió filmar la película con dos cámaras a la vez: una para la versión en color y otra para la versión en blanco y negro. Fue una decisión crucial, el sistema de coloreado acabó siendo desastroso e inaprovechable y el film tuvo que estrenarse con el negativo en blanco y negro (décadas después se restauraría en una versión en color).



No acabaron ahí los problemas: ningún distribuidor quería el film argumentando que era poco gracioso. En honor a la verdad, es lógico que desconfiaran, puesto que su debut ya mostraba el estilo propio de Tati que lo hacía tan especial. Potencialmente era un tipo de película poco atractiva y nadie quería correr el riesgo. Frustrado, Tati subsistió haciendo giras en el circuito de music-hall para tener dinero con que mantener a su familia. Fue en esa época tan oscura de su vida cuando escribió un guión para un proyecto llamado El Ilusionista que nunca llegó a convertir en película y del que hablaremos más adelante.

Como solución desesperada, Tati se las ingenió para proyectar Día de Fiesta en un cine en lugar de la película que el público esperaba ver e invitó a una serie de distribuidores para que vieran el resultado. Si ese público se hubiera mostrado hostil quizá no existiría a día de hoy la carrera cinematográfica de Tati, pero el caso es que gustó mucho y a partir de ahí el film pudo ser estrenado con gran éxito.


Monsieur Hulot y éxito internacional

Animado tras el éxito de su primer largometraje, Tati se lanzó hacia su segunda obra que le lanzaría aún más hacia el estrellato: Las Vacaciones del Señor Hulot. Como destacable novedad, este film fue el primero en que Tati encarnó al personaje al que sería asociado el resto de su vida: Monsieur Hulot.
Hulot sería el protagonista del resto de sus films, un hombre despistado en permanente conflicto con un mundo cada vez más complejo. No es un personaje que se recree en los gags que surgen a partir de él, sino que el conflicto surge más bien de sus intentos por encajar o que no se descubran los desastres que ha provocado. En ese sentido es un personaje muy discreto y por ello menos atrayente que otros cómicos míticos del cine, pero eso es lo que le hace tan especial, su forma de crear gags de una forma más sutil, sin grandes gestos o tics, sino basándose en los pequeños detalles. Si tuviéramos que buscar un referente de su tipo de humor, la elección más obvia sería Buster Keaton. Ambos practicaban ese humor aparentemente impersonal exento de la ternura o el dramatismo de Charles Chaplin y sus personajes eran outsiders fuera de lugar, a diferencia del chico con gafas que encarnaba Harold Lloyd.

Las Vacaciones de Monsieur Hulot fue el film en que explotó más a fondo las posibilidades de ese personaje. De hecho se trata de una película que prácticamente carece de argumento y que se basa sólo en las diferentes situaciones que provoca Hulot. Aquellos que dijeron que Día de Fiesta era una comedia muy lenta se debieron exasperar aún más con la siguiente obra de Tati. Sus gags no tenían "punch line" ni tampoco se recreaba en ellos o los redondeaba, sino que iban sucediéndose sin más. La sensación que da un film de Tati es de estar viendo la vida cotidiana, no una película que busca expresamente hacer reír (aunque lo consiga, y con creces). Eso es lo que las hace tan únicas y encantadoras.



El film fue un éxito aún mayor que el anterior y en consecuencia a Tati le llovieron cientos de ofertas para que filmara secuelas baratas de las aventuras de Hulot: Hulot viaja a Londres, Hulot se enamora, etc. También le llegan otros proyectos más interesantes y extravagantes, como interpretar al Quijote en una versión del clásico de Cervantes dirigida por Federico Fellini. Tati no se decidía por qué proyecto emprender, pero un desafortunado accidente de coche sufrido en 1955 le redujo drásticamente el abanico de posibilidades. El accidente fue tan grave que no llegó a recuperarse del todo, de esta forma nunca más pudo volver a interpretar algunos de los pequeños números de humor físico que se veían en Día de Fiesta y Las Vacaciones de Monsieur Hulot. Fue en cierto modo una circunstancia que le obligó a desarrollar otro tipo de gags en sus futuras obras.

Por otro lado, el hecho de que pasaran tantos años entre todas sus películas tenía que ver sobre todo con su obstinada búsqueda de la independencia. Tati había conseguido triunfar haciendo películas de acuerdo con sus reglas, y después de haber saboreado la libertad que eso suponía no estaba dispuesto a someterse a las órdenes de nadie. Eso implicaba por un lado enormes dificultades para financiar sus films y por otro que, al no tener a ningún productor presionándole, se tomaba su tiempo para desarrollar sus proyectos supervisando todos los aspectos de cada película. Por ello en esa época tuvo numerosas disputas con el productor de sus films Fred Orain para hacerse con los derechos de sus películas. Este enfrentamiento desembocó en una ruptura que le llevó lógicamente a crear su propia productora, Spectra Films.

Otro rasgo determinante de Tati fue su tendencia a aislarse de la industria del cine. Desde sus inicios en el séptimo arte hasta el final de su carrera, Tati nunca se relacionó con otros cineastas de la industria francesa, no sólo evitando alinearse con cualquier movimiento o tendencia, sino no utilizando a actores conocidos en sus películas. Nunca hay nombres de relevancia en el cine de Tati más allá de él mismo, los otros actores son siempre o intérpretes desconocidos o directamente amateurs sin experiencia previa (por ejemplo el alto ejecutivo de Las Vacaciones de Monsieur Hulot era realmente un ejecutivo interpretándose a sí mismo).
Esta automarginación acabó teniendo consecuencias negativas para él al no contar con amigos en la industria en los momentos más difíciles de su carrera. De nuevo, esto forma parte de la leyenda Tati: no sólo su cine es una rara avis sino que él mismo también lo era como cineasta, haciendo sus películas a su aire.



Entre las posibilidades para su siguiente film estaban de nuevo El Ilusionista , un curioso proyecto ambientado durante la ocupación nazi y, el que acabó siendo escogido, Mi tío. Dicho film ha acabado siendo el más popular y aclamado de su carrera, y no sin motivo, ya que en él Tati combinó ese humor que le hizo tan popular junto a una tierna (pero sin llegar a sentimental) historia sobre el vínculo que establece Monsieur Hulot junto a su sobrino, típico hijo de un burgués acaudalado y distante. La película además trataba el contraste entre la fría modernidad y la Francia tradicional que estaba desapareciendo.

Al público y la crítica les encantó el resultado y durante un tiempo Jacques Tati fue una respetada celebridad mundial. Ganó el Oscar a la mejor película de habla no inglesa, le pidieron que hiciera un film en Estados Unidos y los sesudos críticos de la Nouvelle Vague le respetaban situándolo al lado de los pocos directores franceses que consideraban de interés, con la diferencia de que Tati, a diferencia de Robert Bresson, Jean Renoir o Abel Gance, hacía comedias aparentemente inofensivas y no films de prestigio (como curiosidad, en su película Domicilio conyugal François Truffaut introdujo un pequeño guiño a Tati con un cameo de un actor disfrazado de Monsier Hulot).



Megalomanía y excesos fatídicos

Este desmesurado éxito tuvo sus consecuencias negativas, ya que a Tati se le subió el éxito a la cabeza. Pasaron casi 10 años entre ambos films, de los cuales la mitad los pasó retocando (innecesariamente) sus dos primeros largometrajes y tanteando qué nuevo proyecto podría llevar a cabo a la altura de las expectativas que había generado. Una de sus ideas más curiosas era un espectáculo que combinara music-hall con cine, y aunque hizo algunas pocas representaciones basadas en esta premisa finalmente decidió apostar por una nueva película que fuera absolutamente gigantesca.

Ese nuevo film, que acabaría llamándose Playtime, sería el que pondría fin a una carrera tan prometedora. Si algo ha demostrado la historia del cine es que pocas cosas hay peores que un gran director al que se le ha subido el éxito a la cabeza y que cuenta con un gran presupuesto (véase Apocalypse now o La Puerta del Cielo). El caso de Tati era aún más peligroso porque al ser un cineasta independiente no tenía que rendir cuentas a ningún productor, y por tanto nadie le detuvo a tiempo.



Playtime sería su gran estudio sobre la modernidad, sobre esta nueva sociedad fría, impersonal y mecánica. Para ello Tati decidió no reparar en gastos y construyó un enorme set que representaría el París modernizado al que aludía el guión. Este set acabó llamándose Tativille y era más una mini-ciudad que un decorado: las carreteras estaban convenientemente asfaltadas y señalizadas, mientras que los edificios tenían electricidad propia y alguno hasta ascensor. Su esperanza era que en el futuro se convirtiera en una especie de Cinecittà aprovechado por otros cineastas para rodar allá sus películas, pero eso nunca sucedió.

Tativille empezó a construirse en septiembre de 1964 y se acabó en marzo de 1965 (en medio no faltaron numerosos problemas como inclemencias meteorológicas). El rodaje empezó el mes siguiente y acabó en octubre de 1966, con sus correspondientes parones por problemas técnicos o falta de dinero. Una vez finalizado el rodaje hizo falta un año de edición y retoques. El film estuvo listo para estrenarse en diciembre de 1967, tres años después de haber empezado la construcción del set

Por el camino, Tati lo perdió todo. Pese a que las ganancias de sus películas le habían convertido en un hombre acaudalado, los gastos de Playtime le obligaron a invertir hasta el último franco que poseía y pedir préstamos tanto a los bancos como a sus amigos y conocidos. En algún momento Tati debería haberse dado cuenta de que estaba hundiéndose con su película, pero no pareció darse cuenta o importarle. Su perfeccionismo llegó en Playtime a límites casi enfermizos, alargando cada vez más un rodaje interminable en que el director miraba con lupa hasta el más minúsculo detalle de cada plano. Por el camino buena parte del equipo tuvo que abandonarle para atender a otros compromisos, pero nada de eso le detuvo. Estaba dispuesto a hacer su gran obra de arte y hundirse con ella si hacía falta, y eso es lo que acabaría pasando.



Cuando el film estuvo listo para estrenarse sucedió lo que cualquiera con dos dedos de frente habría imaginado: no gustó. Era una película extraordinaria (a día de hoy muchos la consideran su obra cumbre) pero era más difícil que las anteriores, con tantos detalles que solo se le hace justicia con los revisionados. A su tendencia a evitar una trama había que sumarle que el entrañable Hulot salía menos que nunca. Tati de hecho es probable que hubiera preferido prescindir de Hulot, pero en su lugar hizo que su presencia fuera más anecdótica que nunca. De hecho, incluso se permitió hacer varias bromas sobre eso, con personajes preguntando por Monsieur Hulot o confundiendo a un desconocido por él.

La película fue un fracaso absoluto de taquilla. Al público no le gustó y Tati intentó remediarlo en vano suprimiendo metraje, puesto que era la obra más larga que había hecho hasta entonces. Ningún distribuidor americano la quiso estrenar y los críticos tampoco se mostraron suficientemente entusiasmados como para hacer una campaña en su favor. En circunstancias normales habría sido un duro golpe, pero el hecho de que su película peor recibida fuera la más cara que había hecho con diferencia le condenó de por vida. Tati cayó en la bancarrota y lo perdió absolutamente todo: su herencia familiar, su elegante casa, la mayor parte de sus posesiones y los derechos de sus anteriores películas que tan celosamente había guardado (éstos recayeron en un desgraciado que decidió guardarlas en algún sitio bajo llave, provocando que durante mucho tiempo no pudieran verse y contribuyendo así aún más al olvido en que cayó el director).

La fastuosa Playtime acabó siendo un monumento a la cabezonería y convicción de un cineasta que estaba dispuesto a llegar hasta las últimas consecuencias con tal de hacer su gran película sin importar el coste que eso pudiera tener, un ejemplo de cómo un artista arruinó su carrera por hacer su mayor obra de arte. Aunque las consecuencias fueron trágicas, no deja de ser fascinante leer sobre ello.



Últimos años

Lógicamente, tras Playtime su carrera estaba condenada, pero curiosamente el lapso de tiempo que hubo entre Playtime y su siguiente obra, Trafic, fue con diferencia el más breve que hubo entre dos películas suyas. Se trataba de una producción más modesta en que estuvieron involucrados capital holandés y la televisión pública sueca. Como hecho significativo, el mismo Tati que años atrás fantaseaba con no utilizar a Hulot en Playtime y que le quitó todo el protagonismo posible en dicho film, en su nueva obra utilizaba el nombre de Hulot en los créditos iniciales como reclamo.
El que acabó siendo su último largometraje cinematográfico fue, al mismo tiempo, el más flojo de todos. Se notaba que la película estaba mayormente improvisada, y por primera vez en su carrera Tati utilizó a veces un humor algo burdo. Hay destellos de genialidad y su estilo personal sigue vigente, pero sabe a poco tras sus obras anteriores.



Tras esta película, Tati sólo realizó una más: Zafarrancho en el Circo, un proyecto para la televisión sueca (curiosamente en Suecia el realizador era aclamadísimo) que recreaba un espectáculo de circo. Era un final de carrera entrañable, pero sus limitadas ambiciones y su contenido agradarán más a los aficionados al circo que a los fans de Tati. Éste falleció casi diez años después, en 1982, tras algún que otro infructuoso intento de realizar más proyectos cinematográficos.

Epílogo: Tati en el siglo XXI

En este nuevo siglo, ha habido algunas novedades en el universo Tati que han fomentado su redescubrimiento. Para empezar, sus películas fueron editadas en DVD haciéndolas mucho más accesibles al público (yo al menos no conseguí encontrarlas en vídeo anteriormente). Y si eso fuera poco, algunas como Las Vacaciones de Monsieur Hulot fueron reestrenadas brevemente en algunos cines especializados en películas de autor. Por fin parecía que el nombre de Tati quedaba grabado en la memoria de muchos cinéfilos que años atrás no lo conocían.

Por otro lado, en 2010 se estrenó un film de animación basado en el guión que Tati había escrito décadas atrás pero no se había atrevido a producir. El Ilusionista (2010) estaba dirigida por Sylvain Chomet, autor de la fantástica Bienvenidos a Belleville, quien realizó un bonito homenaje al cine de Tati. No es de extrañar que el propio Tati no se atreviera a llevar a cabo este proyecto, ya que la trama era inusualmente triste para lo que era habitual en él. Explica la historia de un mago (encarnado por Monsieur Hulot) que trabaja en clubs y bares modestos acompañado de una adolescente que le sigue fascinada. Al final de la película ella se enamora de un joven y el mago abandona la magia, ya que en el mundo actual no hay sitio para este tipo de espectáculos. Muchos han visto en la relación entre el mago y la chica como un reflejo de la que tenía Tati con su hija, a la que pensaba dedicar el film.



El éxito de la película ha servido para reivindicar de nuevo la figura del inigualable cineasta francés. Pese a que su tono sentimental no encaja con el estilo de Tati, sí que refleja perfectamente una idea fundamental: el hecho de que el cine de Tati siempre nadó a contracorriente. Su humor tan visual ya estaba pasado de moda en los años 50 y la Francia que intentaba evocar nostálgicamente en Mi Tío o Día de Fiesta ya estaba en proceso de desaparecer. Aún así, el cineasta consiguió milagrosamente tener un breve momento de fama encandilando a los espectadores de varios países con su visión tan entrañable de un mundo en que tanto Monsieur Hulot como seguramente Jacques Tati ya no tendrían cabida.

 

Fuente: CINeol | Visitada: 3597 veces